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domingo

PALABRAS SECAS, SILENCIOS HÚMEDOS


A ninguno de los tres se nos ocurría nada realmente trascendente. Nos habíamos propuesto realizar actos que valieran la pena, que nos prolonguen un poco la vida, al menos en el recuerdo (ya que, después de noches y noches de debates infructuosos, terminamos por aceptar nuestra irrevocable mortalidad).

Esa tarde yo sugerí -sin énfasis- festejarle el cumpleaños a Franela, el cuida coches de la calle 25 de Mayo, que tanto nos hacía reír con sus chistes sobre los políticos cada vez que íbamos a buscar al Negro a la Biblioteca, ese extraño templo de libros y silencio en el que nuestro ilustre amigo trabajaba (sacando fotocopias).

Mientras tomábamos nuestro café de los viernes, Franco propuso hacer explotar una de las manzanas que está frente a la plaza Colón. El objetivo no era el de recuperar un espacio verde y hacer un paseo, como en la manzana 115, sino el de vengarse de una mujer (la Rusita) que lo abandonó, 10 años atrás, en pleno viaje de egresados. En verdad Franco dudaba si ella aún vivía ahí, pero nos explicó que se podría hacer un derribamiento preventivo...

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lunes

PEQUEÑOS ACTOS PARA MORIR UN POCO MENOS


“…escribo para morir un poco menos,
para fijar residencia en el recuerdo.”
Julio Alfonso
EL ALMANAQUE


La tarde fresca, amnistía concedida por el día después de una
mañana nublada y pegajosa, nos encontró intentando prorrogarnos en un bar.

“Hagamos algo que valga la pena, algo que justifique las horas invertidas hasta acá. No puede ser que se nos pase el tiempo y no encontremos la manera de no morir”, dijo repentinamente el Negro, interrumpiendo una discusión futbolera. Lo miramos y al instante entendimos que hablaba en serio.

- Si… bueno, pero ¿qué puede ser? -indagó Franco, con el anhelo de una respuesta con rumor a trascendencia. El mozo nos destapó una nueva cerveza y se retiró.

- Miren para allá -invitó el Negro, señalando la ventana del café.

Nuestras cabezas y cuerpos (en ese orden) giraron en la dirección que la mano indicaba, buscando el habitual encuentro con el contorno de alguna mujer de esas que solían pasar por la vereda de Irigoyen.

- ¿Cuál? – pregunté, porque no me decidía entre la pelirroja con tacos (una piromaniaca) y la morocha que venía de frente, a la que sólo le faltaba un cartel que invitara a cercenarla.

- Allá, en la plaza, cruzando Mitre.

- Yo no veo nada más que gente y un carro pochoclero– dijo Franco y se acomodó en la silla.

Como yo tampoco veía (salvo esas mujeres) otra cosa que valiera la pena la estirada de cuello, preferí ahorrarme el azufre y me senté. El Negro se quedó mirando y no movió la cabeza ni cuando se le volcó el chop de cerveza sobre mis notas y borradores.

-¿Qué hay detrás del carro de pochoclos? –preguntó en un murmullo el Negro, tal vez tratando de hacernos arribar a su idea. Creí que se refería a una historia oculta del señor del carrito, misteriosamente vestido de blanco.

-¿Lo conocés de algún lado? – arriesgué evitando una broma fácil, por si acaso se trataba de algún actor en desgracia, un ex jugador de fútbol o un escritor venido a menos que él admiraba.

- No, no. Miren bien: está el pochoclero, el cartel que prohíbe las bicicletas, atrás hay un árbol, un farol y…

- Un banco de cemento– completó de memoria Franco.

- ¿No son de madera esos banquitos? – traté de recordar, gobernado por la holgazanería que me impedía volver a levantarme para mirar.

- No importa el material. Lo que importa es que ese banco es uno de los Bancos del Tiempo; enfrente está el otro.

-Habría que pedirles un crédito – dijo Franco, en un buen arranque.

Yo me reí. El Negro seguía en lo suyo.

- Bueno, entre esos dos bancos está el almanaque municipal, justo frente a la puerta principal de la Catedral.

- ¿Almanaque municipal? –pregunté desorientado.

- No parecés marplatense. – afirmó el Negro, y siguió – Fijate que en la plaza, entre los dos bancos hay una loma grande rodeada de flores. Los empleados municipales escriben ahí diariamente la fecha, con mes y año, usando unos moldes de hierro que rellenan con piedras de color. Con la Flaca nos sacábamos una foto ahí cada vez que cumplíamos un nuevo mes de noviazgo, todos los días seis… todavía tengo las fotos guardadas…

Creímos que el Negro seguiría hablando, pero el recuerdo de su ex novia, (ese final extraño) lo dejó silente.

- Si vos querés – habló Franco, entendiendo que el Negro quería hacer algo con ese impune calendario a la intemperie-, agarramos un par de palas y tapamos el almanaque con tierra, o, mejor, podemos tirarle arriba el Citröen que tengo en el fondo de la casa de mi vieja, que ya lo tuve dos meses en la vereda y nadie se lo quiso llevar. Se lo plantamos ahí…

- No creo que eso justifique nuestras horas
– interrumpí- pero no estaría mal.

Por fin el Negro sonrió, asintiendo.

Una nueva cerveza nos acompañó mientras planeamos los pasos a seguir. El Negro sabía, por su prima que trabajaba en la municipalidad, que una cuadrilla de empleados cambiaba la fecha del almanaque a la medianoche, todos los días. Él proponía que hiciéramos el trabajo a eso de las tres de la mañana. A mi me parecía mejor hacerlo ya cerca de la mañana, para tener un poco más de público. A Franco le gustó mi propuesta, y la enriqueció diciendo que a esa hora nos podría ver el hasta el Obispo.

- Amén – dijimos a coro.

Pedimos una pizza cuando ya estaba todo organizado. Lo haríamos el viernes 20 de agosto, a las cinco de la mañana (faltaba una semana). La noche anterior Franco iba a traer al centro el Citröen a tiro con su Falcon y buscaría un lugar cercano para dejarlo estacionado hasta el día siguiente. Se nos ocurrió que no estaba de más coronar el acto prendiendo fuego la goma espuma de los asientos del cacharro.

El Negro comió una porción, escupió el carozo de una aceituna en el cenicero y se fue.

- Yo también me voy – me dijo Franco mirando su reloj- ahora a las doce repiten el partido del Barcelona.

- Esperame que termino la pizza; necesito que me acompañes – dije súbitamente.

- ¿A dónde?

- Vos aguantame un toque - le pedí, mientas el mozo traía la cuenta.

Caminamos en silencio por San Martín hacia la catedral. Estaba helando. Nos sentamos en uno de los bancos del tiempo (en el otro dormía un linyera, tapado con un cartón, y al lado un perro junto a una caja de vino volcada).

- ¿Y, qué querés?

- Ahí están –señalé a un grupo de hombres, todos vestidos con ropa de grafa, que venían caminando; uno traía una carretilla llena de cosas que de lejos no alcancé a distinguir. Los miramos mientras cambiaban la fecha. En la carretilla, que ahora estaba delante mío, había (además de un equipo completo de mate, que fue lo primero que desenfundaron) moldes de hierro, que dibujaban las distintas letras y números. Reemplazaron los moldes del viernes con los del sábado (pero sin acento), y luego cambiaron el número tres por el cuatro, decretando el comienzo de un inapelable 14 de agosto. En menos de cinco minutos se retiraron hacia la diagonal Pueyrredón, en donde siguieron tomando mate, ya apostados en un cantero.

- Che, no lo noté bien al Negro… - dijo Franco, preocupado- ¿me trajiste acá por eso?.

El linyera se incorporó de pronto, miró las pequeñas estatuas que custodian el almanaque (dos desarraigados leones), insultó entre dientes a la fauna, al gobierno, y se volvió a acostar, en un acto de protesta más breve que efectivo. Retomé la conversación.

- Si, es por eso. Se me ocurrió hacer un pequeño cambio de plan y necesito contar con vos.
Mi amigo me miraba mientras se frotaba las manos tratando de calentarlas. Escuchó con atención mi idea. No sólo le gustó, sino que inmediatamente me recordó que su tío tenía aún la herrería en la calle Necochea, lo que favorecía tanto a la parte metalúrgica como a la de la indumentaria. Antes de despedirnos coincidimos en que el Citröen debería estar estacionado sobre la calle Mitre, bien cerca de Luro, y en que yo me encargaría de hacer los llamados telefónicos.

Mientras me alejaba, escuché a Franco que me gritaba: “si ésta nos sale, escribila”.

La semana se arrastró demasiado lenta sobre las horas de los días.

Pasé por la herrería el lunes, y llamé por teléfono la noche del martes. Volví a llamar el miércoles para confirmar. También hablé con el Negro y le conté una parte de las novedades. Recién ahí me comuniqué con Franco para ultimar nuestros detalles; él pasaría por lo de su tío a cargar en el auto lo que faltaba. Sólo nos quedó reptar hasta el viernes.

El dolor de estómago -termómetro inequívoco de mi sistema nervioso- se me pasó cuando, al bajar del colectivo (viaje interminable, asiento de plástico) vi que el Citröen estaba estacionado en donde habíamos acordado. Me acerqué un poco al auto y sonreí al notar que tenía una tarjeta del estacionamiento medido pegada al parabrisas. “Está en todos los detalles” pensé, dirigiéndome hacia el Falcon, que estaba ocupando el lugar del carro pochoclero (hasta la tarde no se venden pochoclos en Mar del Plata -no es una crítica, sino una vana observación), delante de la parada de taxis.

Franco se burló al verme vestido con ropa de grafa. Le comenté mi preocupación directamente proporcional a la gran cantidad de gente en la zona. Él miró su reloj y el de la catedral. Faltaban diez minutos para el mediodía del viernes 20 de agosto.

- Lo hacemos ahora o nunca – dijo, citando el trillado mantra que nos acompañó en toda nuestra adolescencia.

- Pato o gallareta – repuse, dando la señal de comienzo (y empeorando la originalidad).
Tal vez para no ayunar de extravagancias, Franco encendió un habano, me guiñó un ojo y se fue caminando hacia el Citröen.

Del Falcon saqué una pala chica de metal y el molde del número.

Nervioso, sin mirar alrededor fui hasta el almanaque y empecé. El trabajo no resultó tan fácil como lo había visto hacer por la cuadrilla municipal (¿me faltaría el mate?). Los números pesaban mucho. Una señora quiso hablarme cuando yo estaba luchando con el dos, pero unos gritos la interrumpieron.

- ¡Fuego! ¡fuego…! – gritó también la mujer.

El humo llegó hasta mí. El número dos por fin se desplazó hacia arriba. Lo saqué. La gente trataba de acercarse al auto que ardía, lo que me permitió correr con menos nervios el cero hacia la izquierda. El sonido lejano de una sirena se mezcló con el ruido general (y con el humo). Calcé nuestro dígito metálico sin problemas, aunque noté que era un poco más chico que el otro. Fui rellenando los alrededores con las piedritas originales. La sirena se hacía cada vez más cercana.

Mientras cargaba el dos en el Falcon vi pasar, en contramano por Mitre, un auto de la policía. Cerré el baúl del coche y troté disimulando hasta la catedral, en donde me esperaba Franco.
Nos asomamos apenas desde adentro del templo. El Negro estaba ahí parado, mirando hacia todos lados, frente al almanaque, sin entender lo que sucedía pero cumpliendo lo que yo le pedí por teléfono.

Por el lado de la fuente vimos venir caminado (con la puntualidad de la muerte) a la Flaca, que llegó hasta el Negro.

Mientras las campanas de la catedral anunciaban la mitad del día, mi amigo me pedía que le cuente qué le había dicho a la Flaca cuando la llamé. Pero yo no quería hablar. Los veía ahí, quietos, mirándose las caras, con el almanaque de fondo avisando que era el viernes seis de agosto…

- Están para la foto – dijo Franco con la voz a la mitad. Y del bolsillo sacó una cámara.


viernes

FARO DE VOZ



Ahora que el silencio aparente lo rodea, libra una muda batalla contra la invasión del sopor. Afuera llueve; adentro no, pero en la habitación hay un charco amargo, debajo de él, que ya ha recorrido su cuerpo, desbarrancándose.

La luz ingresa por la ventana, cuyas cortinas han encontrado hace tiempo reposo en el piso. La visión es tan difusa como la decisión a tomar, como la línea de llegada (o de partida), o como el recuerdo del beso impersonal que recibió horas antes.

No hay explicaciones posibles. No hay excusas. La culpa compartida es una idiotez inventada por los libros, o por los cobardes que jamás se atrevieron a admitir que la imbecilidad es divisible solamente por uno.

Está solo y sabe que ha llegado la hora de optar. Con las manos mojadas intenta en vano tapar sus oídos. Lo que repentinamente interrumpe el silencio no proviene desde afuera de su humanidad.

Andate refutando esa quietud que te describe;
demostrando que no hay pereza que aluda a tu destino;
que tu fortuna es estática pero no está cerca;
que contra tu voluntad móvil no hay raíz que se empecine...


La confirmación de que su elección es en sí un acto denodado, necesita llegar de la mano de una acción similar inmediata.

Fluctúa.

El camino a seguir es incierto, pero la obligación es apremiante, y no menos cierta. Piensa que no le hará falta ni brújula ni equipaje; alcanza con un poco de fe en la sombra de una actitud, o con la suela de una duda convertida en certeza a los golpes.

Lejos de ese momento quedaron sus planes iniciales, orientados a sus sueños. Lejos, quién sabe cómo, tal vez vuelva a soñar.

Recuerda las burlas reiteradas que recibió en cada oportunidad en la que falló. El triunfo –le decían, mofándose- es para los que lo merecen. Pero él sabía que se podría ganar incluso de formas insospechadas, y que no estaría derrotado por completo sino hasta que muriera (aunque también se muere, a veces, de formas insospechadas).

La tormenta se hace cada vez más intensa; la urgencia y esos dictámenes, también.

Andate siguiendo el borroneado mapa sin cruz;
buscando ficticios tesoros insepultos;
hallando cofres vacíos en la superficie de tu propio desdén.
Andate si acreditan tus logros sólo a la demora del fracaso.

Admite que hace tiempo que no logra enderezar su suerte, aunque cree (o creía) que tampoco es para tanto. Si bien se está acalambrando de andar mal, confía en lo efímero de ese estado, y se niega a aceptar –como le han dicho- que su vida es una perpetua ruina. Sin embargo, su vanidad no le permite evitar un pensamiento: ¡cuánto van a lamentarse cuando él ya no esté!.

Desde chico se convenció que su ausencia sería la desdicha de todos los que conocía. Siempre creyó (aunque nunca lo dijo abiertamente) ser el centro de atención. Y en verdad que por momentos lo fue, aunque no en todos los casos por motivos agradables.

Supone que pensar eso, ahora, responde a que su sistema de defensa está aplicando una estrategia para recuperar un poco de su amor propio, indignamente expropiado. A ese método de resguardo también atribuye las órdenes que empiezan a sonar en su cabeza, para darle un cartel de imprescindible.

Andate, así suspiran aliviados los maridos;
sollozan en secretos las esposas;
maldicen en silencio las amantes;
se aburren y fabulan los porteros...


Un relámpago saca una instantánea que le demora el latido correspondiente a ese momento. Una picazón fría le eriza la espalda cuando el rayo por fin se incrusta en alguna iglesia o edificio de la zona. Sonríe levemente al pensar que quizás el destino ahora quiso tomarle una fotografía a él, a su marioneta (la sonrisa es porque siempre afirmó que lo único que el destino se proponía era matarlo, y que lo manejaría hasta lograrlo).

En el aire flota una densa nube que emana un aroma que le recuerda su infancia, cuando se cortaba la luz por algún cortocircuito, dejando durante varios días ese atípico perfume eléctrico.

Las palabras, de pronto, lo arrancan del pasado y lo traen en el tiempo; arremeten sucediéndose dentro de él, ingobernables y sonoras, nítidas.

Andate a decapitar títeres, sabiendo:
que el retorno será una gran parodia;
que el destino es un invento;
que su inventor no volvió...


Ahora, afuera llueve en hebras austeras, que se pegan contra el sucio vidrio de la ventana. Enciende el último cigarrillo que queda en el atado. Paladea el humo y sus momentos finales en esa habitación; camina por ella. Cavila por Ella.

Una idea irrumpe desde su lado más salvaje, pero la descarta. Prefiere, en ese orden de pensamientos bárbaros, culminar su estadía con una fogata de recuerdos en la cama, y que el viento termine el trabajo con el resto de la casa, de las casas vecinas, con el mundo entero.

Como siempre, su parte aplomada prevalece por sobre cualquier reflejo primitivo, y decide que el mejor mensaje de dignidad es también una retirada sin reproches ni fuegos artificiales.

Mira por la ventana, tratando de adivinar su norte. Algunas lágrimas quieren ir a encontrarse con las gotas que se arrastran del otro lado del vidrio. Tiene miedo, pero con un ademán desempaña su costado impertérrito, cuando luego de dudar vuelve a escuchar el eco que repite:

Andate y no te detengas a confirmar tu sombra,
ni te demores alineando tus velas hacia las ráfagas
(hace mucho que la tierra no es plana,
y después de algunas curvas la vida te pisará los talones).


En un modesto alarde final, deja sobre la mesa el encendedor que recibió como regalo en su cumpleaños pasado, y las llaves.

No deja, sin embargo, nota de despedida, ni masculla insultos de ninguna índole; ni siquiera siente deseos de reciprocidad. Saber perder, al fin y al cabo, es una dolorosa manera de anotarse un punto (tal vez el del honor) en el vapuleado tanteador de su dignidad.

Se coloca el impermeable para encarar la suave lluvia que ahora cae tamizada. Empieza a oír un leve murmullo. Es la hora.

Unas pocas lágrimas intentan emigrar antes que él. Las deja salir libremente, sabiendo que además de orgullosas, son impacientes.

Durante unos segundos se queda en el umbral, pensando en que el camino será indefinidamente extenso y desconocido. Un viaje en el que sólo cuenta consigo. Una peregrinación sin vuelta con pasteles. Un recorrido sin dispensas para el recuerdo ni la melancolía.

Cierra su campera hasta arriba, guarda las manos en los bolsillos y se larga a caminar, mientras escucha, una y otra vez, ese faro de voz que desde su interior le reza...

Andate, que yo te prometo que
la tierra jurada será la que estés pisando
cuando decidas darle fin al éxodo
al que te condenaste porque ella te dejó.


domingo

BORRA DE CAFÉ

(profunda justicia)


Supo que estaba ahí, empujado por su constante actitud clandestina, aventurera y estúpida; la misma que lo llevó a extraviarse en ese suburbio de baches volcánicos, de canteros convertidos en trincheras, de veredas bombardeadas de olvido.

Desistió, como siempre, de la prudencia. Perdió la noción del tiempo unos segundos después de haber perdido el equilibrio en el enfangado borde de un cráter. Luego:

Un pánico repentino y congelante.
La caída libre (por primera vez odió la libertad).
El vacío llenándose de él.
El impacto contra el fondo pantanoso (aunque suficientemente duro).
Y el tiempo transcurrido (indeterminado o muerto o similar).


Lucharon por salir del fondo de su ser, hasta que lentamente emergieron: al principio fue un sonido, un sabor, un aroma; después fueron recuerdos un tanto borroneados. Así despertó. Poco a poco fue recuperando el entendimiento; sintiendo como el dolor le recorría el anverso y el reverso de su organismo inmóvil y húmedo.

Un fallido y doloroso intento alcanzó para que entendiera que su cuerpo era incapaz de acatar cualquier orden de movimiento: se negaba a desobedecer su propia quietud.
Desconocía cuánto tiempo llevaba allí (con la espalda contra el barro, con las piernas juntas y rectas, y con los brazos abiertos y entumecidos), y hasta cuándo estaría.

La ovalada excavación, de cielo raso ambulante, triplicaría su altura -estimó-, si estuviera parado. En cuanto al ancho, ni se molestó en calcularlo, al notar que las paredes estaban fuera del alcance de sus extremidades.

Perdido por perdido, y por imbécil, pensó.

Impulsado por el miedo no tardó en ensayar un grito de auxilio, para mancillar el desesperante silencio, pero el dolor tirano que le comprimía el pecho apenas si dejó salir un lamento balbuceado. Previo al segundo intento, recordó que estaba en un lugar deshabitado; en las ruinas de lo que debió ser un poblado con intenciones rumbosas, antes de que la devastación ocurriera.
Su instinto por seguir sucediendo lo llevó a extremar sus esfuerzos por ponerse en pie, y alcanzar la cima de la sima, antes de quedar formando parte de la borra de café de ese gigante y helado pocillo incrustado en la tierra.

Logró despegar la nuca de la ciénaga un instante (en el que sintió más frío aun), pero volvió a dar contra el fondo; del mismo modo en que tantas cabezas se habían estrellado contra el piso, merced a su violencia y su impunidad para ejercerla. Recordar esas conductas le adelgazó la esperanza, empalideciendo su espíritu.

Ahí, a cinco o seis metros de la vida, comenzó a sentir que ésta se le escapaba inexorablemente. Languideció ante esa certeza sin edulcorante ni anestesia.

Con los bolsillos vacíos (y los intestinos llenos de miedo), inició un desolado y cavernoso llanto, un lúgubre quejido, pero en silencio; porque sabía mejor que nadie que la vileza y la ruindad se pagaban en vida y de contado.

Se temió encima. Su propio caldo para revolverse era, en este caso, el sedimento del que ya formaba parte.

Llegó, entonces, el frío sedante. Vio el anochecer de su existencia. Luego:

Las retinas opacas (vitrificadas).
Un grito seco (un epitafio).
Una frase para adentro (una plegaria). Y su cuerpo enmohecido (y en cruz) ofrendándose a la oscuridad de esa tumba acorde al tamaño de sus culpas.

ANILLOS DE HUMO

ANILLOS DE HUMO


Bajó la ventanilla, dio la última pitada, arrojó la colilla afuera y subió el volumen del estéreo porque estaba sonando su tema predilecto y deseaba cantarlo con énfasis. Sacudía su cabeza hacia adelante y hacia atrás, siguiendo el ritmo, mientras se dirigía a buscar a sus amigos para ir a jugar al fútbol al club de siempre. Desde hacía unos cuantos meses se juntaban todos los días martes con la excusa de hacer un poco de deporte.

Faltando quince minutos para que terminara el partido tuvo que salir de la cancha porque le faltaba el aire y había comenzado a ahogarse. Más tarde, cuando en el vestuario sus compañeros de equipo le hicieran bromas diciéndole que así no llegaría a su cumpleaños número treinta, para el que sólo faltaban dos semanas, Camilo repitió la misma frase de siempre:
-Voy a dejar de fumar el día que encuentre al amor de mi vida. Es una promesa y así será- decía convencido y encendía un nuevo cigarrillo al que miraba fijo, como amenazándolo.


Sus amigos, pese a notar que el tabaco le estaba haciendo mal a su salud, le respetaban esa idea pues ya conocían cómo le funcionaba la voluntad en esos casos. En una ocasión había prometido que si salía victorioso de una traumática intervención quirúrgica a la que fue sometido, abandonaría por completo la ingesta de bebidas alcohólicas que por esos tiempos realizaba con vehemencia. El resultado no pudo ser mejor: la muela que le extrajeron exitosamente lo obligaba a ejercer la abstinencia etílica de manera permanente. Él había dado su palabra y por ello cumplió. Nunca más volvió a beber nada que contuviera alcohol, y, como ironía, comenzó a jugar al fútbol con una camiseta que en la espalda dejaba ver en forma ostensible el número catorce. Por todo esto es que grupo de amigos íntimamente sabía que él habría de cumplir su promesa. Para ello sólo faltaba lo que unos días después ocurrió…
Aquel domingo a la tarde Camilo salió de su casa decidido a encontrar un cenicero distinto para su colección. Uno que fuera extravagante y a la vez original. Recorrió todos los lugares de los que estaba anoticiado con idénticos resultados: tenían los mismos que él poseía. Cuando la tarde y sus ganas estaban mermando, súbitamente, recordó un lugar que días atrás le habían recomendado como el sitio adecuado para lo que pretendía.

Jamás una definición fue tan estrictamente cierta como esa.
Encontró ahí un cenicero de pie de sesenta centímetros de altura, tallado en caoba que representaba a una mujer sin rostro, desnuda con el cabello atado. De sus exagerados pechos salían dos rosas. La brillante terminación en laca le daba el toque imponente. Con ese cenicero ya se hubiera dado por satisfecho pero el destino le hizo un favor y lo dejó cruzarse con ella.
María: majestuosa. La Divinidad encarnada en el sutil contorno de un cuerpo de mujer. Perfecta, vital, joven, sensual, dolorosamente bella. Emanaba tanta paz y seguridad de sí misma que parecía capaz de calmar cualquier tempestad o de ordenarle al tiempo que se detenga o avance según su antojo.

Camilo se paralizó. Sudó. Las ideas se le amontonaron en la garganta y su corazón comenzó a latir al ritmo de su nerviosismo. Se encontraron en las miradas. Se reconocieron el uno en el otro, se necesitaron al instante. Se hacían falta por unanimidad.

La votación fue tan sencilla como directa: él propuso y votó a favor en cuatro palabras:
-Mañana a la noche- dijo con una voz que parecía de otros momentos de felicidad que, no encontró explicación lógica, aún no había vivido.
-A las nueve- sentenció ella, en una afirmación que más que a veredicto sonó a deseo.
-A las nueve - repitió él y salió del local, absorto, mirando el piso sin terminar de entender lo que le acababa de ocurrir. En las manos llevaba su extravagante cenicero.
En el auto, mientras fumaba y miraba la braza del cigarrillo, presintió que ese era uno de los últimos. Las promesas estaban hechas para cumplirlas y él, precisamente, era un promesante. Después de todo sería el mejor negocio de su vida. Recordó los calambres que de noche lo asediaban y lo mantenían despierto y dolorido hasta el alba. Sonrió al fantasear con ella como la mujer que podría salvarle la vida. Complacido, esa noche se durmió saboreando esa posible redención.

Lunes: el día acordado. La jornada transcurrió más lenta que nunca. Las nueve de la noche parecían más lejanas que la paz mundial. Pero finalmente llegaron a la misma hora de todos los días.

Entonces María y Camilo se vieron. Bebiendo agua mineral en copas azules esmeriladas, mientras resumían sus vidas en palabras simples y seductoras. Sus miradas estaban encendidas y cargadas de anhelos. Sus cuerpos se erizaban y estremecían a cada roce.

La habitación del hotel no tenía nada de especial, salvo un ramo pequeño de jazmines y sus ocupantes, que con la desesperación de dos convictos en fuga se hacían uno solo del modo más primario y elemental. Las respiraciones agitadas y exaltadas por el fulgor de la piel incinerándose, cabalgaban en perfecta sintonía, componiendo así la más armónica, intensa y excepcional melodía que a dúo, exhalaban al cielo como manifiesta expresión del amor una pasional plegaria, pidiendo la eternidad de ese preciso instante de plenitud total. Juntos crearon y habitaron su edén. Luego, temblando aun, volvieron a sus desnudos y transpirados cuerpos. El ramo de jazmines, que reposaba al lado del altar que en forma de cama había propiciado el ceremonial encuentro, aromaba sus extasiadas lágrimas.

Los dos conocían aquel proverbio que rezaba "No compartas tu almohada con quien no comparte tus sueños" y ambos lo habían padecido con anterioridad. Pero acaso ahora...

Súbitamente Camilo ya no deseó fumar. Lo asaltó la urgencia de cuidar su vida para entregársela a ella. En segundos percibió la necesidad de convertir su cuerpo en el más sagrado y puro templo para celebrarla a ella. Se juró no volver profanarse.

Más tarde, ya en su casa y mientras decretaba esa fecha como "lunes de Pascua", tiró a la basura la caja de habanos que abasteciera sus ansias nocturnas y sahumara sus ideas en esas noches insomnes en las que él fumaba en la cama con la mirada en ninguna parte, pensando en su destino.


Se levantó temprano con la convicción de no ser el mismo de siempre. Cuando iba en el auto hacia el trabajo notó que el mar reposaba de un modo peculiar, diferente y silencioso. Después se percató que las copas de los antiguos árboles que decoraban las plazas céntricas mostraban una variada gama de verdes muy vivos y notorios. Ya al atardecer, en la culminación de una jornada soleada y sin viento, contempló como nunca antes la caída del sol y la posterior coloración del cielo en tonos amarillos y rosados fundiéndose en el azul pastel predominante.

A la noche, mientras se dirigía al club a jugar al fútbol, detuvo su auto en la costanera y se puso nuevamente a contemplar el plácido mar que iba y venía sin apuro ni retraso, sin osadía ni timidez, cumpliendo con su labor sin emitir quejas. El llamado de un amigo a su teléfono celular para recordarle el partido en el club lo hizo sobresaltar y caer en la cuenta de que se había quedado hipnotizado con el ir y venir de las pequeñas olas. Manejó deprisa las cuadras que le faltaban mientras pensaba que nunca antes se había sentido así.

Sus amigos lo abrazaron al escuchar el relato sobre María y al comprobar, estupefactos, que no fumaba ni llevaba olor a tabaco consigo.

Lo habían visto tantas veces sufrir por continuos desengaños y por los inútiles esfuerzos por encontrar la persona justa para él, que por fin percibían que esta era la oportunidad para la que se había estado preparando toda su vida.

El partido, empero, debía comenzar. Dejarían para después los festejos correspondientes.

El primer gol que convirtió lo celebró bailando al ritmo de la música que se escuchaba en los altavoces del club; el segundo, haciendo un exagerado movimiento sexual, luego simulando encender un cigarrillo y levantándose la camiseta para dejar a la vista una remera blanca en donde se leía: "El fumar es perjudicial para la salud". Todos rieron.

A cuatro minutos de terminar el partido sintió que se ahogaba. Intentó respirar profundo pero el corazón se le aceleró más. Pensó en María, tosió y cayó de rodillas. Se le acalambró el cuerpo por completo. Las puntadas en el pecho se hicieron cada vez más intensas y el dolor se le tornó insoportable. No pudo hablarle a sus amigos que, pálidos, lo rodearon preguntándole cosas que él ya no escuchó. Volvió a pensar en la noche anterior y sintió amor, dolor, calor. Entonces un rayo de fuego le atravesó el corazón. Luego, el frío. Sintió el frío más indeseable que existe al tiempo que comenzó a ver algo difuso: la imagen femenina y sensual de su extravagante cenicero que iba modificando su gesto hasta adquirir el rostro de María, que sonriendo mientras sus labios emanaban humo en bocanadas que volaron sobre él envolviéndolo y acompañando el trayecto último de su caída. Su mirada se consumió poco a poco hasta apagarse en el momento en que la cabeza dio de lleno contra el suelo de la cancha.

Su quejido final, el ruido del impacto y los gritos desesperados de sus amigos, quedaron flotando en el aire como anillos de humo.
Para cuando llegó la ambulancia Camilo estaba muerto.

--Martín Aon

Nota: La ilustración está hecha por SIGMA.
En realidad, el texto es la excusa para poder publicar el dibujo.

jueves

DESTINO ATORMENTADO




Este cuento breve es posteado porque fue uno de los 3 que más me pidieron por mail desde la vuelta del Blog. Acá va.




DESTINO ATORMENTADO

En el interior de la modesta construcción de madera –sobre el llano-, el temor se precipitó al advertir la oscuridad que acababa de cubrir el cielo matinal. Por detrás de la montaña se alzaba la tormenta, mostrando una lúgubre pared, atravesada intermitentemente por destellos lumínicos que prometían quebrarla y hacerla caer sobre el valle, aplastándolo.

Durante los exacerbados preparativos de último momento descubrieron que faltaba. A la segunda revisión ya no quedaron dudas de la ausencia. Pese a que afuera el viento castigaba a latigazos, él no vaciló; tras dar unas indicaciones de perogrullo a su esposa, salió corriendo en dirección al monte (sitio en donde mucho tiempo atrás lo había encontrado, agonizante, merced al ataque de otros animales).

Luchando contra las coléricas ráfagas que lo embestían, debió aferrarse a un arbusto espinoso, que le rasgó la piel. Con más convicción que fuerza fue hacia donde su intuición lo guiaba, asiéndose de cuanta saliente encontró. Finalmente, llegó a dar con él: a poca distancia pudo verlo; allí estaba – en un claro- bebiendo agua de la vertiente que drenaba desde el corazón de la montaña. Sus cuatro patas parecían apenas tocar el piso rocoso. Su pelaje blanco y largo se ondulaba al son del viento. Luego de beber, alzó su peculiar cabeza y encontró la mirada exhausta de quién lo buscaba.

Se acercó lentamente, con su paso armónico. Lo primero que el hombre percibió fue el hocico aun mojado, y luego la tibieza de la lengua suave que le lamía la sangre que todavía emanaba su mano. Creyó notar que el contorno del animal resplandecía. Se miraron, admirándose. Un impetuoso trueno interrumpió la mutua hipnosis silente. Debían volver. Algunas gotas de furia fría cayeron desde el tenebroso firmamento, obligándolos a militar la premura. Esta vez, el viento favoreció la corrida, aunque la lluvia intentó lacerarlos.

Un ensordecedor estruendo hizo temblar la tierra. Él logró ingresar a la construcción, mientras que el animal, aturdido por el rayo, corrió en dirección al monte, internándose en el centro de la tempestad. Temblando vio como su inigualable ejemplar, de patas inmaculadas y lomo brillante, ese que bebía de su sangre, ese ser único con un extraño cuerno en la frente, se perdía entre los rayos.

Apretando el dolor con sus puños, quiso ir nuevamente a buscarlo, pero se detuvo al oír la voz de su mujer, que tomándolo por los hombros le decía:

- Está bien así. Vamos, ya es tiempo de cerrar la compuerta, Noé...

SU DULCE DOLOR

Ayer mamá me lo contó: me falta poco tiempo para nacer. Me lo dijo en un tono raro. No me gusta nada cuando ella está así. Yo me doy cuenta, porque cuando está triste no me llama por mi nombre. Me habla pero ajena, ausente. En cambio, hay días en los que no para de acariciar su panza y de hablarme, usando mi nombre a cada instante; dice que nombrarme la tranquiliza, la inunda de paz.

Mamá es muy jovencita y muy grande a la vez. Si alguien pudiera ver su corazón desde el lado de adentro - como yo la veo -, le costaría creer que siendo tan chica e inexperta, pueda tener tanta firmeza de espíritu, tanta determinación, tanta fe.

Cuando se enteró que yo iba a venir, las cosas no le fueron nada fáciles. Todavía hoy, se niega a contarme bien todo lo que pasó con papá. Yo sé, igualmente, que él al principio nos rechazó; se sintió humillado. Algunos le gritaron que no me tuviera. Pero ella me defendió con sus rodillas contra el piso; con sus manos juntas clamó por mi vida, ¡por mi vida!. Amo a mamá.

Papá no es mi verdadero padre. Es un tema muy complicado para explicar. Esa dificultad le trajo un montón de problemas a la vida de mamá y a la de él. Hubo momentos en los que en verdad temí no llegar a nacer. Pero finalmente papá nos aceptó. Y no sólo eso, sino que pasó a defendernos incluso anteponiendo su propia vida. Ahora vivimos los tres juntos, y él trabaja el día entero para que nada nos falte. Confío en papá.

Muchas mujeres tocan la panza de mamá para sentirme. Algunas hasta me besan, como mi tía. Cuando fuimos a visitarla, se la pasó acariciándome y repitiendo que me amaba. Ese día conocí a mi primo, que todavía está como yo, barriga adentro. Mamá y la tía lloraron toda la tarde mientras hablaban de nosotros. Pero lloraban con alegría, sin pesar. "Cosas de mujeres", dice papá, cuando mamá llora y sonríe a la vez. Cosas del Amor, pienso yo. Cosas del amor...

Por momentos preferiría quedarme para siempre dentro de mamá. Ella es tan dulce. Siento que nada malo puede ocurrirme estando tan cómodo, tan protegido en su vientre de miel. Las cosas que suceden afuera me atraen pero me asustan. Mamá repite que no soy suyo sino de Dios. Amo su entrega, y a la vez me niego a abandonar su cuerpo, mi cálida casa visceral. El mundo es un misterio que necesito revelar. Pero ya tendré el tiempo y el valor para eso. Ahora quiero seguir disfrutando de mi cuna en las entrañables entrañas maternas.

Sobresaltado, le pregunto el porqué de tanto movimiento. Mamá me responde que vamos al lugar en donde yo asomaré a la vida. Me pongo muy nervioso y empiezo a moverme. Papá está cansado, y dice que todavía falta. Ella también está agotada, pero no se queja de mis embestidas; se contrae y me comprende.

Ya es de noche, y mamá está más feliz que nunca, aunque algo inquieta. Temprano me cantó varias canciones con su voz calma y armoniosa. La noto repleta de paz. Repite mi nombre cada vez que habla con papá, que también está feliz.

Me anuncia que pronto veré su rostro y beberé de ella; pronto me alumbrará. Me suscita. Se aceleran mis latidos. Nado con premura buscando emerger; ansío tanto contemplar sus ojos iluminados.

Tiemblo. Vuelve a contraerse. Me celebra. Lato.

Para serenarme, mamá me habla. Me cuenta que todos venimos al mundo con una misión a cumplir. Inhala y exhala muy agitada. Sigue hablándome. Con tono entrecortado agrega que algunos saben desde antes, como ella, cuál es su tarea en la vida, y que otros la descubren luego.

Ya respira demasiado aprisa. Papá se asusta. Yo también. Comienzo a sentirme succionado. Mi corazón se contrae y se dilata al mismo ritmo que el cuerpo de mamá, que vuelve a hablarme. Me dice que me aguarda y que siempre me cuidará. Lloro. Papá la tiene tomada de las manos y le repite con calma que el momento ha llegado. Ahora él llora.

Mamá deja caer su cabeza hacia atrás. El cielo abierto y oscuro es testigo silente de su dulce dolor; de cómo el calor le funde la carne para fundarme. Sigue hablándome. Quiere que vaya hacia ella. Tengo miedo, y le hago saber mi negación a originarme. Me pide que confíe, y me revela que su trabajo en la vida es tenerme a mí, que para eso nació. Esa es la confirmación de amor que necesito. Llega el vértigo. Transpira. A ella voy.

Siento que mi cuerpo se oprime y se desliza. Temo. Empiezo a aflorar. Le pido que no deje de hablarme. Jadea. Estoy llegando. Se sofoca. Le digo que yo desconozco cuál es mi misión. Ella abre sus ojos húmedos y clava su mirada en una resplandeciente estrella en el cielo, mientras me dice las últimas palabras que escucharé desde su vientre:
- Ya pronto la descubrirás, mi dulce Jesús.

LUANA

Gira, se coloca boca abajo, la abraza y presiona su rostro contra ella que, blanda, sumisa, dócil y obediente, cede y se amolda. Está incómoda. Así no; ahora la toma con ambas manos y la posa sobre su cabeza mientras la oprime sólo un poco. Hace calor. Así tampoco; se cansa y la arroja fuera de la cama; cuando cae, la almohada pega contra el velador, que también se precipita al suelo. Ya está, no aguanta más. Fastidiada, entiende que no ha de conseguir dormir y se levanta. En la oscuridad, patea la almohada y el velador, que quedó abajo escondido, lejos de su propia luz. Le duele el pie. Maldice y ríe; se ríe de su mala suerte y de lo absurdo de reírse de su mala suerte.

Ata su ondulado cabello y bebe jugo exprimido, mientras deambula descalza y en camisón por el departamento en penumbras. Al pasar, se mira fugazmente en el espejo que le devuelve la imagen de su cuerpo entero; no se detiene como lo hace siempre.

Luana está inquieta, y no consigue serenarse. Luego de fumar un cigarrillo, se decide por el sillón que está frente al ventanal que da hacia la costa, y se deja caer sobre él.

Luce como una verdadera y magnífica mujer, y sin embargo conserva esos destellos de frescura e inocencia propios de la niñez, que manifiesta al sentarse igual que los chicos del jardín de infantes: Las rodillas flexionadas y las piernas cruzadas sobre sí.

No aprendió, aún, a mirar hacia adentro; el vacío le causa temor. Entonces mira para afuera. Cuando su mirada se pierde en las estrellas no piensa en nada; tiene el codo apoyado en la rodilla y la palma de su mano izquierda sosteniéndole la mejilla, al tiempo que su mano derecha juega a enrular aún más los mechones que se escaparon del broche con el que se hizo una cola.

Sin ningún motivo comienza a reír. Siempre le ocurre eso; no evoca nada en particular, ríe sin causa alguna. Al rato, tal vez por propia voluntad, la risa le recuerda a alguien o a algo. En esta oportunidad, sin proponérselo, recuerda a quien que pasó por su vida, apenas, durante unas pocas semanas y ocupó sus pensamientos por mucho tiempo más. Él, tras regalarle una flor, le había dicho que ella era alguien especial, un ángel. Luana reía y sentía dentro suyo algo que no podía explicar. También escribió en una servilleta de papel que "Cuando ella sonreía, abrazaba la vida; cuando lloraba, el mundo se marchitaba". Esta docena de palabras le llegó directo al corazón, desbordándolo. ¿Por qué volvía a recordar aquello? ¿Por qué nuevamente sentía esa sensación extraña e inexplicable? ¿Habría hecho bien?.

Sin levantarse, se estira y abre en parte la ventana. Descubre que una leve llovizna bautiza el paisaje, haciendo resaltar las pocas luces que se alcanzan a ver.
Sigue riendo. Ahora, en esta extraña noche, sola, sentada en un sillón como una nena jugando con su pelo, ríe; ríe con énfasis; esa risa nuevamente abraza y abarca la vida, pero en sus mejillas algo brilla: lágrimas incontrolables; lágrimas que la abrazan, que mojan sus pétalos. Lágrimas de tristeza.
Fueron tantas las veces que se sintió así…

En tantas ocasiones, pese a estar acompañada, paladeó ese sabor amargo que produce no ser comprendida plenamente, ese sentimiento de soledad en el alma, ese vacío que parece destinado a no colmarse jamás (ese escepticismo propio de quienes mucho han amado y poco han sido amados, de quienes, como ella, todo han apostado y como paga han recibido dolor y luego indiferencia). Tantas veces se sintió marchitar…

Agita sus manos, queriendo espantar esos pensamientos pero sabe que es en vano, que de eso no puede escapar porque son parte de su vida. Suspira profundamente antes de ponerse de pie y dirigirse, bailando, hacia la pequeña mesa con adornos artesanales y sonrientes fotografías. De una cajita rectangular de madera barnizada extrae un sahumerio. Lo enciende.

Sus ojos siguen destilando lágrimas.

Piensa en cuánto le hubiera gustado ser bailarina, y dando dos vueltas sobre sí misma y cae una vez más sobre ese sillón huérfano de tibiezas. Mientras el aroma a sándalo inunda el ambiente -purificándolo-, seca sus mejillas diciendo en voz alta:
-Los ángeles nunca están tristes, no sufren ni lloran.

Mira por la ventana intentando distraer su atención. Se da cuenta que ya no llovizna. También nota que la marea ha bajado más de lo habitual, para dejar a la vista una uniforme superficie oscura, en donde sólo resaltan esporádicos copos de espuma blanca, que luego se extinguen gracias a su feroz lucha con el aire.
"¿Será que el mar se retiró para agrandar de manera voluntaria el continente?" pregunta para sí "¿O será que el océano está tomando impulso para embestir y revolcar a todos los seres vivientes?"
-Me parece que estoy completamente loca- concluye en voz alta, y vuelve a reír a carcajadas.

En el ambiente los contornos se adivinan gracias a la tenue luz que entra, favorecida por la ausencia de cortinas. La perfumada fragancia del sahumerio se va mezclando con el olor a tierra mojada, que hace su aparición merced a que la ventana aún permanece abierta. Este cóctel de aromas la envuelve.

"Que noche tan diferente" piensa. Le parece que esa frase es de una canción pero no recuerda de cuál.

-Que noche tan diferente- canta, inventándole una música a su antojo, mientras piensa vagamente en su propia existencia y en lo mucho que desea tener una vida superior, sublime, distinta como esa inobjetable vigilia.

Ahora pestañea varias veces seguidas y mira la blanca luna llena. Asombrada ve cómo una estrella renuncia a permanecer inmóvil en el firmamento y cae, gloriosa, dibujando su trayecto final con una estela de luz deleble. Cierra los ojos para pedir un deseo pero no sabe cuál podría ser; pediría tantas cosas, necesita tanto. Aprieta fuerte los párpados, para que el efecto del deseo no sea fugaz, y se decide por pedir un milagro; no comprende bien porqué le salió eso, pero igual está orgullosa de su solicitud. Expectante, abre muy despacio los ojos.

Nada.
Nada nuevo ocurrió.

Todo sigue igual que antes, por eso llora; lagrimea, se deshoja, se va secando y el mundo se marchita a su lado.

Está cansada y está cansada de estar cansada. Esa triste redundancia le dibuja una pequeña sonrisa. Se para y comienza a caminar hasta quedar frente al espejo, el mismo en el que siempre ensaya distintos pasos de baile y diferentes maneras de andar (hasta ha probado reptar o agitar alas).

Se sobresalta al descubrir que su reflejo comienza a iluminarse. No puede creer en lo que ve; no puede asimilar lo que ocurre delante de sus ojos. Intenta moverse pero le es imposible; ya no es dueña de su humanidad y permanece frente al espejo perpleja, mientras contempla como su imagen va resplandeciendo cada vez más. Ahora, el contorno de su cuerpo es envuelto por una inmaculada luz, que también la baña de la más absoluta paz. Jamás se sintió tan bella ni tan pura.

Luana puede verse, brillante, angelical, y puede sentir cómo su ser se despoja, raleándose de las peores cosas de su propia persona, de los sentimientos más tristes y oscuros que en ella habitan. Intuye que el tiempo se detuvo, que por única vez asiste al milagro personal de redimirse y lograr una versión mejorada de sí misma. Palpita con total intensidad cómo su corazón se va nutriendo de aquella luz, cómo la energía recorre su cuerpo; siente con absoluta certeza que ha renacido, que su alma ha florecido, que su polen hará la miel más pura, que su néctar la embriagará de eternidad. Sonríe y sabe, porque lo percibe con nitidez, que está abrazando la vida. Ahora el mundo ya no se marchitará.

El resplandor disminuye poco a poco hasta desaparecer. Ella recupera el movimiento de su cuerpo. Sabe, está segura, que el tiempo se detuvo aunque no conoce durante cuanto; y también sabe que otra vez, indefectiblemente, en todos lados y como siempre, la vida vuelve a sucederse, a seguir pasando. La vida vuelve a hacerse cosa de todos los días, de todos los instantes; pero todo es diferente: ella ya no es la misma.

Así es Luana, tan simple y tan compleja; que llora y el mundo se marchita; que ríe y abraza la vida. Luchadora, capaz de rebelarse contra sí misma. Eterna, capaz de revelarse a sí misma la dualidad, humana y celestial, de su persona.
Así es ella, una mujer y una niña al mismo tiempo; tan tierna y tan indefensa, tan fuerte y tan necesaria.

Totalmente en paz, cierra la ventana y nota que allá, bien al fondo, se distingue la amarillenta franja que separa lo diurno de lo nocturno. Alguien, quizás el tiempo, está subrayando el amanecer.

Sin ninguna prisa repasa lo ocurrido, mientras vuelve a su sillón. Allí agradece el milagro personal del florecimiento de su corazón. Se siente vital, valiosa y feliz; es por ello que arranca a murmurar la canción que inventó:
-Que noche tan diferente... - pero el sueño comienza a invadirla y pronto la vencerá por completo.

Unos segundos antes de quedarse dormida abrazando un almohadón, piensa con los ojos ya cerrados que esta noche bien podría haber sido 25 de diciembre, su Navidad personal.

Pero pese a que no lo ve, el almanaque -que cuelga al lado de un crucifijo tallado por sus jóvenes manos- indica que es jueves. Jueves 21 de septiembre.

TENÉS RAZÓN, INFELIZ (DIOS ESTÁ LOCO)

El fastidioso sol me daba de lleno en el rostro, lo que me producía calor y malestar al mismo tiempo. Ni falta que hace describir mi cara. Detesto tanto madrugar como que me hablen cuando recién me despego de las sábanas. Tal vez eso explique o justifique mi nulo humor esa mañana.
Caminé cuatro cuadras desde que bajé del colectivo, y llegué al local ubicado en pleno centro. Pensé que el lugar estaría atestado de personas. Imaginando una larga y tediosa fila, cual peregrinación, compré el diario y cigarrillos para mitigar la espera. Fue en vano, como la mayoría de mis actos.
Llegué y no había ni un perro en la vereda. Entré sin golpear, como indicaba el cartel con letra gótica que colgaba en la puerta. Sorpresa número uno: no había imágenes de santos, vírgenes ni crucifijos; las paredes estaban cubiertas por fotografías. Sorpresa número dos: Dios estaba sentado tras un escritorio, tomando mate. (Durante toda la charla comprobé que el mate no se le lavó, por más que yo haya intentado en varias oportunidades moverle la bombilla ad hoc.) Tercera sorpresa: Dios le pegaba con su puño al monitor de la computadora que había sobre el escritorio.
- Pasá, sentate, mientras soluciono un pequeño inconveniente que me surgió- me dijo. Luego se puso de pie, arrancó el monitor y lo tiró al piso con entusiasmo, en un acto que marcó claramente la cuarta sorpresa de la mañana. Y no era la última.
Mientras me acercaba un espumoso mate, agarró el diario que yo dejé delante mío.
- Podrías cambiar esa cara- me sugirió.
-¡¡¡Ayyyy Diossss!!!- grité al quemarme- Está muy caliente...
Dios rió.

-...y amargo- continué.
- Es que dulce me cae mal a la mañana- me explicó.
Mi mal humor iba en aumento. Hice lo que siempre hago en esos casos: intento contagiarlo.
-¿Leíste el diario hoy?- le pregunté.
- Yo no leo los diarios. Apenas ojeo la parte de humor. A veces también me meto en Internet, pero me aburro mucho...
Jamás imaginé a Dios navegando en la red.
-¿Tenés e-mail? - ironicé.
-No- me respondió, y me miró de manera tal que comprendí al instante la estupidez que acababa de preguntar.
Busqué cambiar de tema antes de que me sintiera un completo idiota.
-¿Te importa si fumo?
- Si, me importa, pero vos podés hacer lo que quieras-
respondió.
Encendí el cigarrillo y agarré el nuevo mate que me estaba ofreciendo. Él, mientras tanto, conectaba el cargador de baterías a un teléfono celular. Luego se puso a pasar las hojas del periódico hasta que se detuvo en el horóscopo, y comenzó a reír. Eso me gustó.
-¿De qué signo sos?- le pregunté.
- Soy signo de mí mismo- dijo serio- ¿te quedó claro?
- Si, muy claro. Bueno... ya sabés a que vine ¿o no?
-Viniste a hacerme una nota; es decir: el viejo truco de no tener ideas para escribir y usarme a mí como tema.
- Bueno, yo no lo diría así aunque, admito, que sos un lugar común para los escritores…
- Eso no es cierto –
interrumpió El Señor.
- ¿No sos un lugar común? – me avergoncé
- Lo que no es cierto es que seas escritor – dijo, y rió.
Como el local no tenía cenicero, me paré y fui hasta la puerta para arrojar afuera el cigarrillo. Antes de volver a sentarme, miré con detenimiento las fotos de la pared. En todas estaba Dios sonriendo, abrazado a distintas personas que no reían. A la única que alcancé a reconocer fue a una ex novia mía.
- Que raro- dije recordándola- no pensé que creía en vos.
Sin dudas, mi comentario le molestó, porque soltó bruscamente el diario y me preguntó:
-¿Y vos?
-¿Y yo qué?
Dios me miró severo, sin ira pero sin mueca.
- Bueno... -confesé- no es que no crea, pero me resulta imposible entenderte.
-¿Entenderme? ¿Quién te dijo que tenés que entenderme?
- Nadie, pero me parece que vos hacés las cosas y no las explicas, entonces uno tiene que arreglarse como puede para interpretar lo que pasa.
Dios puso cara de "este pibe no entiende nada de nada", pero tuvo la gentileza de no decirlo. Me acercó otro mate y se puso a reiniciar la computadora, que ahora tenía un monitor plano. Ver que no me prestaba atención me hizo enojar.
-¿No me vas a explicar??? - le solicité vehemente.
- Aguardame un momento, por favor.
Me podría haber dicho "bancame un toque", para darse aires más modernos, pero no, Dios es un clásico. Tardó un buen rato hasta que la computadora amagó a arrancar. Me pareció que no entendía mucho del tema, pero no quise decirlo.
- Estas computadoras son del demonio- dijo al fin, dándole duro al teclado.
Me resultó muy gracioso el comentario. Luego de unos segundos, no tanto.
- No estás en onda- comenté, haciéndome el vivo.
-¿Qué onda?-
- En onda, Dios, así se dice ahora.
- No, digo que ¿qué onda vos? ¿O te olvidas de lo que hablábamos recién?
-¡Qué vivo!-
dije cuando entendí la broma.
Sonreí al recordar que mi amigo Salem me había advertido que Dios era un gran bromista.
- Dios... - dije - me gustaría que me explicaras las cosas que no entiendo de vos, que son casi todas.
Sonó el celular de Dios. Atendió, dijo "está acá conmigo" y lo apagó.
-¿Quién era?- quise saber.
-¿Qué te importa?
- Epa... que modales, Señor.
- Digo que ¿qué es lo que te importa saber? ¿Qué querés que te explique?
-¡Qué pillo!-
celebré-. Quiero hacerte, ante todo, una pregunta.
- Dale, acá me tenés.
Siempre creí que con esta pregunta lo dejaría mudo. Empecé:
- Dios, los amigos son los pares, los confidentes, los que afinan con nosotros, los que se nos parecen ¿no?
Él asintió.
- Y vos - continué- sos el número uno, el creador, El Capo, El Padre de Todos. Es decir, que todos los que existimos, tus hijos, tus ángeles, tus guardianes... todos somos inferiores a vos, a tu poder y a tu gracia. ¿me seguís hasta acá?- le consulté.
- Si, continuá.
- Dios... si no hay nadie igual vos, si nadie alcanza a estar a tu altura... vos... ¿tenés amigos? -
dije y me preparé para ver a Dios sin respuestas. Profetizando este vergonzoso momento para El Señor, había pensado no publicar su reacción. Sólo me limitaría a elegir como título de la nota la frase "Dios no tiene amigos".
Dios sonrió levemente. Luego rió y yo también. Pero él siguió. Llegaron las carcajadas. Se tomó el estómago con sus manos. Golpeó el escritorio mientras reía. Arrojándose al piso pegó varias veces con su zapato contra el suelo, mientras lloraba de la risa.
Yo ya no reía.
Él reía mucho.
Demasiado.
Se abusó riendo.
Ya me molestaba.
- Bueno Dios, suspendé.
Mientras se incorporaba y secaba sus lágrimas, encendí otro cigarrillo.
- Decile a tu amigo Salem, que vos también sos un gran bromista- dijo, mientras todavía le atacaban espasmos de risa.
-¿Y?- le increpé, acompañando con mis cejas la pregunta.
-¿Y qué?
-¿Tenés amigos?
- La amistad
-expresó adoptando un tono un poco más serio- es apenas un sarmiento de la vid del Amor... ¿me seguís hasta acá?- me consultó.
- Si, dale.
-...Y el Amor... Soy Yo ¿Te quedó?
- Si, me quedó
-refunfuñé (y yo que pensaba que con mi pregunta lo noqueaba).
Me repuse como pude..
-¿Qué más querés preguntarme? -invitó apacible.
- Eeeehhh... bueno, yo, eh...
-¿Y?-
insistió.
- Pará Dios, no me apures.
Me puse nervioso. Lo único que se me ocurrió preguntarle fue lo siguiente:
-A las mujeres... ¿También las inventaste vos?
- Si,
-dijo orgulloso- me lucí.
- Ya me parecía.
-¿Vos tenés alguna queja?-
inquirió Él, haciéndose el canchero.
-Muchas- contesté, pero no me dejó seguir...
-Me salieron mejor que vos.- aseguró.
-¡Yo no inventé ninguna mujer!- exclamé con convicción.
-No me refería a eso- Dijo Él con pesar.
-No entendí. Ves, no te entiendo.
Dios rió para sí.
- Y dale con eso de entender... - luego protestó- Los humanos derrochan sus energías en intentar interpretar todo cuanto ocurre; quieren entenderme; entender el motivo de la vida; entender el amor; quieren sentirse satisfechos con una buena explicación; quieren, en el fondo, tener la exclusiva razón.
- Es cierto-
afirmé con pesar- hace poco alguien me preguntó: "¿Vos querés tener razón o ser feliz?"
-¡Eso es sabiduría!-
ovacionó el Señor, mientras me convidaba otro mate.
-¿Y vos Dios, querés tener razón o ser feliz? -dije yo, aprovechando la ocasión para tomarme revancha de la pregunta sobre si tenía amigos. Dios tardó en contestar, lo que me hizo suponer que esta vez lo llevaba con una espada hacia la pared. Sentí un regocijo interno. Estuve a punto de cambiar de tema pero noté que al fin Dios iba a hablarme.
-Hijo- arrancó con un tono fraternal, entrañable, cargado de compasión- voy a hacer una excepción y trataré de explicártelo: ¿Vos escribiste cuentos?
-Si-
me jacté, orgulloso, y le recomendé mi preferido. Creo que no me escuchó bien porque en ningún momento me dijo que lo leería. Sólo murmuró, como lamentándose, algo así: "Yo le doy pan a cada uno..." Luego siguió con las preguntas.
-¿Y algún personaje puede ser más que vos? -
- No entiendo, Dios.- me sinceré.
- Digo que si algún protagonista de tus historias hace o dice algo que no se te ocurra a vos.
- No.
- Tenés razón, infeliz- celebró, y luego continuó diciendo- lo mismo ocurre conmigo, sólo que Yo Soy El Autor De La Vida. Yo inventé la razón, la felicidad, Inventé los inventos; Yo estoy por sobre Todo Eso, por encima de Todas Las Historias- dijo con firmeza pero sin petulancia.
- Es verdad- admití, y omití decir que, además, se lo veía feliz. Le devolví el mate. Supe que había vuelto a perder. Él, entre tanto, seguía entusiasmado...
-...inventé también el amor, el trámite de la muerte, el perdón...
-¿Perdón?-
interrumpí.
- Si, el perdón: "Remisión de pena o deuda; indulgencia, misericordia, remisión de los pecados"
- Ya sé que significa "perdón", me refería a eso del "trámite de la muerte". A mí me parece algo más complicado que un trámite.
- La muerte es un trámite, un paso previo a La Vida. Es como saltar un charquito de agua, toser y cantar...
- Que fácil lo decís, Dios. Vos porque no te vas a morir nunca.
- Error. Error. Error. Yo me muero todos los días junto a ustedes-
dijo Él, pero no lo entendí muy bien. Igual, no quise que me lo explicara porque intuí que no lo comprendería. Por otro lado, Dios no mostró mucho interés en ampliar el concepto (¿Habrá creído que era inútil explicarme?). No lo sé. Se me ocurrió que ahí mismo tenía el título de la nota: "La muerte es un trámite" Dios (sic).
- ¿Querés otro? - me ofreció El Jefe.
- No, ese título me gusta.
- Otro mate ¿Querés otro mate?
- Ah, bueno, dame.
Mi ánimo había decaído un poco. A Dios, claro está, no se le pasó por alto ello y me convidó a que le contara.
- ¿Gustás decirme o preguntarme algo más?
- Si, claro que si -
no dudé, y me escuché diciendo como por reflejo- ¿Cómo hago para ser feliz?
- Es muy sencillo. Sólo tenés que decidirlo.
- ¿Qué?
- Decidir, elegir, optar...
- Ya entendí el término, pero la idea me parece... eh... bueno, te lo voy a decir sin eufemismos: Dios, estás total y completamente loco o borracho o las dos cosas. Yo decido ser feliz pero no me ocurre nunca.
- La felicidad -
dijo Él con esa facilidad de palabras que lo caracteriza- es una elección, una postura, una actitud. No es -enfatizó- un lugar a donde tenés que llegar o un tesoro a desenterrar. Es una manera, La Manera, de vivir. Es una elección mientras caminás por la vida, y no un anhelo. Es un legítimo derecho para el que todos están facultados y sólo tienen que optar por ejercerlo. Es tan sencillo...
- Si, claro, mirá que bien. Con lo difícil que es la vida, con lo complicados que somos los humanos, con lo intrincado que es el amor entre las personas...
- ¿Quién te dijo esa sandez?
- Nadie -
afirmé con orgullo- lo sé porque lo viví.
Dios enarcó las cejas, sorprendido. Sonrió apenas y me soltó a quemarropa:
- El amor no es complicado, difícil ni intrincado, como vos decís. Es muy simple.
- ¿Vos me estás diciendo entonces que yo no...?
- Yo te digo -
me interrumpió- que el amor es simple y la felicidad es una elección. Naciste para ser feliz. Vos decidís, yo dispongo. Y chupate esa mandarina- agregó.
- Ah, que delicado. Disculpame, Señor Dios, pero no es así la cosa. Si vos sabés muy bien que en mi caso...
- Si, lo sé,
-volvió a interrumpirme- pero cuando digo elección incluyo de antemano la posibilidad de que no sea la acertada. Y no obstante eso, luego de equivocarte podés volver a optar.
Me perdí en la neblina del recuerdo de mi pasado sentimental. Encendí un cigarrillo y quedé pensando en las veces que me obstiné en el error, sabiendo que era tal, y que volví a optar por lo mismo. Sin excepción, en todas las oportunidades en las que me equivoqué siempre había tenido antes un llamado de atención desde mi interior, y siempre existió un instante de duda para decidir qué hacer. Supe también, que cada vez que pude cambiar no quise o me dejé convencer por la circunstancia o la persona. Qué estúpido.
Levanté la vista y ahí estaba Dios, sonriendo como si nada. Como para cambiar de tema, y aprovechando la ocasión de estar frente al Capo De Todo, le solté otra pregunta.
- Sé, lo admito, que no soy muy original con lo que voy a decir pero me desespera la intriga. Me gustaría saber qué es lo que me vas a preguntar el día que yo muera y te encuentre otra vez.
- Algo Simple-
contestó, feliz.
- Y dale con lo simple. Para vos todo es fácil, loco, porque vos Sos Quién Sos. Dale, decime así me preparo ¿qué me vas a preguntar?
Antes de hablar movió las manos exageradamente para indicarme que el humo de mi cigarrillo le molestaba. Para complacerlo, fui y lo arrojé a la calle. Cuando volví y me senté, al fin habló así:
- Lo que voy a preguntarte a vos y a cada uno de ustedes es qué hiciste con lo que te di.
Esa pregunta me cayó sobre los hombros con más peso de que hubiera creído. No dije nada. Dios también quedó silente. Lo miré para hablar o justificarme un poco al menos, pero no me salían las palabras.
- La gente piensa y se esmera- cortó Dios el silencio, con total autoridad- en el final del camino, en la recompensa, en el destino último del viaje, en llegar a la meta. Pero descuidan lo más importante: el ahora, el mientras tanto, el todos los días, lo cotidiano. Y es allí en donde está la clave. Es desde ahí desde donde se elige ser feliz con lo que Yo te dí. Ustedes se pasan largos períodos intentando alcanzar tal o cual cosa a futuro, descuidando el presente, el aquí y ahora mismo. Se olvidan que si hoy están, es por y para algo, pues mañana sólo yo sé si estarán o no.
Una vez más, Dios tenía razón.
- ¡Buen título ese! -
Dijo, metiéndose en mis pensamientos.
- ¿Y qué pasa con los sueños y los planes para el futuro? -pregunté sin entender mucho.
- Bienvenidos sean. Es lo que indica la aceptación de mi Creación y lo que confirma la fe en mí. Porque fueron creados para vivir, para defender la vida, para prolongarla y quien planea es porque desea vivir, desea honrar mi creación, honrarme a mí. Pero en verdad te digo que no hay que descuidar el mientras tanto.
- ¿Entonces está bien soñar, señor?
- Por supuesto, hijo. Hay que soñar, hay que pedir deseos...
- ¿Sos el genio de Aladino? -
lo corté.
- Soy el Único Capaz de lograr lo Imposible.
No me quedó la menor duda de eso. Otra vez quedé mudo. ¿Qué iba a decir? Ya estaba todo dicho. Por alguna razón, el encuentro con Él me empujaba hacia dentro de mí mismo. Me llevaba a repasar mis actos (casi nunca intachables). Hilando errores atiné a rememorar mis "descuidos" -como Dios los llama- y descubrí que eran muchos. Hartas veces enfoqué hacia delante sin que me importara mi alrededor. En tantas ocasiones prioricé el apego a lo material sólo para lograr que luego mi mayor capital fueran los pecados homónimos. Sin dudas, usar mucho el intelecto sirve poco, cuando lo que se pone en juego es la felicidad para tener la razón. "Tenés razón, infeliz", había bromeado Dios.
¿Había bromeado Dios?
Súbitamente recordé la oportunidad en la que discutí con un amigo sacerdote, acerca de los pecados. Reviví al instante mis caprichosos argumentos, mi afán por encontrar fisuras en ciertos dogmas, mi espíritu detractor, mi subjetivo análisis de las religiones monoteístas. Y recordé, también, la sencilla y certera definición que ese amigo me dio para explicarme cuál es el verdadero pecado: "No amarse uno y no amar a los demás". En esa media docena y media de palabras estaba el resumen de los conflictos del hombre, del mundo, el origen de las guerras y la explicación del porqué de tantos libros de autoayuda. Simple y cierto.
La amargura que sentía en mi espíritu se disipó cuando sentí la mano de Dios sobre mi hombro y supuse un abrazo, que demoró en llegar. Sus palabras me alentaron a que mirara hacia delante. En un gesto que marcaría mi voluntad para continuar pese a todo, alcé la vista con dignidad. Entonces la luz del flash de la máquina fotográfica que Dios sostenía con la otra mano, me achicó las pupilas de golpe.
- Es para mi pared. Podrías haber sonreído- reclamó.
- Podrías haberme avisado así me arreglaba un poco- protesté, mientras me frotaba los ojos.
- Como si con eso...- bromeó y logró mi risa. Quise sacar provecho de ese momento de calidez, por eso le pregunté:
- ¿Cuánto más voy a vivir?
- ¿No lo sabés?
- se hizo distraído (y el vivo).
- No, dale, decímelo ¿qué te cuesta?
- Nadie sabe cuando le toca el trámite de la muerte, por eso te digo que vivas hoy como si fuera tu último día.
- Así se llama un cuento mío
- me entusiasmé- ¿lo leíste?
- No
- ¿Te lo traigo para que lo leas después?
- No.
- ¿Te lo resumo?
- No.
- Dios, ¿al menos vas a leer esta nota cuando la publique?
El cuarto "No" sonó a definitivo. Dios no me lee. Mal título.
Como apurado, me dio un mate más, y se fue hacia atrás por una puerta blanca que tenía un largo espejo. Imaginé que me iba a obsequiar algo, aunque me llamó la atención que no lo hiciera aparecer con un pase mágico o algo así. Para eso es Dios, pensé.
Cuando volvió, yo ya estaba de pie, pronto a retirarme. Él se detuvo frente al espejo y se acomodó el pelo. Yo me asomé por sobre su hombro, y anonadado le pregunté:
- ¿Te reflejás en los espejos?
- No soy un vampiro
- contestó, seco, y dijo algo así como "Es tupido". No sé si aludía a su frondoso cabello o si en realidad dijo "Estúpido" y no escuché bien el acento. Lo cierto es que en lugar de un celestial regalo, traía en su mano una escoba. Omití la broma de las brujas temiendo un escobazo Divino.
- Te acompaño hasta la puerta - exclamó, y no me opuse.
Ya afuera, me abrazó y me dijo:
- Sé digno de cuanto te di. Yo Te Bendigo.
- Gracias Dios, que así sea
-murmuré, incierto.
Cuando salí caminando noté que Él comenzaba a barrer la vereda, silbando una canción.
No sé por qué, pero el día parecía más nítido; todo se hacía más presente; la gente que andaba por la calle resultaba menos anónima. Antes de llegar a la esquina, no resistí la curiosidad y volví sobre mis pasos. Dios me esperaba parado, con sus dos manos apoyadas sobre el palo de la escoba.
- ¿En serio voy a ser feliz? - insistí.
- Si vos lo decidís, sí. Desde ahora mismo.
- Gracias Dios, necesitaba volver a escucharlo.
Él me guiñó el ojo.
-¿Puedo hacerte la última pregunta?
- Si
-aceptó, imperturbable.
Yo estaba muy nervioso por escuchar su contestación. Su respuesta marcaría, sin dudas, mis pasos a seguir. Me jugaba la vida en esa.
- ¿Dios, voy a ser escritor?
- No.
- dijo Él, muy convencido.
- Ya me parecía. Gracias. Chau. Nos vemos, vos mediante.
Creo que Dios sonreía mientras yo me retiraba, con las manos en los bolsillos, silbando, sin tener razón. Tal vez feliz.

martes

DICCIONARIO: Canalla

Canalla: Vil. Gente baja, ruin, de malos procederes. Hombre despreciable y mala.

La doctorcita


Lucía se quedó dormida sobre la cama, con el guardapolvos aún puesto. De su cuello colgaba un estetoscopio de juguete.

Él llegó a la madrugada, tropezando con la mesa del living. Intentó enjuagarse el gusto ácido en la pileta de la cocina, y trepó la escalera (aferrándose al pasamanos como a una soga).

La niña se sacudió entre sueños con el ruido de la puerta de la habitación contigua. Él entró. Su mujer giró en la cama, apretando en su puño un rosario.

Los gritos del cuarto lindante ahora sí la despertaron, como en otras vigilias. Esta vez, tomó un pedazo de papel, sus lápices, y salió descalza de su dormitorio, ignorando que en el pasillo el frío la esperaba para atropellarla.

El sonido del picaporte coincidió con el del primer impacto. Las perlas del rosario rodaban por el piso cuando ella ingresó; parecían buscarla.

El papá soltó el segundo golpe y abruptamente giró la cabeza en dirección a la puerta. La pequeña silueta estaba a un lado de la cama. Una indómita náusea caliente lo invadió cuando oyó cómo su hija de cinco años -mientras hacía garabatos a modo de receta-, le contaba que una señora dijo en la televisión que si una persona estaba tomando algún medicamento, durante esos días no podía beber alcohol.

En la oscuridad, la boca de la madre ya había comenzado a sangrar.

DICCIONARIO: Morir

Morir: (lat. mori) Dejar de vivir. Expirar, fallecer, sucumbir.

La cuadra más fría de la ciudad

Los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana me invitaron levantarme temprano. Los días anteriores habían sido demasiado fríos como para madrugar. El rabioso viento al que ya me estaba habituando, era ahora -apenas- una inofensiva brisa tibia. Sentí alivio al no tener que cargar con pesados abrigos. Cuando terminé de tomar el tercer mate, decidí salir a caminar para aprovechar el estupendo día que venía asomando.

Anduve paralelo a los rieles del ausente tranvía. Crucé la capilla que está frente al mar, y comencé a pasear por la costa de sur a norte, mientras mis sospechas se convertían en certezas: toda la ciudad parecía estar reunida en esas cuadras sabiendo, quizá, que estaban ante un obsequio climático tan agradable como efímero.

Pensé en volver en un horario más oportuno para estar tranquilo, ya que mirando hacia los costados descubrí la presencia de un par de personas lejanas a mi simpatía, pero ya era demasiado tarde: me saludaban con señas mientras se dirigían hacia mí.

Un amigo mío dice siempre que en esos casos es cuando uno debe ser consecuente con lo que piensa y manifestar de un modo inequívoco su desagrado, logrando así no tener que volver a pasar momentos fingiendo estar interesado en charlas en donde sólo se dice: "Si vos escribís, te tendría que relatar mi vida para que hagas un libro".

La persona que se dirigía hacia mí por el boulevard, también pertenecía a esa estirpe de autoproclamados protagonistas de "best-seller" y venía en compañía de una muchacha con quien yo había tenido un olvidable romance de dos horas; tiempo suficiente para comprobar que a veces la naturaleza falla en cuanto al reparto y distribución de inteligencia. Esta dama era alguien capaz de realizar tres desafortunados comentarios en la misma frase; estaba dotada - también- para que de su boca brotaran todo tipo de conceptos erróneos y de entusiastas frivolidades. Bah, para decirlo sin eufemismos: era una mujer estúpida.

Y ahí estaba yo, nuevamente conversando sobre temas sin importancia cuando a uno de mis dos acompañantes se le ocurrió la inapropiada idea de ir a desayunar. Juro que iba a decir que no justo cuando un bestial quejido de ultratumba proveniente de mi estómago me sugirió que tal vez no estaba tan mal la idea de incorporar algunas medialunas. Así pues, nos dirigimos hacia el café que queda en la cuadra más fría de la ciudad (se la denomina de esa manera ya que la ubicación de los frondosos y longevos árboles, y de los edificios lindantes no permiten el paso de los rayos del sol en ningún momento del día). En el camino me reproché en silencio por haber aceptado la invitación. Después me lo volvería a reprochar.

Mientras desayunábamos me hablaban (vaya a saber sobre qué tema), y yo respondía con movimientos de cabeza, mitad porque no quería darles conversación, mitad porque estaba concentrado en la depredación y exterminio de las medialunas. Hasta que ocurrió: una pareja de viejitos que estaba justo delante mío se levantó para irse, dejándome libre el campo visual hacia la mesa del fondo y ahí, ante mis ojos, encontré lo que al instante me provocó la muerte.

Era Ella, ella junto a un hombre que la tenía abrazada mientras le daba un beso. Yo hubiera querido gritar, llorar, pegarle una trompada, decirle que la amaba desde siempre y para siempre, decirle que por ella escribía, que por ella vivía, pero me morí; contra mi propia voluntad, morí. La malhadada comitiva que me secundaba no se percató de mi defunción. Y yo seguía ahí, muerto, estático, ausente, con un pedazo de medialuna en la mano, con la vista fija en la mesa de ellos, que ahora se paraban y se iban juntos...

Dejé de verlos, dejé de ver el café, y me vi en la cuna con mi mamá cantándome una canción que ahora la recordaba perfecta; me vi saliendo de la escuela y mis abuelos esperándome para llevarme a su casa y hacerme tostadas con ese olor que nunca más volví a sentir, me vi llorando, riendo. Me vi con ella, me vi feliz. Luego todo comenzó a desfigurarse hasta desaparecer. Otra vez me vi en el café, quieto, frío, inexpresivo, hasta que poco a poco comencé a escuchar los ruidos del ambiente (como si fueran subiendo el volumen paulatinamente), volví a mover los ojos y abrí las manos que tenía cerradas y apretadas, y con disimulo sequé mis lágrimas. Mi corazón regresaba a latir a su ritmo habitual. Entonces me paré, saludé con un gesto y me fui. Apenas si noté que el viento había comenzado a soplar, ensañado, desde el oeste.

Desde aquel día jamás volví a ser el que era. Mi corazón quedó entumecido, indiferente. En mi mirada se marcó para siempre el reflejo de la muerte. Con el correr del tiempo aprendí a sobrellevar esta vida póstuma. He vuelto -tal vez por dignidad- mirar a los ojos.

Y -por supuesto- jamás volví a pisar, siquiera, la acera de la cuadra más fría de la ciudad.