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domingo

LA SOLEDAD - Última parte


LA SOLEDAD

ÚLTIMA PARTE

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

-La soledad es curable... y yo trabajo para eso.

-Debe ser psicóloga- dijo Gustavo Lapolla en voz baja.

-O monja- Sugirió Salem.

-Para mi que es una prostituta - arriesgó Capazzo- y le voy a dar su ración.

-Aflojen, muchachos- intervino Aon-, es sólo una resentida encubierta-. La mujer siguió hablando:

-Yo soy la presidente del círculo de "Solos y Solas". Trabajamos ahí, para hacer desaparecer la soledad. Organizamos salidas, reuniones, y hasta tenemos un boliche bailable.

-Se, se, yo lo conozco, se llama" Mal acompañado". Queda frente a la catedral- aseguró Carmelo Capazzo, con cara de detective sin caso.

-No idiota, eso es un cabaret- lo corrigió Salem.

-Siga por favor- la convidó Lapolla- no le haga caso a estos tarados.

La dama concluyó diciendo:

-...cada unión, cada acierto es un paso más hacia el final de nuestra actividad. Esa es nuestra paradoja.

De pronto, el respetuoso silencio que reinaba en la sala se vio profanado.

-Ustedes roban con la desgracia del otro- gritó uno desde el fondo- Yo conocí a una mina ahí, y a los días me dejó. Son una farsa. La estúpida dijo que no le gustaba mi olor a pata, ni mis ruidos, ni que yo dejara la dentadura en un vaso para que no se me empaste cuando como el puré. Ustedes son unos cínicos.

-Bueno, bueno, calmémonos todos- pedía Aon, viendo que empezaban todos a gritar al mismo tiempo.

-¿Y cuándo viene la Sole?- preguntó el de barba, con una caja de vino en la mano.

Pasó un largo rato hasta que todos se calmaron. Finalmente, alguien habló:

-¿Puedo decir algo?- preguntó un flaco alto de lentes grandes. Como el muchacho parecía nervioso, Martín Aon pidió silencio, y le dijo que hablara tranquilo, que todos lo escuchaban.

-Bueno, gracias. Ehh, yo pienso que la soledad es algo más grande y más complejo que un grupo de gente contando sus penas. Yo no creo, con todo respeto, que se cure bailando ni hablando con personas desconocidas pero unidas por el nombre de la entidad que los congrega. La soledad, me parece, es algo mucho más profundo, más serio; es algo muy real.

-Como el envido- soltó Salem.

-Buenísimo- lo felicitó Capazzo, y chocó su mano contra la de él. Nadie se rió. El flaco alto se dio vuelta y se fue hacia el fondo.

El clima estaba muy tenso. Muy tenso. El Licenciado Gustavo Lapolla informó que había llegado la última parte de la charla, y que el público podía preguntar lo que quisiera. Salem fue el primero:

-¡Después de acá, a donde vamos?

-A "Mal Acompañado"- propuso Capazzo.

Lapolla los fusiló con la mirada, es decir, con su media mirada, y le hizo señas disimuladas a Martín Aon, avisándole que se le había bajado el cierre de su pantalón. Aon asintió con la cabeza, le guiñó un ojo...y lo dejó como estaba. Alejo Salem, que se quería ir, tosió, escupió y luego se dirigió a la concurrencia:

-Bueno...a ver...¿qué quieren?

Las preguntas llovieron todas juntas: ¿La soledad se cura o no? ¿Hay que suicidarse? ¿Se puede manipular ese estado? ¿Es un sentimiento? ¿Se puede sacar provecho para la creación artística? ¿che, quién se cagó? ¿Es o no es bueno que el hombre está solo? ¿Existe la no-soledad? ¿Es un estado? ¿Una actitud? ¿Un concepto? ¿Y Dios, qué onda? ¿Soledad es sinónimo de tristeza? ¿Adónde hay un quiosco?

La morocha de la primera fila fue la que formuló la pregunta que acabaría con la reunión: ¿Ustedes cuatro, son casados?

Tumulto arriba y abajo del escenario.

No vale la pena narrar los pormenores del final de la charla debate, que, para muchos, fue una pérdida de tiempo. Pero que para los cuatro oradores no lo fue, aunque por diversos motivos.

Carmelo Capazzo dijo que la charla fue ideal para capturar a la morocha que le gustaba a Aon, y así vengar un antiguo pleito de polleras.

Alejo Salem se manifestó satisfecho con los resultados, mientras que explicaba, sin ahorrar señas, su encuentro con la rubia tetona.

El licenciado Gustavo Lapolla expresó que, en realidad, los resultados dependían de la mirada con que se los enfoque, mientras seguía poniéndose hielo en un ojo y pasándose un anillo de oro frotado por el otro, para curar un orzuelo que venía asomando.

Para Martín Aon, el balance fue positivo: aprovechó para llenar la solicitud e ingresar al círculo de Solos Y Solas, lugar del que -según afirman- no egresará jamás.

No obstante las diferencias, todos coincidieron en citar la frase que alguna vez acuñara la Licenciada Barquín, intentando rechazar con elegancia a un candidato demasiado insistente: "...Para nosotros, la soledad, es el perfume de nuestra esencia..."



viernes

LA SOLEDAD - Segunda parte

LA SOLEDAD

SEGUNDA PARTE

...Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

-El miedo a la soledad nos lleva, a veces, a cometer atrocidades. Conozco gente que se ha casado más por temor a quedarse solo, que por amor...

Ahora, por fin, todos estaban en silencio. Lapolla siguió:

-...un buen día de sus opacas vidas, descubren que se sienten mal, tristes, angustiados, incomprendidos -dijo, y mirando fijo a la pelirroja de remera ajustada de la segunda fila, preguntó:

-...¿y saben qué descubren?

-Ayyy-
gritó Salem, que se estaba sacando la cera de la oreja con la llave de su auto. Se ve que le dolió.

-Perdón, perdón. Sigan nomás- e hizo un gesto con la mano, como un referí.

-¿Y que descubren?- repreguntó Gustavo Lapolla, de manera retórica, para seguir diciendo:- se dan cuenta que se sienten solos, miserablemente solos, pese a estar acompañados, y hasta casados en algunos casos.

Martín Aon, sabía que era su turno para hablar; del bolsillo interior de su saco negro, sacó una petaca plateada, y tras darse valor con tres tragos cortos, empezó su parlamento:

-Lo peor que puede ocurrirnos no es que nos quedemos solos. La peor noticia de todas es que no aguantemos estar con nosotros mismos.

Notó que las mujeres asentían con sus cabezas. Eso lo alentó a seguir más allá aun:

-El punto que cada uno debería analizar con detenimiento, es ese: saber que es lo que tanto nos molesta de nuestras propias personas.- mientras decía esto, miraba fijo a una morocha obsecuente de labios gruesos, que desde la primera fila le guiñaba un ojo.

-Tendríamos que intentar- quiso seguir, pero un eructo memorable tronó en el salón de actos.

-Perdón- dijo Salem, levantando una mano- es que comí morrón y lo repito.

-Me toca a mí-exclamó de pronto Carmelo Capazzo, que se estaba quedando dormido. Con su meñique derecho se quitó una lagaña en forma de arroz, y arremetió con todo:

-Si lo pensamos bien, notaremos que muchas actividades se realizan en soledad, y no necesitan de nadie más para concretarlas felizmente.

A la mitad de un sonoro bostezo, Gustavo Lapolla se creyó en el caso de intervenir, mientras que con una mano sostenía contra su ojo una improvisada bolsa de hielo que le acercó el portero a cambio de una propina.

-Para pensar, leer, soñar, rezar, no nos hace falta más que nosotros mismos.

-Para dormir, crear- agregó Capazzo, sumándose.

-¿Procrear?- preguntó Salem, que no escuchó bien, mitad porque seguía con la llave en la oreja, mitad porque se había bajado del escenario para pedirle el número de teléfono a una rubia de minifaldas y botas largas, que lo tenía como en celo.

-¡Crear!- enfatizó Capazzo.

Aon aprovechó que Salem estaba entre el público, y le tiró el micrófono inalámbrico.

-Tomá Alejo- y lo soltó. Salem intentó lucirse con una atajada de antología, pero le falló el cálculo y el micrófono se estrelló contra el escote de la rubia, al igual que las manos del arquero. Por cierto, ella no protestó.

Sin poder ocultar la risa, Martín Aon dijo:

-Sería bueno que todos digamos alguna actividad que podemos realizar solos. Puede empezar la señorita si lo desea.

-¿Cuál, la tetona?-
preguntó Salem desconcertado.

-¡Dale, Alejo!- lo apuró Lapolla.

-Afeitarse- dijo al fin el de barba rala, con un cigarrillo en la boca.

-Muy bien, muy bien- alentó Capazzo.

-Depilarse- dijo la morocha de la primera fila, logrando la ovación.

-Si Mamita- volvió a hablar Capazzo.

-Rascarse- sugirió otro.

-Maquillarse- aportó la pelirroja a la que Gustavo Lapolla le clavaba su cíclope mirada.

-Morirse- dijo el portero, queriendo decir "muéranse".

-Masturbarse- comentó convencido el gordo que apoyaba el codo en la cabeza del busto de Mariano Moreno.

-Bueno, no siempre- afirmó Alejo Salem, sabiendo de lo que hablaba.

-En mi caso si- dijo Capazzo, orgulloso.

Como Martín Aon permanecía silente, y concentrado, con medio dedo índice escondido en su fosa nasal derecha, escarbando, Gustavo Lapolla fue quien moderó:

-Paren un poco, che.

En ese momento, una voz de mujer llegó desde el costado de escenario, al lado de Sarmiento.

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

Continúa...

lunes

LA SOLEDAD - Primera parte

LA SOLEDAD

PRIMERA PARTE

La angustia ante la soledad es -tal vez- uno de los mayores denominadores comunes. Por más que nos esmeremos en disimularlo, el temor a quedarnos solos es un fantasma que flota cerca nuestro.

Interpretando estas sencillas ideas, el equipo del CONCEPTO DFyD realizó una seria investigación, que alcanzó su pico más elevado con una charla debate, llevada a cabo en el salón de actos de una escuela para adultos de la ciudad de Mar del Plata.

Allí, los señores Gustavo Lapolla, Alejo Salem, Carmelo Capazzo y Martín Aon se presentaron por primera vez públicamente juntos (cabe aclarar, que faltó el Sr. Ezequiel Guernica, quien se excusó diciendo que quería estar solo).

La actividad contó -ante al asombro de los incrédulos- Con una gran concurrencia. Días más tarde, el portero del colegio admitiría haber sido sobornado por Alejo Salem para cerrar con candado todas las salidas para evitar la fuga del alumnado mientras durara el evento. He aquí un pequeño resumen de lo ocurrido.

Los obligados espectadores no tardaron en vomitar hostilidad; es que para convencerlos, los profesores les habían prometido que verían un muy buen espectáculo. Dejaron de gritar e insultar recién cuando las luces se apagaron por completo; ahí comenzaron los aplausos. Se encendieron los reflectores que apuntaban a las pesadas cortinas color bordó. éstas se separaron, dejando a la vista un gran cartel que decía: "La Soledad".

Un petizo de barba rala, se paró sobre la butaca y comenzó a revolear la campera, que hacía las veces de poncho. Al grito de: "Vamo carajo", todos lo imitaron.

La desilusión llegó en el momento en que los cuatro oradores de la noche entraron por el costado izquierdo del escenario y se ubicaron cada uno en una alta banqueta de caña, puesta para la ocasión, junto a su correspondiente micrófono.

El primero en hablar fue también el primero en callar.

-Buenas noches. Mi nombre es Martín Aon- comenzó a decir, pero una voz firme, contundente y decidida lo interrumpió.

-Tomatelá ladrón. Queremo ver a la Sole, queremo'!!!

Gustavo Lapolla -hombre de poca paciencia y gran contextura física- intentó identificar al insurrecto, pero un certero proyectil (media manzana oxidada) le dio de lleno en un ojo.

Carmelo Capazzo escupió una carcajada, mientras que Lapolla insultaba a los alumnos, los profesores y a los próceres, que tenían sus bustos (un poco deteriorados) en el sector derecho del salón de actos. Lo mismo ocurría con las profesoras.

Por fin, desde los altoparlantes, la directora del establecimiento amenazó con no dejarlos fumar más en clase. Se calmaron.

Las primeras filas de butacas estaban ocupadas en su totalidad por mujeres, detalle que no se les pasó por alto a ninguno de los cuatro que, al instante, se prepararon para lo que vendría: Gustavo Lapolla, con un ojo entrecerrado, se acomodó la corbata; Carmelo Capazzo se peinó las cejas, luego de mojarse los dedos con dos escupidas envidiables; Martín Aon encendió un habano, para darse aires de importancia; y Alejo Salem -sin dudas, el galán del grupo- dirigió la vista a los primeros asientos y se largó a recitar:

-No soy el mismo desde que te fuiste. Soy alérgico a que no estés conmigo. Tu adiós me sacó ronchas. Tu vacío me ocupa por completo. Tu ausencia es urticante, me hace sarpullidos...
-¡Que capo!
- festejó Carmelo Capazzo, que estaba viendo como las señoritas se mordían el labio inferior, mientras Salem seguía recitando:

-...no me dan las manos para rascarme. Tengo herpes, escaras...volvé amor, que ya tengo sarna.
-Gracias Alejo, ya estuvo bien-
dijo Martín Aon, interrumpiéndole su poema dermatológico a la soledad.

-Pero si todavía no terminó- protestó Salem- Bueno, si querés canto mi tema "Como loco malo"- propuso.

-No, no, dejá. Me toca a mí- intervino Lapolla, que a esta altura guiñaba el ojo de manera semipermanente.

-Si, mejor dale vos, Gustavo- dijo Carmelo Capazzo, y sacó un escarbadientes del bolsillo de su camisa azul.

Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

Continúa...

EL CÓDIGO DE AON

Aclaración: El presente texto y el anterior se publican por pedido de los lectores del por ahora desaparecido Concepto DFyD. Sepan disculpar lo autorreferencial.



El Código de Aon
por el Comando Mocho
Ciudad de DFyD, mayo de 2176
Ref.: EL Código de Aon

Sr. Procurador:
S / D
De mi mayor consideración:

De acuerdo a lo encomendado cumplo en elevar la investigación sobre “El Código de Aon” que esta Comisión efectuara.
Lamentablemente debo informarle que la ausencia de documentación no permitió que se develaran todas las incógnitas sobre su contenido y su autor.
Relatos orales, grafittis en los baños y secretos dichos a media voz es lo único que mi personal pudo obtener.
Sin perjuicio de lo expuesto, a continuación adjunto nuestras magras conclusiones.

Atentamente.
Gustavo Lapolla III - Comisionado.

1. PRELIMINARES

Martín Aon (el apellido es el materno. Más adelante se consignará porqué el nombrado lo adoptó como alias) nació en las postrimerías del siglo XX y desapareció sin pena ni gloria en el ocaso del siglo siguiente.

Pocas precisiones existen de su vida, además de las consignadas en su dudosa biografía (que se publica más abajo).
Es mentado que Martín se autoproclamaba como escritor y líder espiritual; sin embargo varias crónicas orales coinciden en que sus únicas destrezas fueron las de huésped.

En su fingido papel de artista le gustaba hacerse el bohemio en los cafetines de la ex Patagonia Argentina –destino temporal de su destierro-, sosteniendo a los gritos que él vivía la vida artística de acuerdo a dos principios de su autoría. Uno sentenciaba que “EL ARTISTA DEBE ROMPER LA REGLAS”, el segundo dictaminaba: “EL ARTISTA SIEMPRE DEBE CAMINAR POR EL BORDE DE LA CORNISA”.

Es justo señalar en este informe que en verdad todo su trabajo –aunque roñoso, breve y fútil- se ciñó estrictamente a ambas máximas.

Efectivamente Martín rompió las reglas. Todas las reglas de la gramática y la ortografía, prodigándose en la abolición de la hache (H) y las eses (S) finales.

Fue un paladín en la sustitución de la C por la S y un cultor de la supresión de acentos incomodantes y diéresis inoportunas.

En un honesto acto de justicia también corresponde reconocer que Aon ciertamente vivió de acuerdo a su segundo principio, transitando por la orilla del precipicio, siempre arriesgando, siempre al borde. Al borde del buen gusto y de perder los pleitos entablados por escritores a los que saqueó concienzudamente.

De nuestra investigación surge que se destacó en el uso del comando CTRL + C copiando frases primero y luego páginas completas de cuanto escrito consideró que se le podría haber ocurrido a él mismo. Un poquito de Cortázar por acá, unas frases de Soriano por allá, una paginita de Bucay y sus saqueados por acullá.

Como dijéramos, prácticamente no existen datos fidedignos sobre su historial.

Hay quien dice que fue parquero en un club de tenis y vendedor de panchos por la noche. Otros no dudan en afirmar que instaló teléfonos en el sur de su país, haciendo lo propio con inodoros en barrios hostiles de su ciudad. Algunos sostienen que derrochó su saber oficiando de pelacables en diversos proyectos de escasa monta. Pero se cree más en la leyenda que declara que amasó una fortuna como Mago falible y la malgastó en la compraventa de automotores.

Unos enterados narran que destruyó la casa materna en un acceso de ocio creativo. Luego la reconstruyó al solo efecto de hipotecar el inmueble.

En un magnánimo gesto de generosidad dejó que otro cancelara el gravamen.

En honor a su progenitora y para envidia de los vecinos, construyó una avenida de dos carriles (que llevó su nombre) que recorría toda la longitud del hogar materno, conectando la vereda con el hall de entrada. De este modo se facilitó el acceso a la propiedad en un tiempo de 28 segundos; ello si no era detenido en el trayecto por uno de los dos estratégicos semáforos que instaló para poder hacer trucos de magia durante la luz roja y ganarse una propina de parte del recién llegado.
Varios coterráneos comentaron que tomó los apodos con que lo nombraban las señoritas de mala nota y con ellos bautizó una primera versión electrónica de sus escritos: Dragón (porque le salía fuego por el culo), Fantasma (porque a la hora de saldar una cuenta no se lo veía) y Duende (porque en realidad no era más que un alma en pena).

Tanto para evitar el oprobio a su familia como para desorientar a los acreedores, comenzó a ocultarse tras el alias de Martín Aon; hecho corroborado por las múltiples entradas que se aprecian en las libretas del carnicero y del dueño del bar.

2. EL CÓDIGO OBJETO DE LA PRESENTE.


A ciencia cierta pudo determinarse que el muy hijo de puta escribió su propia versión de las Sagradas escrituras.

Tamaño sacrilegio sólo se ve opacado por la segunda de sus hazañitas: en estos evangelios falsificados el propio martín se sitúa como protagonistas principal, en uno de sus gestos egocéntricos más destacados.

Así como Don Verídico en su época de gloria, o Manuel Mandeb en la plenitud de sus facultades, Aon pretendió – pero mediante literatura de dos pesos- ser el cronista de su era.
Este gesto altruista, este noble propósito narrativo sólo escondió el oscuro afán de perpetuarse indecorosamente como el objeto de adoración de un nuevo culto creado por su mente afiebrada en colaboración con su alma ruin.

Hay quien jura que a estos efectos dejó registrados un puñado de libelos infamantes plagados de textos autoreferenciales, con elogios a sus propias y dudosas virtudes.

Los folletines en los que se sentaban las bases de su nueva pseudo doctrina abundaban en citas vanidosas, extendiéndose en una hartura de oraciones trilladas en las que se dedicaba a endiosarse sin ningún pudor.

Aparentemente Aon fue un fanático acérrimo de la tecnología y el ocio; y se dice que para editar su Biblia eligió el ingenioso eslogan “Una imagen vale más que mil palabras” y por lo tanto su pasquín –con contenido de alto voltaje erótico- ilustraba las enseñanzas del culto mediante fotografías que pretendías iluminar a las masas hambrientas de pan espiritual.

Sus detractores en cambio, señalan que las láminas servían al único propósito de ahorrarle trabajo a su pluma miserable.

Este mezquino infame –dándose aires de misterioso- ventiló sus ignominiosas revistuchas bajo el nombre de El Código de Aon.

Se rumorea que el Código… establecía que sus feligreses debían adorarlo bajo la advocación de Capo, Chiquitodopoderoso o Tongochudo indistintamente.

Presuntamente el compendio detallaba una serie de normas heréticas que tenían por único objeto el de divinizar a su autor.

No existen pruebas que respalden la existencia de mensajes encriptados en los escritos blasfemos, por el contrario las evidencias indican que el autor bautizó de esa manera su afrentoso álbum en un ataque de envidia hacia su contemporáneo Dan Brown, quién sí obtuvo algún rédito monetario con su libro El Código Da Vinci (rédito que no le alcanzó para ganarse el respeto de su época, ni de otras).

Para beneficio de los incautos y para desgracia de esta investigación, los manuscritos originales de Aon –el Mesías Adulterado- fueron concienzudamente quemados en un acto público por un grupo de ex novias en un ataque de despecho y justicia.

Una minuciosa criba por varias bibliotecas de papel impreso que aun sobreviven nos permitió obtener algunas copias de unos escasos fragmentos de El Código…, que escaparon a la pira.
Dicha documentación es adjuntada en el…

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NOTA: El informe finaliza abruptamente acá, sin que la documentación haya aparecido jamás.
En el fondo del sobre lacrado, en el que llegó el informe firmado por Gustavo Lapolla III, encontramos un diminuto fragmento de un Perito Grafólogo que presuntamente analizaba una esquela escrita por Aon a su hermano, el único que siguió tratándolo con los años. Transcribimos la conclusión:

“…Asimismo, el uso de la sangría en la primera línea del párrafo denota una frialdad exasperante, puesto que utiliza el formato de una carta comercial para vincularse con sus familiares. Respecto a la repetición del trazo que sobresale en la base de las letras D mayúsculas (línea de fuga hacia la izquierda), su constante aparición nos permite aseverar que el autor del texto fue un individuo con tendencia a las personalidades múltiples, al abuso de poder, a la manipulación, a la ingesta desmedida se salamín picado fino y a la flatulencia traicionera…”

CONCEPTO DFyD

BIOGRAFÍA DE MARTÍN AON

"Soy inoportuno e intangible como un fantasma;
poco comprador e inconstante comoun duende venido a menos;
literalmente fantástico,como un dragón en desgracia."
Martín Aon


Algunas personas malintencionadas osan creer que empezó escribiendo machetes en la escuela. No obstante, al repasar un poco su historia comprobaremos que no fue exactamente así.

Nació en la ciudad de Mar del Plata, cuando en Argentina agonizaba el mes de mayo de 1976. Hay que aclarar, sin embargo, que durante esa vigilia no hubo estrellas que indicaran un pesebre, como él supone y pregona.

Martín Aon perfiló desde niño como alguien destinado a tener una existencia bastante peculiar: cuando a los cuatro años de edad creyó que su vida carecería de sentido si no corría tras los pasos (las gateadas, mejor dicho) de una vecina un tanto menor que él, sus padres supieron que se hallaban en presencia de un singular y precoz problema.

Un fugaz repaso de su niñez nos permite descubrir su prematuro carisma convocante. No era extraño verlo rodeado de compañeros y maestros: unos, para golpearlo sin reparos mientras lo persuadían para que devolviera los útiles escolares de los que, risueñamente, se había apoderado; otros, para rescatarlo de las garras de los niños justicieros por mano propia. Con el carácter templado que los años de docencia proporcionan, el pequeño Aon era tomado por sus orejas y arrastrado hasta la oficina de la directora, sitio en el que permanecía casi más tiempo que en su propia aula.

Allí, de pie, mirando fijo la unión de las dos paredes formando el rincón, en su espíritu comenzó a despertar su apetito de escritor. Y no tardó demasiado en manifestarlo, pues a los pocos días la escuela amaneció con todas las paredes escritas, cual páginas apócrifas, con pintura en aerosol de color azul. Las inscripciones se referían tanto a los compañeros "Alcahuetes", como a las docentes "Gordas y bigotudas". Tal vez por la forma de adjetivar, por la delicada prosa o porque no resistió la tentación y firmó los mensajes con su nombre, poco demoraron en descubrir al autor de las leyendas.

En el interrogatorio, el niño arguyó haber estado inspirado y prometió que -si lo dejaban- la segunda entrega sería sublime. Pero el consejo escolar, la asociación cooperadora y una nota del ministerio de educación de la provincia de Buenos Aires, no perdonaron la expresión artística y condenaron al pequeño talentoso a un intenso tratamiento psiquiátrico y, posteriormente, a permanecer en carácter de pupilo en un reformatorio juvenil (lugar de donde se fugó sin ejercer la menor melancolía, no sin antes autografiar la celda de castigo con tinta de su propia producción).

De su adolescencia son pocos los datos que poseemos. Sabemos, sin embargo, que fue un precursor en el juego del teto, y que asistió a diversos talleres literarios de donde se llevó, no sólo un buen recuerdo, sino también varios manuscritos ajenos. Otro dato de esa época es que por ser un joven muy sensible cayó en las redes del amor rápidamente.

Supo enamorarse hasta de tres mujeres al mismo tiempo; circunstancia que no le impidió en absoluto comprometerse casi simultáneamente con todas.

Aquí aparece otra vez su roce con las letras: Se dice que les escribía cartas de amor. Luego, por falta de tiempo o de ideas, comenzó a redactar una sola misiva, encabezándola "Amor mío" y fotocopiándola sin cargo en el quiosco de un amigo. Satisfacía así, su triple demanda amorosa y epistolar.

Con el objetivo de enriquecer estos datos, fuimos a consultar a esta terna femenina. El resultado arrojó, una vez más, pruebas irrefutables acerca de la diversidad humana a la hora de las definiciones: "Cretino", escupió una; "Inescrupuloso", soltó la segunda; "Promiscuo", lloró la tercera.

Entendiendo que el despecho corroe cualquier intento de objetividad, es que preferimos pasar por alto a sus antiguos amores y salimos en busca de testimonios más veraces, como el de sus hermanos y hermanas.

Sus cercanos sanguíneos se mostraron displicentes y sólo aportaron cuatro palabras pentasílabas: "Insoportable, degenerado, impertinente e irredimible".

A decir verdad, estas palabras tampoco deben tomarse en serio, pues están cargadas de rencor debido a que, por un hecho que hasta hoy permanece en la oscuridad, es creencia familiar que el joven autor hipotecó la casa de sus padres y no impidió que las fuerzas legales la remataran. Esto nunca ha sido comprobado hasta la fecha, así que la calificación maternal de "Canalla, infame y usurero" es apresurada y tal vez injusta.

Recogimos de su barrio algunos testimonios de vecinos y ex amigos. Palabras más, palabras menos, todos dibujaban el mismo erróneo perfil: "Egocéntrico, altanero, pedante y soberbio". Un hecho ocurrido hace mucho tiempo desmiente categóricamente esta blasfemia. Dando muestras más que suficientes de su humildad, y reconociendo sus limitaciones, en una confesión pública exclamó que él no había nacido con los dotes y la capacidad necesaria para trabajar, por lo que se abstendría de ahí en más de cualquier intento al respecto. Llovieron, por parte de los intolerables de siempre, toda clase de calificativos del tipo: "Gusano, vago, larva, etc.". Fue por eso, y porque lo echaron a patadas, que emigró buscando nuevos horizontes.

Se dice también, que estuvo distintos calabozos por culpa de impacientes maridos que, dominados por los celos, lo acusaron de haber seducido y engañado a sus esposas al solo efecto de hacerse mantener. Se cree también, que sus textos son hijos de largas noches de vigilia en dichas celdas, cuando debió permanecer despierto, ya que algunos compañeros no soportaron sus bromas y deseaban nocturnas venganzas (otros creen, simplemente, que sus obras fueron concebidas gracias al saqueo llano y directo).

Una de las últimas veces que fue entrevistado, comentó que se encontraba dedicado al séptimo arte, y contó que mientras la mujer con la que estaba viviendo trabajaba, él se quedaba en su casa viendo películas para tratar de inspirarse. Se supo que al tiempo fue exonerado por dicha dama.

Afuera de estas líneas quedan sus épocas de monaguillo y sus intentos infructuosos por ingresar al seminario, así como tampoco mencionaremos el revuelo que se armó en torno a un artículo publicado con su firma (Titulado "Agachate que te exorcizo") en la gacetilla oficial del obispado, y que le costó la excomunión. Tampoco aludiremos a sus dotes como jugador de Truco y Tute Cabrero, ni a sus naturales habilidades como jugador de dardos por dinero.

La policía parece estar muy interesada en su búsqueda, porque un sub-comisario halló una nota en su mesa de luz, dirigida a su esposa y firmada por un tal "Aon", y le urge encontrarlo.
Las noticias más recientes que poseemos acerca de su paradero, dicen que reside alternativamente en dos ciudades. Pero es casi un secreto a voces que se encuentra recluido en el sur del país preparando la obra que -asegura- ha de instalarlo para siempre en las grandes bibliotecas (?), y (como él ya adelantó) se titulará: "Más que resucitar, prefiero que no me claven".

No obstante el justo mote con el que más se lo conoce (el peor de todos) nosotros también lo buscamos y esperamos. Nos asiste la esperanza de volver a verlo, la sospecha de que sigue escribiendo y la insobornable valentía de no creer en todo lo que de él se dice y publica por ahí."
CONCEPTO DFyD

LA VERDAD SOBRE EL CONCEPTO DFyD



Es tiempo ya de aclarar algunas cosas acerca del Concepto DFyD.

- No es verdad que el Señor Alejo Salem y quién esto firma hayamos renunciado al Concepto DFyD, y mucho menos por presiones del Comando Mocho (no nos hacen ni cosquillas).
- No es verdad que vivamos ebrios y que seamos ateos (anoche fuimos a una misa y no probamos el moscato. Además, sabemos que vivimos de milagro).
- No es verdad lo del estupro (nunca se probó nada).
- Y, fundamentalmente, no es verdad que la agencia de detectives del Concepto DFyD, que junto a Salem dirigíamos con maestría, haya fracasado por nuestra culpa. Lo que sucedió, cabe aclararlo, es entera responsabilidad del Comando Mocho. Me permito a continuación contar la historia de Los Silenciosos, tal cual la conté durante el juicio, no sin lograr el bostezo unánime.


Los silenciosos

Contratamos al Comando Mocho porque nos extorsionaron. Uno de ellos, Carmelo Capazzo, se enteró por su tío – que en esa época era policía- los detalles de una importante investigación. Durante un asado familiar el tío le narró a Capazzo, mientras éste le llenaba la copa una y otra vez, que estaban cerca de atrapar en esta misma ciudad a “Los silenciosos”, la conocida banda delictiva que se caracterizaba por perpetrar sus robos a bancos sin decir una sola palabra. La policía creía que el silencio era porque se trataba de una banda formada por ex empleados bancarios de distintas sucursales que para no ser reconocidos por sus otrora compañeros, durante los asaltos se cubrían el rostro y no emitían sonido alguno.

Ahí, según el propio Carmelo Capazzo, que siempre había querido ser policía –y héroe -, tuvo “una corazonada”. El tío no aportó más datos debido a que se desplomó en la punta de la mesa y pasó el resto de la tarde durmiendo en el piso.

Capazzo contactó a Ezequiel Guernica y juntos vinieron a extorsionarnos. Para realizar su investigación necesitaban estar en una agencia legal. Como expuse durante una de las audiencias, la nuestra era perfectamente legal (gentileza del ex diputado Eliseo Aon) aunque jamás resolvimos un solo caso particular (el del marido despechado tuvo un final incierto –cobramos el total de los haberes presupuestados, si- porque la mujer tenía una gemela y nunca pudimos determinar, por más que nos involucramos alternativa y simultáneamente, cuál de las dos era la adúltera esposa).

Lo cierto es que a fuerza de amenazas de publicación de fotos y videos, accedimos a incorporarlos a la agencia. Pedimos los negativos y las grabaciones a cambio y algo más: una garantía, un seguro. Capazzo estaba tan entusiasmado en resolver el caso y convertirse en uno de esos detectives de película que ofreció entregarnos la escritura del departamento que heredó de su abuelo. Nos dio no sé que decirle que no, Su Señoría; lo vimos con tanto fervor…

Firmados los papeles correspondientes, nuestros ahora empleados empezaron a trabajar. Compraron pipas, sombreros y lupas y de dispusieron a seguir “la pista más sólida”, que según ellos y sus corazonadas, no era la que la policía investigaba hacía meses. Capazzo sostenía que se trataba de un grupo muy particular que él mismo conocía desde la infancia.

Durante siete semanas montaron guardias, siguieron personas, interrogaron a comerciantes e integraron larguísimas colas en distintos bancos sin lograr el más mínimo avance.
-¡Objeción! –gritó Capazzo en el juicio, queriendo aclarar que al menos había logrado cierta simpatía con una cajera que le tramitó una tarjeta de débito, pero el Juez le ordenó silencio y me invitó a seguir con mi testimonio.

Una noche, mientras con Salem jugábamos a los dardos en la oficina, entraron a la carrera Guernica y Capazzo –yo acababa de hacer un centro de colección que Salem juró no haber visto-. Entre jadeos, nos contaron que tenían identificada a la banda y el lugar en donde se reunían. Según ellos, el “aguantadero” se trataba de una casona vieja frente al mar, cerca del centro de la ciudad. En un acto de osadía que nos sorprendió, Guernica dijo que había vendido el auto de su padre para comprar un sistema de micrófonos inalámbricos que instaló en dicha casona cuando, luego de horas de guardia, vieron salir a todos los sospechosos (luego Capazzo aclararía que los siguió hasta que entraron en un local de venta de productos de cotillón). Supimos también que Capazzo le informó a su tío sobre el hallazgo y las “contundentes horas de grabación de audio” que “no dejaban ninguna duda”.

Es verdad que al día siguiente nos fuimos de vacaciones con Salem, pero eso responde a que estábamos agotados de tanta actividad y queríamos cambiar un poco de aire para poder escribir en paz. Antes de tomar el avión, despedimos vía telegrama a Capazzo y a Guernica de la agencia porque nunca nos cayeron bien.

El resto, Señor Juez, nos lo enteramos ya en nuestro lugar de descanso y es historia conocida por la opinión pública: El tío de Capazzo, que peleaba por un ascenso y creyó que con este caso lo lograría, movilizó a todas las fuerzas de seguridad nacional, hubo un operativo pocas veces visto en nuestro país, que incluía dos lanchas para impedir la fuga marítima y un helicóptero sobrevolando el lugar, además de los 300 hombres especializados. Armas, chalecos antibalas, gases lacrimógenos, altavoces, transmisión en directo por los principales canales de noticias (los convocó Capazzo)… y el increíble desenlace.

Por último, si se me permite, quisiera decir que a lo mejor deberían haber analizado las pruebas con las que Capazzo alentó a su tío. Porque quién le saca el mal momento pasado a esos chicos sordomudos que estaban festejando en la casona el cumpleaños de uno de ellos, y que fueron bochornosamente arrestados. Cómo van a tomar como prueba una grabación en la que sólo se oyen aplausos, y que Capazzo supuso por ello que festejaban el éxito de un nuevo golpe dado.

Por cierto, el día en que en esta ciudad se llevó a cabo el impresionante operativo, en la capital se produjo, a la misma hora, el mayor robo a un banco de la historia de nuestro país.