Aclaración: El presente texto y el anterior se publican por pedido de los lectores del por ahora desaparecido Concepto DFyD. Sepan disculpar lo autorreferencial.

por el Comando Mocho
Ciudad de DFyD, mayo de 2176
Ref.: EL Código de Aon
Sr. Procurador:
S / D
De mi mayor consideración:
De acuerdo a lo encomendado cumplo en elevar la investigación sobre “El Código de Aon” que esta Comisión efectuara.
Lamentablemente debo informarle que la ausencia de documentación no permitió que se develaran todas las incógnitas sobre su contenido y su autor.
Relatos orales, grafittis en los baños y secretos dichos a media voz es lo único que mi personal pudo obtener.
Sin perjuicio de lo expuesto, a continuación adjunto nuestras magras conclusiones.
Atentamente.
Gustavo Lapolla III - Comisionado.
1. PRELIMINARES
Martín Aon (el apellido es el materno. Más adelante se consignará porqué el nombrado lo adoptó como alias) nació en las postrimerías del siglo XX y desapareció sin pena ni gloria en el ocaso del siglo siguiente.
Pocas precisiones existen de su vida, además de las consignadas en su dudosa biografía (que se publica más abajo).
Es mentado que Martín se autoproclamaba como escritor y líder espiritual; sin embargo varias crónicas orales coinciden en que sus únicas destrezas fueron las de huésped.
En su fingido papel de artista le gustaba hacerse el bohemio en los cafetines de la ex Patagonia Argentina –destino temporal de su destierro-, sosteniendo a los gritos que él vivía la vida artística de acuerdo a dos principios de su autoría. Uno sentenciaba que “EL ARTISTA DEBE ROMPER LA REGLAS”, el segundo dictaminaba: “EL ARTISTA SIEMPRE DEBE CAMINAR POR EL BORDE DE LA CORNISA”.
Es justo señalar en este informe que en verdad todo su trabajo –aunque roñoso, breve y fútil- se ciñó estrictamente a ambas máximas.
Efectivamente Martín rompió las reglas. Todas las reglas de la gramática y la ortografía, prodigándose en la abolición de la hache (H) y las eses (S) finales.
Fue un paladín en la sustitución de la C por la S y un cultor de la supresión de acentos incomodantes y diéresis inoportunas.
En un honesto acto de justicia también corresponde reconocer que Aon ciertamente vivió de acuerdo a su segundo principio, transitando por la orilla del precipicio, siempre arriesgando, siempre al borde. Al borde del buen gusto y de perder los pleitos entablados por escritores a los que saqueó concienzudamente.
De nuestra investigación surge que se destacó en el uso del comando CTRL + C copiando frases primero y luego páginas completas de cuanto escrito consideró que se le podría haber ocurrido a él mismo. Un poquito de Cortázar por acá, unas frases de Soriano por allá, una paginita de Bucay y sus saqueados por acullá.
Como dijéramos, prácticamente no existen datos fidedignos sobre su historial.
Hay quien dice que fue parquero en un club de tenis y vendedor de panchos por la noche. Otros no dudan en afirmar que instaló teléfonos en el sur de su país, haciendo lo propio con inodoros en barrios hostiles de su ciudad. Algunos sostienen que derrochó su saber oficiando de pelacables en diversos proyectos de escasa monta. Pero se cree más en la leyenda que declara que amasó una fortuna como Mago falible y la malgastó en la compraventa de automotores.
Unos enterados narran que destruyó la casa materna en un acceso de ocio creativo. Luego la reconstruyó al solo efecto de hipotecar el inmueble.
En un magnánimo gesto de generosidad dejó que otro cancelara el gravamen.
En honor a su progenitora y para envidia de los vecinos, construyó una avenida de dos carriles (que llevó su nombre) que recorría toda la longitud del hogar materno, conectando la vereda con el hall de entrada. De este modo se facilitó el acceso a la propiedad en un tiempo de 28 segundos; ello si no era detenido en el trayecto por uno de los dos estratégicos semáforos que instaló para poder hacer trucos de magia durante la luz roja y ganarse una propina de parte del recién llegado.
Varios coterráneos comentaron que tomó los apodos con que lo nombraban las señoritas de mala nota y con ellos bautizó una primera versión electrónica de sus escritos: Dragón (porque le salía fuego por el culo), Fantasma (porque a la hora de saldar una cuenta no se lo veía) y Duende (porque en realidad no era más que un alma en pena).
Tanto para evitar el oprobio a su familia como para desorientar a los acreedores, comenzó a ocultarse tras el alias de Martín Aon; hecho corroborado por las múltiples entradas que se aprecian en las libretas del carnicero y del dueño del bar.
2. EL CÓDIGO OBJETO DE LA PRESENTE.

A ciencia cierta pudo determinarse que el muy hijo de puta escribió su propia versión de las Sagradas escrituras.
Tamaño sacrilegio sólo se ve opacado por la segunda de sus hazañitas: en estos evangelios falsificados el propio martín se sitúa como protagonistas principal, en uno de sus gestos egocéntricos más destacados.
Así como Don Verídico en su época de gloria, o Manuel Mandeb en la plenitud de sus facultades, Aon pretendió – pero mediante literatura de dos pesos- ser el cronista de su era.
Este gesto altruista, este noble propósito narrativo sólo escondió el oscuro afán de perpetuarse indecorosamente como el objeto de adoración de un nuevo culto creado por su mente afiebrada en colaboración con su alma ruin.
Hay quien jura que a estos efectos dejó registrados un puñado de libelos infamantes plagados de textos autoreferenciales, con elogios a sus propias y dudosas virtudes.
Los folletines en los que se sentaban las bases de su nueva pseudo doctrina abundaban en citas vanidosas, extendiéndose en una hartura de oraciones trilladas en las que se dedicaba a endiosarse sin ningún pudor.
Aparentemente Aon fue un fanático acérrimo de la tecnología y el ocio; y se dice que para editar su Biblia eligió el ingenioso eslogan “Una imagen vale más que mil palabras” y por lo tanto su pasquín –con contenido de alto voltaje erótico- ilustraba las enseñanzas del culto mediante fotografías que pretendías iluminar a las masas hambrientas de pan espiritual.
Sus detractores en cambio, señalan que las láminas servían al único propósito de ahorrarle trabajo a su pluma miserable.
Este mezquino infame –dándose aires de misterioso- ventiló sus ignominiosas revistuchas bajo el nombre de El Código de Aon.
Se rumorea que el Código… establecía que sus feligreses debían adorarlo bajo la advocación de Capo, Chiquitodopoderoso o Tongochudo indistintamente.
Presuntamente el compendio detallaba una serie de normas heréticas que tenían por único objeto el de divinizar a su autor.
No existen pruebas que respalden la existencia de mensajes encriptados en los escritos blasfemos, por el contrario las evidencias indican que el autor bautizó de esa manera su afrentoso álbum en un ataque de envidia hacia su contemporáneo Dan Brown, quién sí obtuvo algún rédito monetario con su libro El Código Da Vinci (rédito que no le alcanzó para ganarse el respeto de su época, ni de otras).
Para beneficio de los incautos y para desgracia de esta investigación, los manuscritos originales de Aon –el Mesías Adulterado- fueron concienzudamente quemados en un acto público por un grupo de ex novias en un ataque de despecho y justicia.
Una minuciosa criba por varias bibliotecas de papel impreso que aun sobreviven nos permitió obtener algunas copias de unos escasos fragmentos de El Código…, que escaparon a la pira.
Dicha documentación es adjuntada en el…
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NOTA: El informe finaliza abruptamente acá, sin que la documentación haya aparecido jamás.
En el fondo del sobre lacrado, en el que llegó el informe firmado por Gustavo Lapolla III, encontramos un diminuto fragmento de un Perito Grafólogo que presuntamente analizaba una esquela escrita por Aon a su hermano, el único que siguió tratándolo con los años. Transcribimos la conclusión:
“…Asimismo, el uso de la sangría en la primera línea del párrafo denota una frialdad exasperante, puesto que utiliza el formato de una carta comercial para vincularse con sus familiares. Respecto a la repetición del trazo que sobresale en la base de las letras D mayúsculas (línea de fuga hacia la izquierda), su constante aparición nos permite aseverar que el autor del texto fue un individuo con tendencia a las personalidades múltiples, al abuso de poder, a la manipulación, a la ingesta desmedida se salamín picado fino y a la flatulencia traicionera…”








