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domingo

LA SOLEDAD - Última parte


LA SOLEDAD

ÚLTIMA PARTE

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

-La soledad es curable... y yo trabajo para eso.

-Debe ser psicóloga- dijo Gustavo Lapolla en voz baja.

-O monja- Sugirió Salem.

-Para mi que es una prostituta - arriesgó Capazzo- y le voy a dar su ración.

-Aflojen, muchachos- intervino Aon-, es sólo una resentida encubierta-. La mujer siguió hablando:

-Yo soy la presidente del círculo de "Solos y Solas". Trabajamos ahí, para hacer desaparecer la soledad. Organizamos salidas, reuniones, y hasta tenemos un boliche bailable.

-Se, se, yo lo conozco, se llama" Mal acompañado". Queda frente a la catedral- aseguró Carmelo Capazzo, con cara de detective sin caso.

-No idiota, eso es un cabaret- lo corrigió Salem.

-Siga por favor- la convidó Lapolla- no le haga caso a estos tarados.

La dama concluyó diciendo:

-...cada unión, cada acierto es un paso más hacia el final de nuestra actividad. Esa es nuestra paradoja.

De pronto, el respetuoso silencio que reinaba en la sala se vio profanado.

-Ustedes roban con la desgracia del otro- gritó uno desde el fondo- Yo conocí a una mina ahí, y a los días me dejó. Son una farsa. La estúpida dijo que no le gustaba mi olor a pata, ni mis ruidos, ni que yo dejara la dentadura en un vaso para que no se me empaste cuando como el puré. Ustedes son unos cínicos.

-Bueno, bueno, calmémonos todos- pedía Aon, viendo que empezaban todos a gritar al mismo tiempo.

-¿Y cuándo viene la Sole?- preguntó el de barba, con una caja de vino en la mano.

Pasó un largo rato hasta que todos se calmaron. Finalmente, alguien habló:

-¿Puedo decir algo?- preguntó un flaco alto de lentes grandes. Como el muchacho parecía nervioso, Martín Aon pidió silencio, y le dijo que hablara tranquilo, que todos lo escuchaban.

-Bueno, gracias. Ehh, yo pienso que la soledad es algo más grande y más complejo que un grupo de gente contando sus penas. Yo no creo, con todo respeto, que se cure bailando ni hablando con personas desconocidas pero unidas por el nombre de la entidad que los congrega. La soledad, me parece, es algo mucho más profundo, más serio; es algo muy real.

-Como el envido- soltó Salem.

-Buenísimo- lo felicitó Capazzo, y chocó su mano contra la de él. Nadie se rió. El flaco alto se dio vuelta y se fue hacia el fondo.

El clima estaba muy tenso. Muy tenso. El Licenciado Gustavo Lapolla informó que había llegado la última parte de la charla, y que el público podía preguntar lo que quisiera. Salem fue el primero:

-¡Después de acá, a donde vamos?

-A "Mal Acompañado"- propuso Capazzo.

Lapolla los fusiló con la mirada, es decir, con su media mirada, y le hizo señas disimuladas a Martín Aon, avisándole que se le había bajado el cierre de su pantalón. Aon asintió con la cabeza, le guiñó un ojo...y lo dejó como estaba. Alejo Salem, que se quería ir, tosió, escupió y luego se dirigió a la concurrencia:

-Bueno...a ver...¿qué quieren?

Las preguntas llovieron todas juntas: ¿La soledad se cura o no? ¿Hay que suicidarse? ¿Se puede manipular ese estado? ¿Es un sentimiento? ¿Se puede sacar provecho para la creación artística? ¿che, quién se cagó? ¿Es o no es bueno que el hombre está solo? ¿Existe la no-soledad? ¿Es un estado? ¿Una actitud? ¿Un concepto? ¿Y Dios, qué onda? ¿Soledad es sinónimo de tristeza? ¿Adónde hay un quiosco?

La morocha de la primera fila fue la que formuló la pregunta que acabaría con la reunión: ¿Ustedes cuatro, son casados?

Tumulto arriba y abajo del escenario.

No vale la pena narrar los pormenores del final de la charla debate, que, para muchos, fue una pérdida de tiempo. Pero que para los cuatro oradores no lo fue, aunque por diversos motivos.

Carmelo Capazzo dijo que la charla fue ideal para capturar a la morocha que le gustaba a Aon, y así vengar un antiguo pleito de polleras.

Alejo Salem se manifestó satisfecho con los resultados, mientras que explicaba, sin ahorrar señas, su encuentro con la rubia tetona.

El licenciado Gustavo Lapolla expresó que, en realidad, los resultados dependían de la mirada con que se los enfoque, mientras seguía poniéndose hielo en un ojo y pasándose un anillo de oro frotado por el otro, para curar un orzuelo que venía asomando.

Para Martín Aon, el balance fue positivo: aprovechó para llenar la solicitud e ingresar al círculo de Solos Y Solas, lugar del que -según afirman- no egresará jamás.

No obstante las diferencias, todos coincidieron en citar la frase que alguna vez acuñara la Licenciada Barquín, intentando rechazar con elegancia a un candidato demasiado insistente: "...Para nosotros, la soledad, es el perfume de nuestra esencia..."



viernes

LA SOLEDAD - Segunda parte

LA SOLEDAD

SEGUNDA PARTE

...Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

-El miedo a la soledad nos lleva, a veces, a cometer atrocidades. Conozco gente que se ha casado más por temor a quedarse solo, que por amor...

Ahora, por fin, todos estaban en silencio. Lapolla siguió:

-...un buen día de sus opacas vidas, descubren que se sienten mal, tristes, angustiados, incomprendidos -dijo, y mirando fijo a la pelirroja de remera ajustada de la segunda fila, preguntó:

-...¿y saben qué descubren?

-Ayyy-
gritó Salem, que se estaba sacando la cera de la oreja con la llave de su auto. Se ve que le dolió.

-Perdón, perdón. Sigan nomás- e hizo un gesto con la mano, como un referí.

-¿Y que descubren?- repreguntó Gustavo Lapolla, de manera retórica, para seguir diciendo:- se dan cuenta que se sienten solos, miserablemente solos, pese a estar acompañados, y hasta casados en algunos casos.

Martín Aon, sabía que era su turno para hablar; del bolsillo interior de su saco negro, sacó una petaca plateada, y tras darse valor con tres tragos cortos, empezó su parlamento:

-Lo peor que puede ocurrirnos no es que nos quedemos solos. La peor noticia de todas es que no aguantemos estar con nosotros mismos.

Notó que las mujeres asentían con sus cabezas. Eso lo alentó a seguir más allá aun:

-El punto que cada uno debería analizar con detenimiento, es ese: saber que es lo que tanto nos molesta de nuestras propias personas.- mientras decía esto, miraba fijo a una morocha obsecuente de labios gruesos, que desde la primera fila le guiñaba un ojo.

-Tendríamos que intentar- quiso seguir, pero un eructo memorable tronó en el salón de actos.

-Perdón- dijo Salem, levantando una mano- es que comí morrón y lo repito.

-Me toca a mí-exclamó de pronto Carmelo Capazzo, que se estaba quedando dormido. Con su meñique derecho se quitó una lagaña en forma de arroz, y arremetió con todo:

-Si lo pensamos bien, notaremos que muchas actividades se realizan en soledad, y no necesitan de nadie más para concretarlas felizmente.

A la mitad de un sonoro bostezo, Gustavo Lapolla se creyó en el caso de intervenir, mientras que con una mano sostenía contra su ojo una improvisada bolsa de hielo que le acercó el portero a cambio de una propina.

-Para pensar, leer, soñar, rezar, no nos hace falta más que nosotros mismos.

-Para dormir, crear- agregó Capazzo, sumándose.

-¿Procrear?- preguntó Salem, que no escuchó bien, mitad porque seguía con la llave en la oreja, mitad porque se había bajado del escenario para pedirle el número de teléfono a una rubia de minifaldas y botas largas, que lo tenía como en celo.

-¡Crear!- enfatizó Capazzo.

Aon aprovechó que Salem estaba entre el público, y le tiró el micrófono inalámbrico.

-Tomá Alejo- y lo soltó. Salem intentó lucirse con una atajada de antología, pero le falló el cálculo y el micrófono se estrelló contra el escote de la rubia, al igual que las manos del arquero. Por cierto, ella no protestó.

Sin poder ocultar la risa, Martín Aon dijo:

-Sería bueno que todos digamos alguna actividad que podemos realizar solos. Puede empezar la señorita si lo desea.

-¿Cuál, la tetona?-
preguntó Salem desconcertado.

-¡Dale, Alejo!- lo apuró Lapolla.

-Afeitarse- dijo al fin el de barba rala, con un cigarrillo en la boca.

-Muy bien, muy bien- alentó Capazzo.

-Depilarse- dijo la morocha de la primera fila, logrando la ovación.

-Si Mamita- volvió a hablar Capazzo.

-Rascarse- sugirió otro.

-Maquillarse- aportó la pelirroja a la que Gustavo Lapolla le clavaba su cíclope mirada.

-Morirse- dijo el portero, queriendo decir "muéranse".

-Masturbarse- comentó convencido el gordo que apoyaba el codo en la cabeza del busto de Mariano Moreno.

-Bueno, no siempre- afirmó Alejo Salem, sabiendo de lo que hablaba.

-En mi caso si- dijo Capazzo, orgulloso.

Como Martín Aon permanecía silente, y concentrado, con medio dedo índice escondido en su fosa nasal derecha, escarbando, Gustavo Lapolla fue quien moderó:

-Paren un poco, che.

En ese momento, una voz de mujer llegó desde el costado de escenario, al lado de Sarmiento.

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

Continúa...

lunes

LA SOLEDAD - Primera parte

LA SOLEDAD

PRIMERA PARTE

La angustia ante la soledad es -tal vez- uno de los mayores denominadores comunes. Por más que nos esmeremos en disimularlo, el temor a quedarnos solos es un fantasma que flota cerca nuestro.

Interpretando estas sencillas ideas, el equipo del CONCEPTO DFyD realizó una seria investigación, que alcanzó su pico más elevado con una charla debate, llevada a cabo en el salón de actos de una escuela para adultos de la ciudad de Mar del Plata.

Allí, los señores Gustavo Lapolla, Alejo Salem, Carmelo Capazzo y Martín Aon se presentaron por primera vez públicamente juntos (cabe aclarar, que faltó el Sr. Ezequiel Guernica, quien se excusó diciendo que quería estar solo).

La actividad contó -ante al asombro de los incrédulos- Con una gran concurrencia. Días más tarde, el portero del colegio admitiría haber sido sobornado por Alejo Salem para cerrar con candado todas las salidas para evitar la fuga del alumnado mientras durara el evento. He aquí un pequeño resumen de lo ocurrido.

Los obligados espectadores no tardaron en vomitar hostilidad; es que para convencerlos, los profesores les habían prometido que verían un muy buen espectáculo. Dejaron de gritar e insultar recién cuando las luces se apagaron por completo; ahí comenzaron los aplausos. Se encendieron los reflectores que apuntaban a las pesadas cortinas color bordó. éstas se separaron, dejando a la vista un gran cartel que decía: "La Soledad".

Un petizo de barba rala, se paró sobre la butaca y comenzó a revolear la campera, que hacía las veces de poncho. Al grito de: "Vamo carajo", todos lo imitaron.

La desilusión llegó en el momento en que los cuatro oradores de la noche entraron por el costado izquierdo del escenario y se ubicaron cada uno en una alta banqueta de caña, puesta para la ocasión, junto a su correspondiente micrófono.

El primero en hablar fue también el primero en callar.

-Buenas noches. Mi nombre es Martín Aon- comenzó a decir, pero una voz firme, contundente y decidida lo interrumpió.

-Tomatelá ladrón. Queremo ver a la Sole, queremo'!!!

Gustavo Lapolla -hombre de poca paciencia y gran contextura física- intentó identificar al insurrecto, pero un certero proyectil (media manzana oxidada) le dio de lleno en un ojo.

Carmelo Capazzo escupió una carcajada, mientras que Lapolla insultaba a los alumnos, los profesores y a los próceres, que tenían sus bustos (un poco deteriorados) en el sector derecho del salón de actos. Lo mismo ocurría con las profesoras.

Por fin, desde los altoparlantes, la directora del establecimiento amenazó con no dejarlos fumar más en clase. Se calmaron.

Las primeras filas de butacas estaban ocupadas en su totalidad por mujeres, detalle que no se les pasó por alto a ninguno de los cuatro que, al instante, se prepararon para lo que vendría: Gustavo Lapolla, con un ojo entrecerrado, se acomodó la corbata; Carmelo Capazzo se peinó las cejas, luego de mojarse los dedos con dos escupidas envidiables; Martín Aon encendió un habano, para darse aires de importancia; y Alejo Salem -sin dudas, el galán del grupo- dirigió la vista a los primeros asientos y se largó a recitar:

-No soy el mismo desde que te fuiste. Soy alérgico a que no estés conmigo. Tu adiós me sacó ronchas. Tu vacío me ocupa por completo. Tu ausencia es urticante, me hace sarpullidos...
-¡Que capo!
- festejó Carmelo Capazzo, que estaba viendo como las señoritas se mordían el labio inferior, mientras Salem seguía recitando:

-...no me dan las manos para rascarme. Tengo herpes, escaras...volvé amor, que ya tengo sarna.
-Gracias Alejo, ya estuvo bien-
dijo Martín Aon, interrumpiéndole su poema dermatológico a la soledad.

-Pero si todavía no terminó- protestó Salem- Bueno, si querés canto mi tema "Como loco malo"- propuso.

-No, no, dejá. Me toca a mí- intervino Lapolla, que a esta altura guiñaba el ojo de manera semipermanente.

-Si, mejor dale vos, Gustavo- dijo Carmelo Capazzo, y sacó un escarbadientes del bolsillo de su camisa azul.

Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

Continúa...

POSMODERNO

Hace casi 20 años era boy scout.
Iba de campamento habitualmente. Son experiencias inolvidables en la vida de una persona. Convivir con pares, en medio de bosques y arroyos, aprender a pescar, a hacer nudos y amarres, usar cuchillos, hachas, tomar mate cocido, fascinarse con el fuego. Son verdaderas maravillas para un chico, aventuras que se incrustan en uno para siempre.

Recuerdo los campamentos de supervivencia, en los que no estaba permitido llevar muchos alimentos y había que procurárselos de la misma naturaleza. Se improvisaban baños, se potabilizaba el agua para tomar mediante técnicas aprendidas, así como también era menester encender el fuego con medios no artificiales. Pasábamos horas hasta que lográbamos unas modestas llamitas. Y ahí hacíamos un suerte de guardia del fuego, alternándonos para mantenerlo encendido y con una olla o cacharro con agua cerca de las brazas (el agua caliente permanente es imperiosa para el mate o mate cocido).

Hubo una vez en la que debimos hacer trampa y usar varias lupas contra el sol para que el fuego encienda, luego de intentar casi todo un día. Con los últimos rayos de la tarde lo logramos.

En cambio, cuando los campamentos no tenían la modalidad de “supervivencia”, estaba permitido llevar encendedores y fósforos. Así y todo, en los días que amanecía lloviendo o con las escarcha de invierno es todo un severo trabajo encender el fuego. Varios grupos a la vez se disputaban el honor de lograr las primeras llamar del día bajo la lluvia. Y quien lo lograba obtenía el respeto tácito de los demás y el agradecimiento de los friolentos, junto al orgullo íntimo de haber sido por esa vez el proveedor de seguridad del grupo.

En estos entrañables recuerdos y en el paso del tiempo (perdón por los lugares comunes) pensé hoy a la mañana, cuando calenté el agua para tomar mate en esta pava que me regalaron: