12 de mayo de 2008

EL CÓDIGO DE AON

Aclaración: El presente texto y el anterior se publican por pedido de los lectores del por ahora desaparecido Concepto DFyD. Sepan disculpar lo autorreferencial.




El Código de Aon
por el Comando Mocho
Ciudad de DFyD, mayo de 2176
Ref.: EL Código de Aon

Sr. Procurador:
S / D
De mi mayor consideración:

De acuerdo a lo encomendado cumplo en elevar la investigación sobre “El Código de Aon” que esta Comisión efectuara.
Lamentablemente debo informarle que la ausencia de documentación no permitió que se develaran todas las incógnitas sobre su contenido y su autor.
Relatos orales, grafittis en los baños y secretos dichos a media voz es lo único que mi personal pudo obtener.
Sin perjuicio de lo expuesto, a continuación adjunto nuestras magras conclusiones.

Atentamente.
Gustavo Lapolla III - Comisionado.

1. PRELIMINARES

Martín Aon (el apellido es el materno. Más adelante se consignará porqué el nombrado lo adoptó como alias) nació en las postrimerías del siglo XX y desapareció sin pena ni gloria en el ocaso del siglo siguiente.

Pocas precisiones existen de su vida, además de las consignadas en su dudosa biografía (que se publica más abajo).
Es mentado que Martín se autoproclamaba como escritor y líder espiritual; sin embargo varias crónicas orales coinciden en que sus únicas destrezas fueron las de huésped.

En su fingido papel de artista le gustaba hacerse el bohemio en los cafetines de la ex Patagonia Argentina –destino temporal de su destierro-, sosteniendo a los gritos que él vivía la vida artística de acuerdo a dos principios de su autoría. Uno sentenciaba que “EL ARTISTA DEBE ROMPER LA REGLAS”, el segundo dictaminaba: “EL ARTISTA SIEMPRE DEBE CAMINAR POR EL BORDE DE LA CORNISA”.

Es justo señalar en este informe que en verdad todo su trabajo –aunque roñoso, breve y fútil- se ciñó estrictamente a ambas máximas.

Efectivamente Martín rompió las reglas. Todas las reglas de la gramática y la ortografía, prodigándose en la abolición de la hache (H) y las eses (S) finales.

Fue un paladín en la sustitución de la C por la S y un cultor de la supresión de acentos incomodantes y diéresis inoportunas.

En un honesto acto de justicia también corresponde reconocer que Aon ciertamente vivió de acuerdo a su segundo principio, transitando por la orilla del precipicio, siempre arriesgando, siempre al borde. Al borde del buen gusto y de perder los pleitos entablados por escritores a los que saqueó concienzudamente.

De nuestra investigación surge que se destacó en el uso del comando CTRL + C copiando frases primero y luego páginas completas de cuanto escrito consideró que se le podría haber ocurrido a él mismo. Un poquito de Cortázar por acá, unas frases de Soriano por allá, una paginita de Bucay y sus saqueados por acullá.

Como dijéramos, prácticamente no existen datos fidedignos sobre su historial.

Hay quien dice que fue parquero en un club de tenis y vendedor de panchos por la noche. Otros no dudan en afirmar que instaló teléfonos en el sur de su país, haciendo lo propio con inodoros en barrios hostiles de su ciudad. Algunos sostienen que derrochó su saber oficiando de pelacables en diversos proyectos de escasa monta. Pero se cree más en la leyenda que declara que amasó una fortuna como Mago falible y la malgastó en la compraventa de automotores.

Unos enterados narran que destruyó la casa materna en un acceso de ocio creativo. Luego la reconstruyó al solo efecto de hipotecar el inmueble.

En un magnánimo gesto de generosidad dejó que otro cancelara el gravamen.

En honor a su progenitora y para envidia de los vecinos, construyó una avenida de dos carriles (que llevó su nombre) que recorría toda la longitud del hogar materno, conectando la vereda con el hall de entrada. De este modo se facilitó el acceso a la propiedad en un tiempo de 28 segundos; ello si no era detenido en el trayecto por uno de los dos estratégicos semáforos que instaló para poder hacer trucos de magia durante la luz roja y ganarse una propina de parte del recién llegado.
Varios coterráneos comentaron que tomó los apodos con que lo nombraban las señoritas de mala nota y con ellos bautizó una primera versión electrónica de sus escritos: Dragón (porque le salía fuego por el culo), Fantasma (porque a la hora de saldar una cuenta no se lo veía) y Duende (porque en realidad no era más que un alma en pena).

Tanto para evitar el oprobio a su familia como para desorientar a los acreedores, comenzó a ocultarse tras el alias de Martín Aon; hecho corroborado por las múltiples entradas que se aprecian en las libretas del carnicero y del dueño del bar.

2. EL CÓDIGO OBJETO DE LA PRESENTE.


A ciencia cierta pudo determinarse que el muy hijo de puta escribió su propia versión de las Sagradas escrituras.

Tamaño sacrilegio sólo se ve opacado por la segunda de sus hazañitas: en estos evangelios falsificados el propio martín se sitúa como protagonistas principal, en uno de sus gestos egocéntricos más destacados.

Así como Don Verídico en su época de gloria, o Manuel Mandeb en la plenitud de sus facultades, Aon pretendió – pero mediante literatura de dos pesos- ser el cronista de su era.
Este gesto altruista, este noble propósito narrativo sólo escondió el oscuro afán de perpetuarse indecorosamente como el objeto de adoración de un nuevo culto creado por su mente afiebrada en colaboración con su alma ruin.

Hay quien jura que a estos efectos dejó registrados un puñado de libelos infamantes plagados de textos autoreferenciales, con elogios a sus propias y dudosas virtudes.

Los folletines en los que se sentaban las bases de su nueva pseudo doctrina abundaban en citas vanidosas, extendiéndose en una hartura de oraciones trilladas en las que se dedicaba a endiosarse sin ningún pudor.

Aparentemente Aon fue un fanático acérrimo de la tecnología y el ocio; y se dice que para editar su Biblia eligió el ingenioso eslogan “Una imagen vale más que mil palabras” y por lo tanto su pasquín –con contenido de alto voltaje erótico- ilustraba las enseñanzas del culto mediante fotografías que pretendías iluminar a las masas hambrientas de pan espiritual.

Sus detractores en cambio, señalan que las láminas servían al único propósito de ahorrarle trabajo a su pluma miserable.

Este mezquino infame –dándose aires de misterioso- ventiló sus ignominiosas revistuchas bajo el nombre de El Código de Aon.

Se rumorea que el Código… establecía que sus feligreses debían adorarlo bajo la advocación de Capo, Chiquitodopoderoso o Tongochudo indistintamente.

Presuntamente el compendio detallaba una serie de normas heréticas que tenían por único objeto el de divinizar a su autor.

No existen pruebas que respalden la existencia de mensajes encriptados en los escritos blasfemos, por el contrario las evidencias indican que el autor bautizó de esa manera su afrentoso álbum en un ataque de envidia hacia su contemporáneo Dan Brown, quién sí obtuvo algún rédito monetario con su libro El Código Da Vinci (rédito que no le alcanzó para ganarse el respeto de su época, ni de otras).

Para beneficio de los incautos y para desgracia de esta investigación, los manuscritos originales de Aon –el Mesías Adulterado- fueron concienzudamente quemados en un acto público por un grupo de ex novias en un ataque de despecho y justicia.

Una minuciosa criba por varias bibliotecas de papel impreso que aun sobreviven nos permitió obtener algunas copias de unos escasos fragmentos de El Código…, que escaparon a la pira.
Dicha documentación es adjuntada en el…

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NOTA: El informe finaliza abruptamente acá, sin que la documentación haya aparecido jamás.
En el fondo del sobre lacrado, en el que llegó el informe firmado por Gustavo Lapolla III, encontramos un diminuto fragmento de un Perito Grafólogo que presuntamente analizaba una esquela escrita por Aon a su hermano, el único que siguió tratándolo con los años. Transcribimos la conclusión:

“…Asimismo, el uso de la sangría en la primera línea del párrafo denota una frialdad exasperante, puesto que utiliza el formato de una carta comercial para vincularse con sus familiares. Respecto a la repetición del trazo que sobresale en la base de las letras D mayúsculas (línea de fuga hacia la izquierda), su constante aparición nos permite aseverar que el autor del texto fue un individuo con tendencia a las personalidades múltiples, al abuso de poder, a la manipulación, a la ingesta desmedida se salamín picado fino y a la flatulencia traicionera…”

CONCEPTO DFyD

BIOGRAFÍA DE MARTÍN AON

"Soy inoportuno e intangible como un fantasma;
poco comprador e inconstante comoun duende venido a menos;
literalmente fantástico,como un dragón en desgracia."
Martín Aon


Algunas personas malintencionadas osan creer que empezó escribiendo machetes en la escuela. No obstante, al repasar un poco su historia comprobaremos que no fue exactamente así.

Nació en la ciudad de Mar del Plata, cuando en Argentina agonizaba el mes de mayo de 1976. Hay que aclarar, sin embargo, que durante esa vigilia no hubo estrellas que indicaran un pesebre, como él supone y pregona.

Martín Aon perfiló desde niño como alguien destinado a tener una existencia bastante peculiar: cuando a los cuatro años de edad creyó que su vida carecería de sentido si no corría tras los pasos (las gateadas, mejor dicho) de una vecina un tanto menor que él, sus padres supieron que se hallaban en presencia de un singular y precoz problema.

Un fugaz repaso de su niñez nos permite descubrir su prematuro carisma convocante. No era extraño verlo rodeado de compañeros y maestros: unos, para golpearlo sin reparos mientras lo persuadían para que devolviera los útiles escolares de los que, risueñamente, se había apoderado; otros, para rescatarlo de las garras de los niños justicieros por mano propia. Con el carácter templado que los años de docencia proporcionan, el pequeño Aon era tomado por sus orejas y arrastrado hasta la oficina de la directora, sitio en el que permanecía casi más tiempo que en su propia aula.

Allí, de pie, mirando fijo la unión de las dos paredes formando el rincón, en su espíritu comenzó a despertar su apetito de escritor. Y no tardó demasiado en manifestarlo, pues a los pocos días la escuela amaneció con todas las paredes escritas, cual páginas apócrifas, con pintura en aerosol de color azul. Las inscripciones se referían tanto a los compañeros "Alcahuetes", como a las docentes "Gordas y bigotudas". Tal vez por la forma de adjetivar, por la delicada prosa o porque no resistió la tentación y firmó los mensajes con su nombre, poco demoraron en descubrir al autor de las leyendas.

En el interrogatorio, el niño arguyó haber estado inspirado y prometió que -si lo dejaban- la segunda entrega sería sublime. Pero el consejo escolar, la asociación cooperadora y una nota del ministerio de educación de la provincia de Buenos Aires, no perdonaron la expresión artística y condenaron al pequeño talentoso a un intenso tratamiento psiquiátrico y, posteriormente, a permanecer en carácter de pupilo en un reformatorio juvenil (lugar de donde se fugó sin ejercer la menor melancolía, no sin antes autografiar la celda de castigo con tinta de su propia producción).

De su adolescencia son pocos los datos que poseemos. Sabemos, sin embargo, que fue un precursor en el juego del teto, y que asistió a diversos talleres literarios de donde se llevó, no sólo un buen recuerdo, sino también varios manuscritos ajenos. Otro dato de esa época es que por ser un joven muy sensible cayó en las redes del amor rápidamente.

Supo enamorarse hasta de tres mujeres al mismo tiempo; circunstancia que no le impidió en absoluto comprometerse casi simultáneamente con todas.

Aquí aparece otra vez su roce con las letras: Se dice que les escribía cartas de amor. Luego, por falta de tiempo o de ideas, comenzó a redactar una sola misiva, encabezándola "Amor mío" y fotocopiándola sin cargo en el quiosco de un amigo. Satisfacía así, su triple demanda amorosa y epistolar.

Con el objetivo de enriquecer estos datos, fuimos a consultar a esta terna femenina. El resultado arrojó, una vez más, pruebas irrefutables acerca de la diversidad humana a la hora de las definiciones: "Cretino", escupió una; "Inescrupuloso", soltó la segunda; "Promiscuo", lloró la tercera.

Entendiendo que el despecho corroe cualquier intento de objetividad, es que preferimos pasar por alto a sus antiguos amores y salimos en busca de testimonios más veraces, como el de sus hermanos y hermanas.

Sus cercanos sanguíneos se mostraron displicentes y sólo aportaron cuatro palabras pentasílabas: "Insoportable, degenerado, impertinente e irredimible".

A decir verdad, estas palabras tampoco deben tomarse en serio, pues están cargadas de rencor debido a que, por un hecho que hasta hoy permanece en la oscuridad, es creencia familiar que el joven autor hipotecó la casa de sus padres y no impidió que las fuerzas legales la remataran. Esto nunca ha sido comprobado hasta la fecha, así que la calificación maternal de "Canalla, infame y usurero" es apresurada y tal vez injusta.

Recogimos de su barrio algunos testimonios de vecinos y ex amigos. Palabras más, palabras menos, todos dibujaban el mismo erróneo perfil: "Egocéntrico, altanero, pedante y soberbio". Un hecho ocurrido hace mucho tiempo desmiente categóricamente esta blasfemia. Dando muestras más que suficientes de su humildad, y reconociendo sus limitaciones, en una confesión pública exclamó que él no había nacido con los dotes y la capacidad necesaria para trabajar, por lo que se abstendría de ahí en más de cualquier intento al respecto. Llovieron, por parte de los intolerables de siempre, toda clase de calificativos del tipo: "Gusano, vago, larva, etc.". Fue por eso, y porque lo echaron a patadas, que emigró buscando nuevos horizontes.

Se dice también, que estuvo distintos calabozos por culpa de impacientes maridos que, dominados por los celos, lo acusaron de haber seducido y engañado a sus esposas al solo efecto de hacerse mantener. Se cree también, que sus textos son hijos de largas noches de vigilia en dichas celdas, cuando debió permanecer despierto, ya que algunos compañeros no soportaron sus bromas y deseaban nocturnas venganzas (otros creen, simplemente, que sus obras fueron concebidas gracias al saqueo llano y directo).

Una de las últimas veces que fue entrevistado, comentó que se encontraba dedicado al séptimo arte, y contó que mientras la mujer con la que estaba viviendo trabajaba, él se quedaba en su casa viendo películas para tratar de inspirarse. Se supo que al tiempo fue exonerado por dicha dama.

Afuera de estas líneas quedan sus épocas de monaguillo y sus intentos infructuosos por ingresar al seminario, así como tampoco mencionaremos el revuelo que se armó en torno a un artículo publicado con su firma (Titulado "Agachate que te exorcizo") en la gacetilla oficial del obispado, y que le costó la excomunión. Tampoco aludiremos a sus dotes como jugador de Truco y Tute Cabrero, ni a sus naturales habilidades como jugador de dardos por dinero.

La policía parece estar muy interesada en su búsqueda, porque un sub-comisario halló una nota en su mesa de luz, dirigida a su esposa y firmada por un tal "Aon", y le urge encontrarlo.
Las noticias más recientes que poseemos acerca de su paradero, dicen que reside alternativamente en dos ciudades. Pero es casi un secreto a voces que se encuentra recluido en el sur del país preparando la obra que -asegura- ha de instalarlo para siempre en las grandes bibliotecas (?), y (como él ya adelantó) se titulará: "Más que resucitar, prefiero que no me claven".

No obstante el justo mote con el que más se lo conoce (el peor de todos) nosotros también lo buscamos y esperamos. Nos asiste la esperanza de volver a verlo, la sospecha de que sigue escribiendo y la insobornable valentía de no creer en todo lo que de él se dice y publica por ahí."
CONCEPTO DFyD

30 de abril de 2008

LISTAS

Empecé con pequeñas notas para recordar tareas domésticas mínimas, pegadas en la puerta de la heladera:

- Comprar alimento para las gatas.
- Mañana vence la boleta del gas.
- La ropa blanca no va con la de color.
- Poner en agua la olla con arroz pegado en el fondo a ver si despega.
- Avisarle al encargado del edificio que la manchita del cielo raso ya es una importante nube negra.

Luego se extendió a lo laboral:

- Llamar al tipo de la inmobiliaria.
- Comprar una sopapa nueva que no salpique.
- En lo posible, levantarse antes del mediodía (hay gente que vive de mañana)


Adquirí una libreta chica que dividí (dvd?) por días para ir anotando, porque noté que la cosa avanzaba a otros ámbitos:

- Cumpleaños de la tía Luisa.
- Ir al banco (no rogar porque queda mal).
- Escribir sobre la increíble adherencia del arroz a las ollas.
- Tirar el monitor por la ventana.
- Hacer que venga el encargado a casa para que vea como la nube del techo empezó a llover.

Después quise organizar un poco las notas por temas, así que me armé secciones:

- Temas para escribir (incluye ideas sueltas, frases o solamente una palabra).
- Películas a alquilar.
- Menesteres a comprar (esto se divide a la vez en los sub-temas: supermercado, herramientas, Libros).
- Programas que no me puedo perder (encabeza –subrayado- la serie Dr. House).
- Cumpleaños y aniversarios.
- Lugares para ir a comer (esta es una de las listas preferidas porque incluye desde puestos de choripanes ambulantes hasta los últimos restaurantes que abren).

Cuando visito la casa de alguien (puede ser un amigo, un familiar, un cliente) busco mirar la puerta de la heladera -marquesina publicitaria y agenda doméstica-. He notado que la mayoría recurre a la confección de listas para todo (tengo una lista de gente que hace listas). No estoy solo.

Durante un tiempo probé usar la agenda del teléfono celular, pero no fue práctica. No admite rayones ni tachaduras de lapicera o dibujitos hechos en los márgenes. Así que volví a mis compulsivas listas hechas a mano.

Es verdad que dura poco el orden de las secciones en mi libreta. Se mezclan los temas. Pero no me importa. Lo único que quiero es hacer listas. La de hoy es:
SI NO VISUALIZA LA IMAGEN PRESIONE F5 1) Hacer un agujero en el piso para que el agua de la nube le caiga al de abajo (que es amigo del encargado). 2) Alquilar por décima vez  “Los sospechosos de siempre”. 3) Escribir sobre el capítulo de ayer de Dr. House. 4) Tirar la olla a la basura. El arroz pegado es una mierda. 5) Leer “Los cuadernos de Don Rigoberto” de Vargas Llosa. 6) Escribir sobre la compulsión de confeccionar listas.

26 de abril de 2008

LIBROS - CONSIDERACIONES ACERCA DE TUTIPLENES Y OTROS FRUTOS DE MAR

Rosana Gutiérrez (LUC). Aurelia Rivera.
Grupo Editorial Buenos Aires


ADVERTENCIA: Los tutiplenes endeudan.

Lo tenía en la lista de libros a comprar desde que se publicó (otro día hablaré de mi compulsión por hacer listas para todo).

Es cierto que tengo simpatía por la autora (quien tuvo a bien convertirme en una primicia una vez enterada de mi adquisición) y que por esa simpatía fui a comprar el libro (si no nos damos una mano entre nosotros…).

Pero también es cierto y justo admitir que antes de llegar al final, el libro ya está pago. En realidad se paga más o menos cuando uno va por la mitad. A partir de ahí, ya pasamos a endeudarnos con la autora, que regala humor, creatividad y demencia, en ese u otro orden.

Es preciso decir que haciendo una interpretación demasiado estricta de esto último, Carmelo Capazzo apenas ojeó los Tutiplenes y los dejó, arguyendo que no tenía solvencia económica para contraer semejante deuda (pero todos sabemos que los del Comando Mocho son los únicos escritores que nunca leyeron un libro entero, pese a haberse robado cientos -y completos-).

Volviendo a las Consideraciones acerca de Tutiplenes y otros frutos de mar, no seré yo quién explique el libro (muy bien lo ha hecho Guillermo Piro en el prólogo), aunque sí quién lo recomiende.

Y lo recomiendo enérgicamente porque ahora me enteré que la autora ha abierto una moratoria para todos los que no endeudamos con ella al leerla.

Morosos: por acá por favor.

24 de abril de 2008

DESTINO ATORMENTADO




Este cuento breve es posteado porque fue uno de los 3 que más me pidieron por mail desde la vuelta del Blog. Acá va.




DESTINO ATORMENTADO

En el interior de la modesta construcción de madera –sobre el llano-, el temor se precipitó al advertir la oscuridad que acababa de cubrir el cielo matinal. Por detrás de la montaña se alzaba la tormenta, mostrando una lúgubre pared, atravesada intermitentemente por destellos lumínicos que prometían quebrarla y hacerla caer sobre el valle, aplastándolo.

Durante los exacerbados preparativos de último momento descubrieron que faltaba. A la segunda revisión ya no quedaron dudas de la ausencia. Pese a que afuera el viento castigaba a latigazos, él no vaciló; tras dar unas indicaciones de perogrullo a su esposa, salió corriendo en dirección al monte (sitio en donde mucho tiempo atrás lo había encontrado, agonizante, merced al ataque de otros animales).

Luchando contra las coléricas ráfagas que lo embestían, debió aferrarse a un arbusto espinoso, que le rasgó la piel. Con más convicción que fuerza fue hacia donde su intuición lo guiaba, asiéndose de cuanta saliente encontró. Finalmente, llegó a dar con él: a poca distancia pudo verlo; allí estaba – en un claro- bebiendo agua de la vertiente que drenaba desde el corazón de la montaña. Sus cuatro patas parecían apenas tocar el piso rocoso. Su pelaje blanco y largo se ondulaba al son del viento. Luego de beber, alzó su peculiar cabeza y encontró la mirada exhausta de quién lo buscaba.

Se acercó lentamente, con su paso armónico. Lo primero que el hombre percibió fue el hocico aun mojado, y luego la tibieza de la lengua suave que le lamía la sangre que todavía emanaba su mano. Creyó notar que el contorno del animal resplandecía. Se miraron, admirándose. Un impetuoso trueno interrumpió la mutua hipnosis silente. Debían volver. Algunas gotas de furia fría cayeron desde el tenebroso firmamento, obligándolos a militar la premura. Esta vez, el viento favoreció la corrida, aunque la lluvia intentó lacerarlos.

Un ensordecedor estruendo hizo temblar la tierra. Él logró ingresar a la construcción, mientras que el animal, aturdido por el rayo, corrió en dirección al monte, internándose en el centro de la tempestad. Temblando vio como su inigualable ejemplar, de patas inmaculadas y lomo brillante, ese que bebía de su sangre, ese ser único con un extraño cuerno en la frente, se perdía entre los rayos.

Apretando el dolor con sus puños, quiso ir nuevamente a buscarlo, pero se detuvo al oír la voz de su mujer, que tomándolo por los hombros le decía:

- Está bien así. Vamos, ya es tiempo de cerrar la compuerta, Noé...

21 de abril de 2008

MENTIROSOS URBANOS (II)

El sanador

Lo siento por los turistas que llegaron a la ciudad en busca de sus playas, pero agradezco a quien corresponda por la tormenta del martes 12 de enero. Al mediodía el cielo se alfombró de negro; pocos minutos después, llovió como para desalentar a Nerón. Nunca imaginé que el chofer del taxi al que subí apurado iba a regalarme la siguiente historia.

Mientras trataba de escurrirme la cara con la remera oía que el taxista maldecía en algunas esquinas. Cuando dobló por la calle Moreno me percaté que insultaba solamente en las intersecciones con semáforos. Quise solidarizarme y comenté la falta de sincronización. El conductor movió la cabeza negando mi comentario. Sorprendido ante ese gesto, arremetí contra la superpoblación de pandillas de limpiavidrios. Obtuve otra seña de negación. Ataqué entonces a los automovilistas que prefieren estacionar en doble fila: tampoco; seguía moviendo la cabeza hacia ambos lados. Continué arriesgando: ciclistas, peatones, colectiveros, gobernantes, próceres. El taxista negaba con la convicción de Pedro hasta que –cansado de mi curiosidad- dijo: “no me banco a esos mentirosos” y señaló a un hombre que iba pidiendo de auto en auto, blandiendo un papel gastado con una mano, y con la otra tomándose el pecho.


Un gallo me cantó en el cerebro al escuchar “Laburo doce horas con el culo en el asiento para hacer un mango y estos ladrones hacen fortuna en un rato mandándose el cuento del enfermito”. Y a partir de ahí, durante lo que duró mi viaje, su relato y la tormenta escuché a Juan, que tiene 49 años y un hijo, es taxista desde los 38 y vive en la zona del estadio mundialista.
Yo estoy de acuerdo con que si no tenés trabajo en lugar de robar salgas a pedir.. qué se yo… es más digno…no sé… pero no es lo mismo ser pobre que ser un mentiroso de mierda.”

Juan dice saber distinguir a un enfermo cierto de un impostor. Llevaba años estudiando a los bribones que atacan a los autos en los semáforos solicitando una compensación económica debido a alguna enfermedad, que certifican con una fotocopia que presume de diagnóstico médico o directamente con alguna extremidad vendada, cuando no la mera cara de afligido.

Descubrió la farsa por casualidad, asegura. Unos años atrás, habitualmente paraba con su taxi en la esquina de 11 de septiembre y la Av. Independencia. En esa intersección había un muchacho ciego, con lentes oscuros y bastón blanco. Cuando el semáforo detenía el transito, el joven pasaba lentamente entre los autos pidiendo dinero (lo recolectaba en una gorra) a voluntad del conductor ocasional. No le iba nada mal en la recaudación. Cualquiera de los taxistas de esa parada le cambiaba las monedas recaudadas a lo largo del día por billetes. "Juntaba más plata que yo y en menos horas", afirma Juan, "y se iba antes de que termine la tarde, caminando despacio por Independencia hacia el mar."

Una tarde, Juan accedió a llevar a su hijo a un local de video juegos “el pendejo me tenía las pelotas llenas con que quería ir a jugar a una máquina nueva que salió, esa que es para bailar, viste”. Cuando entra al local con su hijo, Juan ve que quien estaba bailando en la máquina era el ciego de la parada de taxis, que seguía las indicaciones de las flechas pantalla. “Me agarré una calentura padre, no sabés… el mismo guacho que tomaba mate al tanteo con nosotros veía mejor que yo. Nos había cagado a todos juntos”. Lo que siguió fue una escena que no llegó a la violencia porque el ex no vidente logró ver la puerta de salida antes que lo alcanzaran las patadas de Juan.

A partir de ahí, el taxista se propuso descubrir a los falsos enfermos o, como el dice: “curarlos”. La mayoría de los intentos de “cura” –hay que decirlo- no fueron pacíficos.

Con el falso afectado cardíaco terminó en la comisaría por escándalo en la vía pública; luego de un largo interrogatorio policial se logró la confesión de sanidad por parte del interrogado, que logró el festejo de toda la dependencia a quienes Juan ya les había explicado la situación.

Con el falso sordomudo, en cambio, la cosa quedó solo en insultos (en la puerta de la catedral); el sordomudo, al verse amenazado en un recoveco del hall de la iglesia por Juan, que le mostró la culata de un revolver en su cintura y lo arrinconó, sacó una preciosa voz de tenor para pedir auxilio. Como el revolver era de juguete, el altercado no pasó a mayores, aunque “hasta el obispo de asomó a ver de quién eran los gritos”.

“Ojo que no todas fueron buenas”, aclara Juan. Un sábado a la mañana, mientras llevaba a una pasajera a la terminal, pasó por una esquina en donde había un grupo de muchachos tomando cerveza; uno de ellos tenía los dos brazos enyesados, rectos hacia delante e iba pasando de auto en auto cuando éstos se detenían por el semáforo.

Cuando volvía de la terminal Juan decidió volver a pasar por esa esquina, pero esta vez optó por dejar el taxi una cuadra antes e ir caminando. A pocos metros de llegar al grupo notó que los jóvenes estaban jugando con dos tubos de yeso, que se sacaban y ponían en los brazos. Se quedó cerca, de pie, viendo como iban rotando de enyesado cada dos o tres cortes de semáforo (el enyesado saliente era el que cruzaba hasta el quiosco de enfrente y compraba una nueva cerveza con lo recaudado).

Juan jura que estaba dispuesto a retirarse para continuar con su trabajo, pero dice haber visto al entablillado de turno golpear con el yeso el techo del auto de una mujer que se negó a contribuir. "¿Pero qué querés que haga? Me volví loco y salí corriendo a encararlo. Le pegué a ese y a dos más, hasta que sentí el botellazo en la cabeza y me desperté en el hospital. Mirá, –detiene el auto; llegamos a mi destino. Me muestra la cicatriz detrás de la oreja: 7 puntos me dieron."

Ya casi no llueve cuando le pago por el viaje. Juan parece no tener apuro y me relata para terminar que la mejor que hizo fue con el paralítico del puerto. Lo estudió una semana hasta que descubrió la farsa. El aparente impedido se hacía empujar la silla de ruedas de un lado a otro por turistas, arguyendo su miseria a causa de la parálisis. Lo hacía en el paseo del puerto, junto a la banquina de los pescadores, en los días y horarios en que los paseantes se sacaban fotos con las lanchas amarillas y los lobos de mar de fondo.

Una tarde en la que el paseo estaba lleno de gente, Juan se fue acercando, confundido entre las personas hasta quedar como objeto de la solicitud del imposibilitado. Lo llevó casi de punta a punta del paseo, mientras escuchaba la historia de desgracias y padecimientos y era requerida una ayuda monetaria. Juan apresuró la marcha; trotó, corrió empujando la silla de ruedas y no lo detenían los gritos de los atónitos espectadores ni los insultos de rodante pasajero. Se le nota la alegría cuando dice que llegó corriendo hasta el borde de la banquina y lo arrojó con silla y todo al agua, cerca del borde que tiene los escalones que se sumergen “lo tiré ahí por si no sabía nadar; no lo iba a ahogar, no estoy tan loco” aclara.

Y se ríe a carcajadas ahora, mientras me cuenta que el tipo salió del agua despacio, subiendo los escalones, con las manos levantadas hacia el cielo, y caminando entre la estupefacta mirada de toda la gente "el muy hijo de puta me señalaba gritando: me curó… este hombre es un sanador”.

18 de abril de 2008

MENTIROSOS URBANOS (I)

 www.fotosdehumor.com Mentir, lo que se dice mentir, se miente en todas partes. Pero en Mar del Plata hay ejemplares de esos a los que si les crece la nariz por cada mentira, el día que se resfríen tendremos que aprender a navegar veredas, barrenar esquinas y anclar en los umbrales.

Y no me refiero a la clase política y su clase de políticas -lugar harto común a la hora de citar farsantes-.

Estoy aludiendo a otra estirpe -acaso un poco más agradable- de mentirosos que ejercen su don en la ciudad.

En los últimos tiempos he tenido la oportunidad de conocer a algunos de ellos, en ocasiones en las que para justificar mi desinterés por el trabajo llevaba un grabador conmigo.


De ahí nacen estos párrafos, que intentan subrayar -con dudosa pericia- a nuestros ilustres (tal vez inofensivos) mentirosos urbanos.

Baltasar

Por la zona del Hospital Materno infantil (mi abuela lo nombraba como “Hospital Mar del Plata”) todos conocen a Baltasar; así, a secas. No se sabe si es su nombre o apellido real o si se trata de un apodo que alude a una obra dramática (Gertrudis Gómez de Avellaneda), al regente de Babilonia (destronado por Ciro) o al más “marketinero” de los Reyes Magos.

Lo cierto es que cuando Baltasar aparece (según fuentes callejeras lo hace respetando un patrón de acción vocal; esto es: viene cuando se le canta) se forma un círculo humano a su alrededor, pero sin que él se de cuenta de la convocatoria.

Una mañana presencié la acción: todos disimulan estar ocupados en otros menesteres y poco a poco se integran al variado grupo de oyentes. Taxistas, cafeteros, cuidacoches, vendedores, personal de mantenimiento del hospital, todos actúan con gran maestría sobre la mano par de la calle Castelli.

Mientras hablan entre ellos simulan discusiones sobre fútbol y otros temas y se van acomodando. Lentamente los más hábiles (un taxista y un capataz, ubicados estratégicamente a ambos flancos de Baltasar) van logrando que la conversación se convierta en una rueda de alegres aunque modestas anécdotas domésticas.

Entonces uno (el taxista, que, en rigor, merece –y tiene- su crónica aparte) improvisa una historia un poco más audaz que las de los demás. Suele recurrir a su oficio para referir algo sobre alguna pasajera con posible destino amoroso, y muestra un número de teléfono anotado en un billete de cinco pesos.

Ahí interviene el capataz de mantenimiento –galán maduro, al que le falta el dedo índice de su mano derecha- y cuenta, sin entrar en detalles truculentos, que unas horas después del accidente en la mano, estando ya en el quirófano, le pidió a la enfermera -de la que estaba enamorado desde que ingresó a trabajar al hospital- que le besara el dedo para sanarlo, ya que él creía en el poder de los besos para curarse. Y remata diciendo que su dedo, en cambio, resultó ser ateo.
Las risas envalentonan a Baltasar, que ahora sí se larga a relatar sus historias. De antemano aclara con seriedad que son verídicas, que todo lo que narra le pasó en verdad (me contaron que una vez quiso golpear a alguien que se burló, tratándolo de mentiroso).

Y así, ante el silencio general, Baltasar cuenta que en los tiempos en que vivía en el campo, un día venía a caballo cuando repentinamente una tormenta eléctrica apareció en el cielo. Gracias a una información que escuchó en la radio unos días antes (el locutor decía que el metal atraía a los rayos) pudo reaccionar a tiempo. Vio venir un rayo en dirección a él y sin pensarlo dos veces sacó el facón de su cintura y lo tiró contra un limonero, clavándolo en el tronco, y logrando que el rayo se desviara para impactar contra el árbol.

En la vereda, nadie se rió abiertamente; algunos simularon toser y se cubrieron la cara con una mano. Admito que más que reírme me sorprendí al percibir la seriedad con la que Baltasar hablaba. Me acerqué un poco más a la rueda, para que mi grabador (lo tenía en la mano debajo de un paquete de cigarrillos) captara mejor aquellos testimonios. Y ahí apareció en el relato Zacarías.
“Mi amigo Zacarías era loro –arrancó Baltasar con elocuencia-, pero un señor loro, eh. Nos respetábamos. Nunca nos tuteamos.” El taxista, en este punto, salió corriendo hacia su auto, alegando entre risas contenidas que lo llamaban por la radio. Los demás seguimos escuchando que el loro cantaba el Himno Nacional; que salía un rato a la noche a “tomar fresco al patio”; que sabía los primeros y segundos nombres de los hijos de Baltasar; que era peronista; que aprendió hasta la tabla del dos, y que jamás conoció una jaula porque dormía en el sillón (miraba televisión hasta tarde). El cafetero se agachó para atarse los cordones de las zapatillas, y de costado podía verse como intentaba no hacer sonora la risotada.

Mi estoicismo se quebró cuando Baltasar contó que una noche, de madrugada ya, escuchó ruidos en el fondo de su casa. Preocupado se asomó apenas por la ventana y vio movimientos sospechosos en los arbustos del patio. Tomó con decisión la escopeta y sin prender la luz abrió de golpe la puerta y salió. Afortunadamente –dijo-, oyó una voz familiar que le pedía: “No tire Baltasar, soy yo, Zacarías”.

Me ahogué con el café que estaba tomando.
En la mitad de mi ataque de risa y tos, no pude disimular el grabador cuando cayó sobre mis pies. Baltasar lo vio y bruscamente me interrogó al respecto. En lugar de responder, le pedí permiso para escribir su historia, asegurándole que iba a respetar todos los detalles.
Se negó mientras iba enrojeciendo de furia. Invitado por su cólera creciente, le prometí que jamás la escribiría.
Olvidé decirle que yo también soy uno de los mentirosos urbanos.

14 de abril de 2008

LIBROS - SER ESCRITOR

Abelardo Castillo. Perfil Libros – Bitácora

No se debería escribir sin antes visitar estas páginas de Castillo.

El libro me lo regaló Salem, luego de verme estropear párrafos impunemente.

No es un manual, no hay tratados ni reglamentos. El autor cuenta su experiencia literaria de manera tal que uno tiene la sensación de estar escuchándolo hablar en una mesa de café (estimo que así fue escrito).

Las recomendaciones tienden más a lo que no se debe hacer que a la estricta técnica de cómo escribir.

Dice Castillo: “Si tiene tendencia a escribir cristal, en vez de vidrio; rostro, en vez de cara; ascender, en vez de subir; o utiliza expresiones como ¡bingo!, pantaletas, carrusel, dése una vuelta por el mundo real.”

“Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.”

Aunque el intento de Salem no haya funcionado en mi, es bueno tener en cuenta este libro tanto para leerlo como para regalarlo o robarlo, llegado el caso.

Termino con otra sobre el estilo.

Castillo cuenta que a los 17 años fue a un taller literario. Le empezó a leerle al profesor el cuento que había llevado; éste lo interrumpió para ametrallarlo a preguntas acerca de las primeras oraciones, bastante toscas. “Yo tenía diecisiete años –cuenta Castillo-, una altanería acorde con mi edad y ni la más mínima respuesta para ninguna de esas preguntas. Lo único que atiné a decir, fue: Bueno, señor, porque ese es mi estilo. El profesor, mirándome como un lechuzón, me respondió:
-Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir.”

POSMODERNO

Hace casi 20 años era boy scout.
Iba de campamento habitualmente. Son experiencias inolvidables en la vida de una persona. Convivir con pares, en medio de bosques y arroyos, aprender a pescar, a hacer nudos y amarres, usar cuchillos, hachas, tomar mate cocido, fascinarse con el fuego. Son verdaderas maravillas para un chico, aventuras que se incrustan en uno para siempre.

Recuerdo los campamentos de supervivencia, en los que no estaba permitido llevar muchos alimentos y había que procurárselos de la misma naturaleza. Se improvisaban baños, se potabilizaba el agua para tomar mediante técnicas aprendidas, así como también era menester encender el fuego con medios no artificiales. Pasábamos horas hasta que lográbamos unas modestas llamitas. Y ahí hacíamos un suerte de guardia del fuego, alternándonos para mantenerlo encendido y con una olla o cacharro con agua cerca de las brazas (el agua caliente permanente es imperiosa para el mate o mate cocido).

Hubo una vez en la que debimos hacer trampa y usar varias lupas contra el sol para que el fuego encienda, luego de intentar casi todo un día. Con los últimos rayos de la tarde lo logramos.

En cambio, cuando los campamentos no tenían la modalidad de “supervivencia”, estaba permitido llevar encendedores y fósforos. Así y todo, en los días que amanecía lloviendo o con las escarcha de invierno es todo un severo trabajo encender el fuego. Varios grupos a la vez se disputaban el honor de lograr las primeras llamar del día bajo la lluvia. Y quien lo lograba obtenía el respeto tácito de los demás y el agradecimiento de los friolentos, junto al orgullo íntimo de haber sido por esa vez el proveedor de seguridad del grupo.

En estos entrañables recuerdos y en el paso del tiempo (perdón por los lugares comunes) pensé hoy a la mañana, cuando calenté el agua para tomar mate en esta pava que me regalaron:

13 de abril de 2008

LA CASA DEL PUENTE


"Escribo para morir un poco menos,
para fijar residencia en el recuerdo."
Julio Alfonso"








Pequeños actos para morir un poco menos

LA CASA DEL PUENTE

Desde que el Negro se reconcilió con la Flaca faltó a todos nuestros encuentros en el café. Por eso con Franco decidimos que aquel viernes lo pasaríamos a buscar. El Negro nos hizo ir hasta la esquina de Formosa y Chaco, a la casa de la abuela de la Flaca.
- Te íbamos a dar de baja ya – le dije para saludarlo, tratando de ocultar la alegría que me producía verlo. Se lo notaba bien. La Flaca nos saludó desde la puerta.
- Vamos… ¡ya! – dijo el Negro-, que no quiero que la abuela me siga dando charla.
Franco aceleró el Falcon, acomodándonos contra los respaldos.
- ¿Querés que matemos a la vieja para cobrar la herencia? – preguntó Franco, serio. El Negro lo ignoró.
- Habría que denunciar a la Flaca por secuestro.- acoté. Franco sacó de abajo del asiento una lata de cerveza vacía, y asomando la mano por la ventanilla la sostuvo sobre el techo, mientras imitaba el ruido de una sirena policial.
Íbamos por Matheu, riéndonos. Al llegar a la vía el Negro se desesperó.
- Volvé, volvé – le dijo a Franco – pegá la vuelta acá...
- ¿Por cuánto tiempo te dejó salir la Flaca?.
- No, en serio, volvé que les quiero presentar a alguien.

Cuando estábamos volviendo por Matheu, una moto nos encerró al querer pasar por la izquierda. La maniobra le salió bien, y se alejó.
- ¿Lo vieron? Era un chino - dijo Franco, insultando.
-¿Un chino?
- Si, un chino. Debe ser de la mafia. No hay un día en que no me cruce con uno. Me dan miedo.
- Capaz que era coreano o japonés o vietnamita.
- Es lo mismo
– se emperró Franco-, me dan miedo igual.
El Negro indicó:
- Che, Bruce Lee, pará y prendé las balizas, porque creo que acá no se puede estacionar.
Bajamos. El Negro se adelantó hasta un hombre de barba que permanecía sentado en el cordón de la calle. Tenía un cuaderno sobre sus piernas. Un poco más atrás, contra un alambrado, una bicicleta despintada custodiaba sus espaldas.
-¿Usted es Oscar?
- El mismo –
dijo, estirando hacia delante su mano, mientras se incorporaba.
- La abuela de mi novia siempre habla de usted; dice que es un gran artista.
El hombre, de voz ronca y mirada calma, pidió un cigarrillo – que el Negro se apresuró a convidar- y comenzó a hablar. Tenía preparada y ensayada su presentación, ya que relató de corrido, sólo interrumpiendo su parlamento para fumar, que se llamaba Oscar y le decían el Oportuno; que había aprendido a vivir de su arte a fuerza de “continuas patadas del sistema” que lo mandaron “de un puntinazo al área grande de la desocupación”, según su propio decir futbolero; que encontró su revancha como una burla irónica al progreso.
“La gente es morbosamente sentimental”, dijo al contarnos que una vez envasó escombros en bolsas transparentes “las de los paquetes de cigarrillos”, cerradas con moño y todo, para luego vendérselas a los ex propietarios y residentes de la demolida manzana 115, frente al casino. “Lo mío es estar atento”, aseguró. También ofreció en los comercios del puerto unos semicírculos con estructura de alambre, tapizados en lona oscura, que se parecían bastante al desaparecido estadio Súper Domo, de la avenida Juan B. Justo.
Se definía como un artesano, “poeta del salitre”, que había vendido cangrejos, caracoles, arena del océano, pedazos de barcos, pequeñas balsas Atlantis (al grito de “Que el hombre sepa que el hombre puede”), fotos del 1º de Agosto de 1991, con la peatonal San Martín nevada, y se rió al mencionar que hubo quién le compró un trozo de madera teñida y lustrada con pomada para zapatos, retazo imposible de la Rambla vieja.
- Es un capo… -murmuró el Negro.
- ¿Y que anda haciendo acá, maestro? – pregunté.
- Estoy dibujando la Casa del Puente – señaló hacia nuestras espaldas. Giramos. Fue unánime el escalofrío al ver que la histórica construcción -encallada entre una vegetación descontrolada-, que despertaba primero la admiración, luego el misterio y finalmente la desazón, aparecía con sus grises paredes resquebrajadas y teñidas de hollín.
- Así cuidamos lo nuestro. Hace poco la incendiaron. – se lamentó El Oportuno, y nos mostró algunos dibujos de su cuaderno.
- Mi abuela siempre me contaba que desde acá trasmitía Radio Mar del Plata– dije, mirando los garabatos, sin poder apartarme de la tristeza (mi abuela había sido la que me mostró La Casa del Puente por primera vez). Debajo de uno de los dibujos de Oscar se leía “los árboles de estas cuadras -un poco frías-, por algún antiguo castigo eclesiástico fueron plantados separándolos, calle mediante, por sexos. Por ese motivo, allá en las alturas habían intentado juntarse, logrando también enmarcar de manera propicia la postal que, metros abajo, resguardaban”.
Realmente estábamos en presencia de un artista.
- Tenemos tan poca identidad marplatense – dijo El Oportuno- que no somos capaces de preservar lo nuestro. Nadie hace nada para que las cosas, nuestras cosas, no se mueran. Por eso estoy dibujando esta Casa, porque va a llegar el día en que la demuelan, y ya nadie la recordará.
Volví a pensar en mi abuela; ella decía lo mismo.
- ¿Vamos?- preguntó Franco, un poco aburrido.
-Si, ya vamos –dije. Y tomé una rápida decisión.
- Maestro… ¿qué hace el domingo?- pregunté, ante la sorpresa de mis amigos.
- El domingo voy a pedalear un poco la ciudad.
- ¿Le parece si nos encontramos acá, después del mediodía para seguir charlando?
- Bueno, pero podrían traerse el mate, así no estamos a pico seco.
- Hecho
-le di la mano, sintiendo una calidez poco usual-, a las dos de la tarde.
El Oportuno volvió al cordón de la vereda y retomó su dibujo. Antes de subir al auto, el Negro le dejó su atado de cigarrillos.

Cuando llegamos al café, el Negro nos contó que la abuela de la Flaca siempre decía que Oscar no era otro que uno de los locutores que trabajó en la Casa del Puente.
- ¿Para que lo citaste el domingo? ¿vas a escribir algo sobre él?- me interrogó Franco.
- Si... bah, eso pensaba, pero ahora se me está ocurriendo algo…
El mozo que nos atendió era flaco, con rasgos orientales.
- ¿Ven que estos chinos están por todas partes?... – comentó Franco en voz baja, cuando se retiró de la mesa el aludido oriental- tenés que escribir sobre los chinos.
Mis amigos escucharon mientras yo improvisaba un pequeño plan para el domingo. El Negro aceptó inmediatamente, mientras que Franco dijo que la idea no le parecía mala pero él no servía para eso.
- Tendrías que decir: tampoco sirvo para eso – repuso el Negro, enfatizando el “tampoco”. Franco, riendo, aceptó participar, y sugirió que también incluyéramos a Nabo, su perro que desmentía con la cara lo que prometía con el tamaño.

El sábado a la mañana fuimos hasta el lugar. Después de algunos cálculos y rectificaciones de nuestra imaginación, nos separamos hasta la noche, cada uno con un trabajo por hacer.
Volvimos a juntarnos en la madrugada del domingo, para llevar a cabo la parte más difícil del plan: la ambientación.
La llovizna nocturna no nos amedrentó; acaso nos favorecía. El Negro, portando una linterna de llavero, fue quien, tras cortar prolijamente el alambrado con una tijera ad hoc, empezó a caminar agachado, mientras nos iba diciendo “más manguera”. Nosotros, en tanto, íbamos uniendo las distintas mangueras que conseguimos con la dudosa promesa de devolución (la de mi edificio, 15 metros, me costó un soborno; la de la casa de Franco, 10 metros; la del edificio del Negro, 15 metros; la de la pileta de la casa de la Flaca, 25 metros, al Negro le costó una cena familiar.)
Sentimos los tres tirones (clave acordada que significaba que todo estaba bien) y soltamos la manguera, que se fue alejando como una víbora en busca del Negro. Al rato, nuestro morocho amigo volvió con la parte de arriba de una canilla en su mano.
- Listo – dijo, lacónicamente.
Mientras Franco nos iba llevando a nuestras casas, repasamos el plan. Tuvimos que ajustar bien los detalles, ya que contaríamos con pocos minutos para realizarlo, según nuestras estimaciones. Sería a las dos de la tarde.

Desperté al mediodía. La tormenta eléctrica que aplastó la ciudad no me permitió dormir hasta después de las cinco. Por fortuna, el día estaba nublado pero ya no llovía.
A la una y media nos encontramos en Matheu y la Vía. Franco tenía a Nabo atado con una cadena. El perro, temible de apariencia, era un cachorro que encontramos en la playa el verano pasado. Lo único que había atacado en su vida era una bufanda del Negro, que despedazó jugando durante el último cumpleaños de Franco.
- Hola Nabo – saludó el Negro (al perro), y le apretó la nariz hasta hacerlo chillar.
Franco llevó el auto hasta la calle paralela a la vía, y ahí repasamos el plan. El Negro, canilla en mano, ingresó por el agujero del cerco perimetral hecho la noche anterior, y sigilosamente fue hasta la construcción vecina de a La Casa del Puente. Enrollamos las mangueras sin poder evitar que Nabo las mordiera en varios tramos cuando las guardábamos en el baúl del Falcon.
Eran las dos de la tarde.
Troté entre los pastos hasta Matheu. Asomándome un poco vi que El Oportuno estaba en la vereda de enfrente a La Casa, apoyando su bicicleta contra el alambrado. Volví. Pregunté si habían traído sus documentos y obtuve la correspondiente respuesta afirmativa.
- Vamos – les dije a mis amigos, que estaban tan nerviosos como yo.
Al acercarnos a la construcción notamos que la lluvia nos había hecho un favor. El arroyo Las Chacras, que otrora pasara por debajo de La Casa del Puente, había vuelto a aparecer tímidamente, ayudado por la indómita tormenta de la noche y avalado por el humilde pero constante chorro de agua de la manguera.
Franco soltó a Nabo, que una vez liberado de su atadura se mantuvo junto a nosotros. Estaba excesivamente inquieto.
Imaginé que en una posible tarea de recuperación de la Casa no faltaría el imbécil que propusiera rellenar la parte de abajo, la concavidad sobre la que se apoyaba la edificación y su poco edificante olvido.
Ingresamos. Los escombros y restos de vidrios se mezclaban entre la desolación y el olor a quemado.
- Acá tiene que haber fantasmas… – dijo el Negro en un susurro. No nos atrevimos a negarlo.
Un piano, o lo que quedaba de él, interrumpía el paso. Lo rodeamos y nos dirigimos hasta las ventanas que dan a la calle Matheu. Nabo regó el piano pero no quiso quedarse; corrió hacia la entrada (¿qué había visto?).
Pensé en mi abuela, en las tardes que había pasado escuchando las audiciones de LU9 “un puente hasta su casa”, pensé en la gente que habría trabajado ahí (yo sólo conocía a Julio Alfonso), y me acordé del Oportuno. Entonces nos asomamos los tres a la ventana principal -sin vidrios ya- y empezamos a gritar:
- A las catorce horas y diez minutos del domingo 31 de Octubre de 2006 - arrancó el Negro.
- Esta es La Casa del Puente, Radio a Capella – seguí yo. Al decirlo vi que el Oportuno cruzaba la calle y se acercaba al alambrado, riendo.
- En su frecuencia intermitente – improvisó Franco pero se trabó.
- En una emisión desenchufada, queremos saludar a nuestros oyentes…– ahora junto al Oportuno había dos personas más.
- …y queremos dedicar el programa a la gente que trabajó en este lugar– el Negro estaba inspirado.
Un par de autos se detuvieron.
- Damas, caballeros – me hice el formal-, sabemos que esto va a durar poco, así que ya mismo les presento al Sr. Franco y su columna sobre... sobre…- Hubo un silencio con eco, y luego se oyó:
- ¡Los chinos! Los chinos quieren terminar con la familia. Con la excusa de que son muchos resulta que prohíben a las parejas tener más de un hijo… - con el Negro nos miramos. Franco seguía- … dentro de algunas generaciones ya no van a existir los sobrinos, ni los primos…
- Bueno, ya
.– interrumpió el Negro – Mejor continuamos con nuestra emisión al aire, vivo y en directo para toda la calle Matheu.
-No me censuren, che
– nos pidió Franco off the record.
La gente que ocupaba la vereda iba multiplicándose, a la par de nuestro asombro. El Oportuno hacía señas a los autos para que pararan a ver (a oír).
Una mujer nos gritó: ”No dejen que el olvido nos entierre”. Precisamente en eso estábamos, cuando oímos que, lejos, una sirena empezaba a desperezarse.
No nos quedaba más tiempo.
- Muchas gracias a todos por haber venido – dijo el Negro, saludando con sus dos manos. Franco hacía reverencias.
- Si me permiten, yo le dedico este acto inmortal a mi abuela …- quise seguir pero mi garganta se enroscó al recuerdo de Ella.

El Oportuno aplaudía, junto a otros participantes ocasionales de nuestra fugaz audición.
Con un triple abrazo dimos por terminada nuestra módica irrupción en la liturgia radial, mientras dejamos que algunas lágrimas se nos salieran para bañarse en el provisorio arroyo.
Algo raro en el ambiente nos hizo cosquillas en los huesos; en ese instante tuvimos una sospecha tiznada de ilusión: creímos haber logrado resucitar, al menos unos minutos, el espíritu de algo que la desidia se empeñaba en sepultar.
No nos importó ni que los policías luego de pedirnos los documentos nos esposaran, ni que Nabo se haya querido comer al cuidador del edificio del al lado de nuestro estudio, ni tampoco que la gente nos sacara fotos desde la vereda.

Lo que realmente nos impresionó fue que, un instante antes de subir al patrullero, una sutil y entrañable música empezó a brotar desde las paredes de La Casa del Puente.

Martín Aon

LA CASA DEL PUENTE

FOTOS: Ricardo Stinco



10 de abril de 2008

SU DULCE DOLOR

Ayer mamá me lo contó: me falta poco tiempo para nacer. Me lo dijo en un tono raro. No me gusta nada cuando ella está así. Yo me doy cuenta, porque cuando está triste no me llama por mi nombre. Me habla pero ajena, ausente. En cambio, hay días en los que no para de acariciar su panza y de hablarme, usando mi nombre a cada instante; dice que nombrarme la tranquiliza, la inunda de paz.

Mamá es muy jovencita y muy grande a la vez. Si alguien pudiera ver su corazón desde el lado de adentro - como yo la veo -, le costaría creer que siendo tan chica e inexperta, pueda tener tanta firmeza de espíritu, tanta determinación, tanta fe.

Cuando se enteró que yo iba a venir, las cosas no le fueron nada fáciles. Todavía hoy, se niega a contarme bien todo lo que pasó con papá. Yo sé, igualmente, que él al principio nos rechazó; se sintió humillado. Algunos le gritaron que no me tuviera. Pero ella me defendió con sus rodillas contra el piso; con sus manos juntas clamó por mi vida, ¡por mi vida!. Amo a mamá.

Papá no es mi verdadero padre. Es un tema muy complicado para explicar. Esa dificultad le trajo un montón de problemas a la vida de mamá y a la de él. Hubo momentos en los que en verdad temí no llegar a nacer. Pero finalmente papá nos aceptó. Y no sólo eso, sino que pasó a defendernos incluso anteponiendo su propia vida. Ahora vivimos los tres juntos, y él trabaja el día entero para que nada nos falte. Confío en papá.

Muchas mujeres tocan la panza de mamá para sentirme. Algunas hasta me besan, como mi tía. Cuando fuimos a visitarla, se la pasó acariciándome y repitiendo que me amaba. Ese día conocí a mi primo, que todavía está como yo, barriga adentro. Mamá y la tía lloraron toda la tarde mientras hablaban de nosotros. Pero lloraban con alegría, sin pesar. "Cosas de mujeres", dice papá, cuando mamá llora y sonríe a la vez. Cosas del Amor, pienso yo. Cosas del amor...

Por momentos preferiría quedarme para siempre dentro de mamá. Ella es tan dulce. Siento que nada malo puede ocurrirme estando tan cómodo, tan protegido en su vientre de miel. Las cosas que suceden afuera me atraen pero me asustan. Mamá repite que no soy suyo sino de Dios. Amo su entrega, y a la vez me niego a abandonar su cuerpo, mi cálida casa visceral. El mundo es un misterio que necesito revelar. Pero ya tendré el tiempo y el valor para eso. Ahora quiero seguir disfrutando de mi cuna en las entrañables entrañas maternas.

Sobresaltado, le pregunto el porqué de tanto movimiento. Mamá me responde que vamos al lugar en donde yo asomaré a la vida. Me pongo muy nervioso y empiezo a moverme. Papá está cansado, y dice que todavía falta. Ella también está agotada, pero no se queja de mis embestidas; se contrae y me comprende.

Ya es de noche, y mamá está más feliz que nunca, aunque algo inquieta. Temprano me cantó varias canciones con su voz calma y armoniosa. La noto repleta de paz. Repite mi nombre cada vez que habla con papá, que también está feliz.

Me anuncia que pronto veré su rostro y beberé de ella; pronto me alumbrará. Me suscita. Se aceleran mis latidos. Nado con premura buscando emerger; ansío tanto contemplar sus ojos iluminados.

Tiemblo. Vuelve a contraerse. Me celebra. Lato.

Para serenarme, mamá me habla. Me cuenta que todos venimos al mundo con una misión a cumplir. Inhala y exhala muy agitada. Sigue hablándome. Con tono entrecortado agrega que algunos saben desde antes, como ella, cuál es su tarea en la vida, y que otros la descubren luego.

Ya respira demasiado aprisa. Papá se asusta. Yo también. Comienzo a sentirme succionado. Mi corazón se contrae y se dilata al mismo ritmo que el cuerpo de mamá, que vuelve a hablarme. Me dice que me aguarda y que siempre me cuidará. Lloro. Papá la tiene tomada de las manos y le repite con calma que el momento ha llegado. Ahora él llora.

Mamá deja caer su cabeza hacia atrás. El cielo abierto y oscuro es testigo silente de su dulce dolor; de cómo el calor le funde la carne para fundarme. Sigue hablándome. Quiere que vaya hacia ella. Tengo miedo, y le hago saber mi negación a originarme. Me pide que confíe, y me revela que su trabajo en la vida es tenerme a mí, que para eso nació. Esa es la confirmación de amor que necesito. Llega el vértigo. Transpira. A ella voy.

Siento que mi cuerpo se oprime y se desliza. Temo. Empiezo a aflorar. Le pido que no deje de hablarme. Jadea. Estoy llegando. Se sofoca. Le digo que yo desconozco cuál es mi misión. Ella abre sus ojos húmedos y clava su mirada en una resplandeciente estrella en el cielo, mientras me dice las últimas palabras que escucharé desde su vientre:
- Ya pronto la descubrirás, mi dulce Jesús.

LUANA

Gira, se coloca boca abajo, la abraza y presiona su rostro contra ella que, blanda, sumisa, dócil y obediente, cede y se amolda. Está incómoda. Así no; ahora la toma con ambas manos y la posa sobre su cabeza mientras la oprime sólo un poco. Hace calor. Así tampoco; se cansa y la arroja fuera de la cama; cuando cae, la almohada pega contra el velador, que también se precipita al suelo. Ya está, no aguanta más. Fastidiada, entiende que no ha de conseguir dormir y se levanta. En la oscuridad, patea la almohada y el velador, que quedó abajo escondido, lejos de su propia luz. Le duele el pie. Maldice y ríe; se ríe de su mala suerte y de lo absurdo de reírse de su mala suerte.

Ata su ondulado cabello y bebe jugo exprimido, mientras deambula descalza y en camisón por el departamento en penumbras. Al pasar, se mira fugazmente en el espejo que le devuelve la imagen de su cuerpo entero; no se detiene como lo hace siempre.

Luana está inquieta, y no consigue serenarse. Luego de fumar un cigarrillo, se decide por el sillón que está frente al ventanal que da hacia la costa, y se deja caer sobre él.

Luce como una verdadera y magnífica mujer, y sin embargo conserva esos destellos de frescura e inocencia propios de la niñez, que manifiesta al sentarse igual que los chicos del jardín de infantes: Las rodillas flexionadas y las piernas cruzadas sobre sí.

No aprendió, aún, a mirar hacia adentro; el vacío le causa temor. Entonces mira para afuera. Cuando su mirada se pierde en las estrellas no piensa en nada; tiene el codo apoyado en la rodilla y la palma de su mano izquierda sosteniéndole la mejilla, al tiempo que su mano derecha juega a enrular aún más los mechones que se escaparon del broche con el que se hizo una cola.

Sin ningún motivo comienza a reír. Siempre le ocurre eso; no evoca nada en particular, ríe sin causa alguna. Al rato, tal vez por propia voluntad, la risa le recuerda a alguien o a algo. En esta oportunidad, sin proponérselo, recuerda a quien que pasó por su vida, apenas, durante unas pocas semanas y ocupó sus pensamientos por mucho tiempo más. Él, tras regalarle una flor, le había dicho que ella era alguien especial, un ángel. Luana reía y sentía dentro suyo algo que no podía explicar. También escribió en una servilleta de papel que "Cuando ella sonreía, abrazaba la vida; cuando lloraba, el mundo se marchitaba". Esta docena de palabras le llegó directo al corazón, desbordándolo. ¿Por qué volvía a recordar aquello? ¿Por qué nuevamente sentía esa sensación extraña e inexplicable? ¿Habría hecho bien?.

Sin levantarse, se estira y abre en parte la ventana. Descubre que una leve llovizna bautiza el paisaje, haciendo resaltar las pocas luces que se alcanzan a ver.
Sigue riendo. Ahora, en esta extraña noche, sola, sentada en un sillón como una nena jugando con su pelo, ríe; ríe con énfasis; esa risa nuevamente abraza y abarca la vida, pero en sus mejillas algo brilla: lágrimas incontrolables; lágrimas que la abrazan, que mojan sus pétalos. Lágrimas de tristeza.
Fueron tantas las veces que se sintió así…

En tantas ocasiones, pese a estar acompañada, paladeó ese sabor amargo que produce no ser comprendida plenamente, ese sentimiento de soledad en el alma, ese vacío que parece destinado a no colmarse jamás (ese escepticismo propio de quienes mucho han amado y poco han sido amados, de quienes, como ella, todo han apostado y como paga han recibido dolor y luego indiferencia). Tantas veces se sintió marchitar…

Agita sus manos, queriendo espantar esos pensamientos pero sabe que es en vano, que de eso no puede escapar porque son parte de su vida. Suspira profundamente antes de ponerse de pie y dirigirse, bailando, hacia la pequeña mesa con adornos artesanales y sonrientes fotografías. De una cajita rectangular de madera barnizada extrae un sahumerio. Lo enciende.

Sus ojos siguen destilando lágrimas.

Piensa en cuánto le hubiera gustado ser bailarina, y dando dos vueltas sobre sí misma y cae una vez más sobre ese sillón huérfano de tibiezas. Mientras el aroma a sándalo inunda el ambiente -purificándolo-, seca sus mejillas diciendo en voz alta:
-Los ángeles nunca están tristes, no sufren ni lloran.

Mira por la ventana intentando distraer su atención. Se da cuenta que ya no llovizna. También nota que la marea ha bajado más de lo habitual, para dejar a la vista una uniforme superficie oscura, en donde sólo resaltan esporádicos copos de espuma blanca, que luego se extinguen gracias a su feroz lucha con el aire.
"¿Será que el mar se retiró para agrandar de manera voluntaria el continente?" pregunta para sí "¿O será que el océano está tomando impulso para embestir y revolcar a todos los seres vivientes?"
-Me parece que estoy completamente loca- concluye en voz alta, y vuelve a reír a carcajadas.

En el ambiente los contornos se adivinan gracias a la tenue luz que entra, favorecida por la ausencia de cortinas. La perfumada fragancia del sahumerio se va mezclando con el olor a tierra mojada, que hace su aparición merced a que la ventana aún permanece abierta. Este cóctel de aromas la envuelve.

"Que noche tan diferente" piensa. Le parece que esa frase es de una canción pero no recuerda de cuál.

-Que noche tan diferente- canta, inventándole una música a su antojo, mientras piensa vagamente en su propia existencia y en lo mucho que desea tener una vida superior, sublime, distinta como esa inobjetable vigilia.

Ahora pestañea varias veces seguidas y mira la blanca luna llena. Asombrada ve cómo una estrella renuncia a permanecer inmóvil en el firmamento y cae, gloriosa, dibujando su trayecto final con una estela de luz deleble. Cierra los ojos para pedir un deseo pero no sabe cuál podría ser; pediría tantas cosas, necesita tanto. Aprieta fuerte los párpados, para que el efecto del deseo no sea fugaz, y se decide por pedir un milagro; no comprende bien porqué le salió eso, pero igual está orgullosa de su solicitud. Expectante, abre muy despacio los ojos.

Nada.
Nada nuevo ocurrió.

Todo sigue igual que antes, por eso llora; lagrimea, se deshoja, se va secando y el mundo se marchita a su lado.

Está cansada y está cansada de estar cansada. Esa triste redundancia le dibuja una pequeña sonrisa. Se para y comienza a caminar hasta quedar frente al espejo, el mismo en el que siempre ensaya distintos pasos de baile y diferentes maneras de andar (hasta ha probado reptar o agitar alas).

Se sobresalta al descubrir que su reflejo comienza a iluminarse. No puede creer en lo que ve; no puede asimilar lo que ocurre delante de sus ojos. Intenta moverse pero le es imposible; ya no es dueña de su humanidad y permanece frente al espejo perpleja, mientras contempla como su imagen va resplandeciendo cada vez más. Ahora, el contorno de su cuerpo es envuelto por una inmaculada luz, que también la baña de la más absoluta paz. Jamás se sintió tan bella ni tan pura.

Luana puede verse, brillante, angelical, y puede sentir cómo su ser se despoja, raleándose de las peores cosas de su propia persona, de los sentimientos más tristes y oscuros que en ella habitan. Intuye que el tiempo se detuvo, que por única vez asiste al milagro personal de redimirse y lograr una versión mejorada de sí misma. Palpita con total intensidad cómo su corazón se va nutriendo de aquella luz, cómo la energía recorre su cuerpo; siente con absoluta certeza que ha renacido, que su alma ha florecido, que su polen hará la miel más pura, que su néctar la embriagará de eternidad. Sonríe y sabe, porque lo percibe con nitidez, que está abrazando la vida. Ahora el mundo ya no se marchitará.

El resplandor disminuye poco a poco hasta desaparecer. Ella recupera el movimiento de su cuerpo. Sabe, está segura, que el tiempo se detuvo aunque no conoce durante cuanto; y también sabe que otra vez, indefectiblemente, en todos lados y como siempre, la vida vuelve a sucederse, a seguir pasando. La vida vuelve a hacerse cosa de todos los días, de todos los instantes; pero todo es diferente: ella ya no es la misma.

Así es Luana, tan simple y tan compleja; que llora y el mundo se marchita; que ríe y abraza la vida. Luchadora, capaz de rebelarse contra sí misma. Eterna, capaz de revelarse a sí misma la dualidad, humana y celestial, de su persona.
Así es ella, una mujer y una niña al mismo tiempo; tan tierna y tan indefensa, tan fuerte y tan necesaria.

Totalmente en paz, cierra la ventana y nota que allá, bien al fondo, se distingue la amarillenta franja que separa lo diurno de lo nocturno. Alguien, quizás el tiempo, está subrayando el amanecer.

Sin ninguna prisa repasa lo ocurrido, mientras vuelve a su sillón. Allí agradece el milagro personal del florecimiento de su corazón. Se siente vital, valiosa y feliz; es por ello que arranca a murmurar la canción que inventó:
-Que noche tan diferente... - pero el sueño comienza a invadirla y pronto la vencerá por completo.

Unos segundos antes de quedarse dormida abrazando un almohadón, piensa con los ojos ya cerrados que esta noche bien podría haber sido 25 de diciembre, su Navidad personal.

Pero pese a que no lo ve, el almanaque -que cuelga al lado de un crucifijo tallado por sus jóvenes manos- indica que es jueves. Jueves 21 de septiembre.

ANDATE

Andate refutando esa quietud que te describe
demostrando que no hay pereza que aluda a tu destino
que tu fortuna es estática pero no está cerca
que contra tu voluntad móvil no hay raíz que se empecine.

Andate siguiendo el borroneado mapa sin cruz
buscando ficticios tesoros insepultos
hallando cofres vacíos en la superficie de tu propio desdén.
(Andate si acreditan tus logros sólo a la demora del fracaso.)

Andate, así suspiran aliviados los maridos
sollozan en secretos las esposas
maldicen en silencio las amantes
se aburren y fabulan los porteros.

Andate a decapitar títeres, sabiendo:
que el retorno será una gran parodia
que el destino es un invento
que su inventor no volvió.

Andate, y no te detengas a confirmar tu sombra,
ni te demores alineando tus velas hacia las ráfagas
(hace mucho que la tierra no es plana,
y después de algunas curvas la vida te pisará los talones).

Andate, que yo te prometo que
la tierra jurada será la que estés pisando
cuando decidas darle fin al éxodo
al que te condenaste porque ella te dejó.

YO, EL PEOR DE TODOS

“¿Me contradigo?...Pues bien, me contradigo.
Soy vasto. Contengo multitudes.”
Walt Whitman.

Los romanos utilizaban siete letras para expresar su sistema numérico. Del mismo modo, puedo usar los siete pecados capitales (pecados de los que soy un fervoroso usuario) para expresar mi autodefinición.

Es ahora la hora de admitirlo: soy mi peor invento.

Me solazo jugando a ser muchos distintos para no tener que responder por ninguno de ellos. Presento al embelesador, que oculta al embelecador. Improviso a un eximio, merecedor de un exilio. Expongo al jacarandoso, pero asoma el jactancioso. Soy -usando un título de Salem- mi mejor Contradicción.

Descreo de todo menos de mi certeza absoluta en la inexistencia de certezas absolutas. Desdeño lo que enseño; aprendí de mí a hacerlo.

Aseguro que nadie me ha visto nunca. Han visto, en cambio, a algunos de los que digo ser. Me place -no lo niego- ser todos los que creé (y no me los creo).

Soy inoportuno e intangible como un fantasma; poco comprador e inconstante como un duende venido a menos; literalmente fantástico, como un dragón en desgracia.

Soy el menos indicado y el más señalado; el que ama y hiere; el que no deja rastros sino cicatrices. Soy el delicioso imperdonable; el que llora en público y ríe en privado; el que otorga cuando habla y el que calla al recibir (y el que da para que tengas).

Soy un vampiro con crucifijo; un escocés con bermudas; un obispo con esposa. Soy el que se excede en excusas y carece de motivos; el umbral previsible de mi propia conformidad.

Soy el locuaz más silente; el juglar de entrecasa; el Ulises de jardín. Soy el pecador inconfeso; el casto mujeriego: el hereje que ríe en la pira. Soy el soez refinado, el de las lágrimas de reptil; el de la risa socarrona.

Soy uno de los sospechosos de siempre, de los intocables, de los perros de la calle. Soy - también- el bueno de una mala película; el polizón de la vida, el prorrogado; el que pide moratorias para jamás cumplirlas; el desertor de causas nobles.

Soy el sujeto mal predicado; el de adjetivos circunstanciales; el de pretéritos imperfectos. Soy el de lengua literaria y literatura charlatana; el de verbos inconjugables: el de presentes más bien tácitos.

Soy el que sueña con estar entre los primeros, pero tiene debilidad por los cuartos. Soy al que se le hirvió el agua para el mate; la bola ocho entrando primero; el cuatro de copas de mano. Soy el más tramposo de los leales.

Soy el que le puso la tapa a Pandora; Sansón con caspa. Soy por quién Cortéz no hubiera quemado ni una canoa. Soy un denario falso; un paraguas en Sodoma; la toalla de Pilatos; una herradura en Troya. Soy Rómulo alérgico a los lácteos.

Soy el que nadie quiere como yerno y el que algunas desean en su almohada; el que habla con rodeos acerca del grano. Soy el infame, el canalla, el bueno, el último..., y el que menos; el que se emociona sin causa, y el inconmovible.

Soy quien aspira a ser más besado que la sortija papal, la camiseta de la selección o que mi primera novia.

También sé -lo admito- que tengo un lado malo. Pero de eso han de encargarse mis detractores. Yo prefiero seguir pensando en los que soy, además de ser el más analfabeto de todos los que escriben.