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jueves

LLUEVE Y NO ESTAMOS (poesía por defecto) - ALEJO SALEM

“Llueve a hachazos, como en El bar Unión
pero yo no estoy solo ni acompañado
y vos no estás alegre ni triste.
Llueve y no estamos.”

Parado en el hall de entrada, vestido con jeans y remera de Los Simpsons, Alejo Salem miraba (lo cito) “con calma bovina” a través del vidrio a los muchachos que trabajaban afuera, esperando que se abra la Sala A como si lo que estaba por venir, como si lo que sucedería una hora después no tuviera que ver con él.
Conozco a Salem hace 17 años y juro que jamás sospeché encontrarlo ese día con tanta tranquilidad. Claro, olvidé que Alejo Salem, quien desde la contratapa de su libro se define como “Cultor de una efímera vocación de servicio, acreedor de pordioseros y escritor de puertas de baños, oculta con dificultad su pasado de niño bien. Más propenso a la vagancia vana que el ocio creativo…” es impredecible.

“algunas calmas
prometen más temores
que las tormentas”
Haiku V

Un rato antes, cuando llegué, recibí un “No se puede pasar, esto está cerrado” de parte de un tipo que portaba un soplete en una mano y un cigarrillo en la otra. Lindo encendedor, pensé, parado en la vereda de la Biblioteca Pública Municipal, el sábado siete de mayo a las cinco de la tarde.

Mi memoria suele estar habitada por pantanos de nombres y fechas y por baches sin fondo de tiempo, pero estaba seguro que esta vez no me equivocaba. Y si bien es cierto que en mi vida el siete de mayo permanecía vacante de recuerdos, no es menos cierto que desde algunos días atrás ya tenía asignada al menos dos hechos importantes; esto es: al séptimo día del quinto mes correspondía el nacimiento del papá de mi Amigo, Cronista y Maestro Juan Pablo Neyret (el mismo que me informó -en su innata condición de docente- que su padre compartía fecha de origen con Evita); y el segundo hecho importante (no se trata de jerarquizarlos; cada uno es significativo por si mismo) era - desde ahí y para siempre- la presentación del primer libro de mi amigo y colega Alejo Salem “LLUEVE Y NO ESTAMOS (poesía por defecto)”.

Mientras los tipos seguían poniendo membrana al piso de la entrada del Centro Cultural Juan Martín de Pueyrredón, cosa que dicha así suena rara, tan rara como que los empleados municipales trabajen un sábado a la tarde (luego comprobé mediante algunas preguntas de rigor que no eran empleados municipales sino contratados, lo que me devolvió la fe en la vida y la tranquilidad de saber que todo estaba en su lugar) encontré un cartel escrito con lapicera que decía: “Entrada por la rampa. Disculpe las molestias” junto a una flecha que señalaba hacia la avenida Independencia. Ahí fui, intuyendo que encontraría a Salem con un mal humor de colección. Y, como dije, me equivoqué.

“¿Dónde está la poesía ahora
que no sé qué hacer
con todo este amor de puta,
ahora que sos la perra en celo
que se adueña de la noche?”

-¿Vino alguien? -quiso saber Salem, unos minutos antes de que empezara Su Evento.
- Si. Vino tu tía pero ya se fue -respondí.
- ¿Estás nervioso? – algo le tenía que preguntar.
- Yo siento que cumplí conmigo. Ya no depende de mí -dijo.

Y vaya si cumplió. Meses atrás, mientras me contaba como “el libro se iba armando solo” y sumergía una medialuna en el café con leche hasta ahogarla, me soltó a quemarropas: “voy a editar el libro sin editorial; quiero hacer algo completamente independiente”. Demoré media hora en tomar mi café porque no pude mover mi cara durante el tiempo en el que él enumeraba sus razones con la calma de quien confía en sus certezas, con una certidumbre hija de la confianza en sus propias ideas.

Vaya si cumplió, murmuré, caminando por Sala, que estaba casi llena pese a que los arreglos en el exterior del edificio dificultaban notoriamente el ingreso del público. Abelardo Castillo cita a Heine cuando dice que “…las grandes catedrales fueron hechas porque los hombres que las construyeron no tenían opiniones, sino convicciones”. Recordé eso cuando Alejo Salem subió al escenario -el autor del libro que yo tenía en mi mano, el autor de sus propias catedrales- y los aplausos salían de todas partes.

Verte es el hartazgo del mejor de mis vicios
y cavarle una tumba al peor de mis días.
Es llenar mis pulmones con jirafas que corren
agregar mi cabeza a tu lista de precios,
y notar que hace horas
siguen siendo las tres.

El encargado de presentar Llueve y no estamos (poesía por defecto) fue también quien escribió el prólogo: el recordado Julio Alfonso (escritor, autor teatral, guionista radial, redactor publicitario, músico, director de talleres literarios y de cursos de guionistas y creador de revistas y periódicos barriales).

Como público, aseguro haber asistido a una charla de amigos, a una atrapante conversación íntima con mate y todo, en donde Salem contó con sencillez su manera de llegar la poesía, valiéndose –por ejemplo- no de un dolor cercano (mecanismo harto común entre poetas de supermercado, esto lo digo yo) sino del recuerdo de un dolor, de una pérdida y/o de una ausencia, marcando esa distancia como premisa necesaria en su proceso de escritura.
“…de todos los aspirantes a escritores que asistieron a mis talleres –habla Julio Alfonso-, Alejo es el que más sabe de sí, como, por ejemplo, que nació para ejercer la escritura. Todo aquello que hace cuando no escribe, son pausas para sobrevivir durante la espera, bostezos dignos.”



Salem cuenta acerca de su búsqueda incansable de la palabra justa, esa que corone el verso, que redondee la oración o que, si es el caso, la detone. Y Julio Alfonso al prologarlo dice: “La palabra empleada por Alejo, se transforma, late, sangra, pero sin esperanza de cicatrizar, cosa que no le importa mucho, porque él no desconoce que debajo de una cicatriz, hay archivos arcanos que nadie se atreve a destapar y alguien debe hacerlo.”

“Despertarás remota un día de estos
con el futuro tomado de los pelos
y la ilusión de hacer otro camino.
Ya no podré tenerte con promesas
Ni esperaré despierto que regreses
Ni volverás corriendo a despertarme.”

Con Alejo Salem editamos (?) el sitio web del Concepto DFyD. Nuestra existencia en Internet nos permitió conocer a un talentoso artista marplatense: Fabio Morasso, escritor –autor de cinco libros- publicista, artista plástico, conductor radial, creador de distintos espacios literarios. Fabio, mezcla de José Sacristán y Hugo Varela, favorecido con el don de la oratoria, nos dijo una vez que “la buena poesía es aquella que puede ser leída en voz alta sin sentir vergüenza, la que se puede decir".



Morasso fue a la Biblioteca a confirmar sus dichos cuando, con una voz que no pide permiso para impresionar, y acompañado por Andrés Weiske en guitarra –músico del grupo “Gringos”-, recitó dos poesías de Alejo, generando un clima excepcional.

A la atmósfera de calidez se le agregó la brillante participación de Esteban Cuello (otro músico y poeta) acompañado por Leonardo y Mauricio que interpretaron tres canciones hechas con poemas de Salem.

Y finalmente, fue el público el que habló con el autor. Cuando a Salem le preguntaron por la poesía que él leía, respondió que a veces no dependía de la poesía, sino del tiempo en el que uno la lee, y contó que leyó un libro de Jorge Dorio (La mujer pez) una vez sin hallar ningún efecto en esa lectura y que volvió a toparse con el libro diez años después, encontrándole, ahí si, matices diferentes, “sintiendo” esa poesía.
Otro de los concurrentes quiso saber algo más sobre el libro en su contenido y Salem contó que fue escribiendo sin orden pre-establecido hasta conformar el libro que, mirado en su totalidad, cuenta también una historia. La última pregunta estaba dirigida a conocer qué esperaba Alejo de su propio libro. El autor dijo que su trabajo había sido hecho con gusto y con esmero y que –como me dijo a mí antes de empezar la presentación- ahora lo que sucediera no dependía de él.

“Oído atento
mi corazón retumba
con tu regreso.”
Haiku III

Por supuesto, a la salida de la presentación Alejo firmó y dedicó los ejemplares de su libro. Y esa es la última imagen que me quedó del siete de mayo. Imagen que se suma también a las que él propone.
Si no lo mencioné antes es hora de decirlo: Llueve y no estamos… es el resultado acabado del trabajo de un autor que no se conforma con lo que se le ocurre, de un autor que va a buscar las palabras hasta donde haga falta ir, que las trabaja hasta que las hace decir y mostrar. Alejo Salem es poesía e imagen; es, aunque no lo sepa (sé que no lo sabe – y certifico su inocencia -) culpable de generar esas imágenes que uno se lleva consigo una vez cerrado el libro.
Imágenes capaces de ocupar cualquier vacante en el recuerdo.

“Yo, mi acusado,
me condeno a dormir,
a reparar los daños en un sueño
o a dañarme, soñando sin reparos
que corro
y que me alcanzan mis miserias.”
Martín Aon
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Crónica publicada en mayo de 2005
en el semanario
NOTICIAS & PROTAGONISTAS
de la ciudad de Mar del Plata.

domingo

LA SOLEDAD - Última parte


LA SOLEDAD

ÚLTIMA PARTE

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

-La soledad es curable... y yo trabajo para eso.

-Debe ser psicóloga- dijo Gustavo Lapolla en voz baja.

-O monja- Sugirió Salem.

-Para mi que es una prostituta - arriesgó Capazzo- y le voy a dar su ración.

-Aflojen, muchachos- intervino Aon-, es sólo una resentida encubierta-. La mujer siguió hablando:

-Yo soy la presidente del círculo de "Solos y Solas". Trabajamos ahí, para hacer desaparecer la soledad. Organizamos salidas, reuniones, y hasta tenemos un boliche bailable.

-Se, se, yo lo conozco, se llama" Mal acompañado". Queda frente a la catedral- aseguró Carmelo Capazzo, con cara de detective sin caso.

-No idiota, eso es un cabaret- lo corrigió Salem.

-Siga por favor- la convidó Lapolla- no le haga caso a estos tarados.

La dama concluyó diciendo:

-...cada unión, cada acierto es un paso más hacia el final de nuestra actividad. Esa es nuestra paradoja.

De pronto, el respetuoso silencio que reinaba en la sala se vio profanado.

-Ustedes roban con la desgracia del otro- gritó uno desde el fondo- Yo conocí a una mina ahí, y a los días me dejó. Son una farsa. La estúpida dijo que no le gustaba mi olor a pata, ni mis ruidos, ni que yo dejara la dentadura en un vaso para que no se me empaste cuando como el puré. Ustedes son unos cínicos.

-Bueno, bueno, calmémonos todos- pedía Aon, viendo que empezaban todos a gritar al mismo tiempo.

-¿Y cuándo viene la Sole?- preguntó el de barba, con una caja de vino en la mano.

Pasó un largo rato hasta que todos se calmaron. Finalmente, alguien habló:

-¿Puedo decir algo?- preguntó un flaco alto de lentes grandes. Como el muchacho parecía nervioso, Martín Aon pidió silencio, y le dijo que hablara tranquilo, que todos lo escuchaban.

-Bueno, gracias. Ehh, yo pienso que la soledad es algo más grande y más complejo que un grupo de gente contando sus penas. Yo no creo, con todo respeto, que se cure bailando ni hablando con personas desconocidas pero unidas por el nombre de la entidad que los congrega. La soledad, me parece, es algo mucho más profundo, más serio; es algo muy real.

-Como el envido- soltó Salem.

-Buenísimo- lo felicitó Capazzo, y chocó su mano contra la de él. Nadie se rió. El flaco alto se dio vuelta y se fue hacia el fondo.

El clima estaba muy tenso. Muy tenso. El Licenciado Gustavo Lapolla informó que había llegado la última parte de la charla, y que el público podía preguntar lo que quisiera. Salem fue el primero:

-¡Después de acá, a donde vamos?

-A "Mal Acompañado"- propuso Capazzo.

Lapolla los fusiló con la mirada, es decir, con su media mirada, y le hizo señas disimuladas a Martín Aon, avisándole que se le había bajado el cierre de su pantalón. Aon asintió con la cabeza, le guiñó un ojo...y lo dejó como estaba. Alejo Salem, que se quería ir, tosió, escupió y luego se dirigió a la concurrencia:

-Bueno...a ver...¿qué quieren?

Las preguntas llovieron todas juntas: ¿La soledad se cura o no? ¿Hay que suicidarse? ¿Se puede manipular ese estado? ¿Es un sentimiento? ¿Se puede sacar provecho para la creación artística? ¿che, quién se cagó? ¿Es o no es bueno que el hombre está solo? ¿Existe la no-soledad? ¿Es un estado? ¿Una actitud? ¿Un concepto? ¿Y Dios, qué onda? ¿Soledad es sinónimo de tristeza? ¿Adónde hay un quiosco?

La morocha de la primera fila fue la que formuló la pregunta que acabaría con la reunión: ¿Ustedes cuatro, son casados?

Tumulto arriba y abajo del escenario.

No vale la pena narrar los pormenores del final de la charla debate, que, para muchos, fue una pérdida de tiempo. Pero que para los cuatro oradores no lo fue, aunque por diversos motivos.

Carmelo Capazzo dijo que la charla fue ideal para capturar a la morocha que le gustaba a Aon, y así vengar un antiguo pleito de polleras.

Alejo Salem se manifestó satisfecho con los resultados, mientras que explicaba, sin ahorrar señas, su encuentro con la rubia tetona.

El licenciado Gustavo Lapolla expresó que, en realidad, los resultados dependían de la mirada con que se los enfoque, mientras seguía poniéndose hielo en un ojo y pasándose un anillo de oro frotado por el otro, para curar un orzuelo que venía asomando.

Para Martín Aon, el balance fue positivo: aprovechó para llenar la solicitud e ingresar al círculo de Solos Y Solas, lugar del que -según afirman- no egresará jamás.

No obstante las diferencias, todos coincidieron en citar la frase que alguna vez acuñara la Licenciada Barquín, intentando rechazar con elegancia a un candidato demasiado insistente: "...Para nosotros, la soledad, es el perfume de nuestra esencia..."



viernes

LA SOLEDAD - Segunda parte

LA SOLEDAD

SEGUNDA PARTE

...Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

-El miedo a la soledad nos lleva, a veces, a cometer atrocidades. Conozco gente que se ha casado más por temor a quedarse solo, que por amor...

Ahora, por fin, todos estaban en silencio. Lapolla siguió:

-...un buen día de sus opacas vidas, descubren que se sienten mal, tristes, angustiados, incomprendidos -dijo, y mirando fijo a la pelirroja de remera ajustada de la segunda fila, preguntó:

-...¿y saben qué descubren?

-Ayyy-
gritó Salem, que se estaba sacando la cera de la oreja con la llave de su auto. Se ve que le dolió.

-Perdón, perdón. Sigan nomás- e hizo un gesto con la mano, como un referí.

-¿Y que descubren?- repreguntó Gustavo Lapolla, de manera retórica, para seguir diciendo:- se dan cuenta que se sienten solos, miserablemente solos, pese a estar acompañados, y hasta casados en algunos casos.

Martín Aon, sabía que era su turno para hablar; del bolsillo interior de su saco negro, sacó una petaca plateada, y tras darse valor con tres tragos cortos, empezó su parlamento:

-Lo peor que puede ocurrirnos no es que nos quedemos solos. La peor noticia de todas es que no aguantemos estar con nosotros mismos.

Notó que las mujeres asentían con sus cabezas. Eso lo alentó a seguir más allá aun:

-El punto que cada uno debería analizar con detenimiento, es ese: saber que es lo que tanto nos molesta de nuestras propias personas.- mientras decía esto, miraba fijo a una morocha obsecuente de labios gruesos, que desde la primera fila le guiñaba un ojo.

-Tendríamos que intentar- quiso seguir, pero un eructo memorable tronó en el salón de actos.

-Perdón- dijo Salem, levantando una mano- es que comí morrón y lo repito.

-Me toca a mí-exclamó de pronto Carmelo Capazzo, que se estaba quedando dormido. Con su meñique derecho se quitó una lagaña en forma de arroz, y arremetió con todo:

-Si lo pensamos bien, notaremos que muchas actividades se realizan en soledad, y no necesitan de nadie más para concretarlas felizmente.

A la mitad de un sonoro bostezo, Gustavo Lapolla se creyó en el caso de intervenir, mientras que con una mano sostenía contra su ojo una improvisada bolsa de hielo que le acercó el portero a cambio de una propina.

-Para pensar, leer, soñar, rezar, no nos hace falta más que nosotros mismos.

-Para dormir, crear- agregó Capazzo, sumándose.

-¿Procrear?- preguntó Salem, que no escuchó bien, mitad porque seguía con la llave en la oreja, mitad porque se había bajado del escenario para pedirle el número de teléfono a una rubia de minifaldas y botas largas, que lo tenía como en celo.

-¡Crear!- enfatizó Capazzo.

Aon aprovechó que Salem estaba entre el público, y le tiró el micrófono inalámbrico.

-Tomá Alejo- y lo soltó. Salem intentó lucirse con una atajada de antología, pero le falló el cálculo y el micrófono se estrelló contra el escote de la rubia, al igual que las manos del arquero. Por cierto, ella no protestó.

Sin poder ocultar la risa, Martín Aon dijo:

-Sería bueno que todos digamos alguna actividad que podemos realizar solos. Puede empezar la señorita si lo desea.

-¿Cuál, la tetona?-
preguntó Salem desconcertado.

-¡Dale, Alejo!- lo apuró Lapolla.

-Afeitarse- dijo al fin el de barba rala, con un cigarrillo en la boca.

-Muy bien, muy bien- alentó Capazzo.

-Depilarse- dijo la morocha de la primera fila, logrando la ovación.

-Si Mamita- volvió a hablar Capazzo.

-Rascarse- sugirió otro.

-Maquillarse- aportó la pelirroja a la que Gustavo Lapolla le clavaba su cíclope mirada.

-Morirse- dijo el portero, queriendo decir "muéranse".

-Masturbarse- comentó convencido el gordo que apoyaba el codo en la cabeza del busto de Mariano Moreno.

-Bueno, no siempre- afirmó Alejo Salem, sabiendo de lo que hablaba.

-En mi caso si- dijo Capazzo, orgulloso.

Como Martín Aon permanecía silente, y concentrado, con medio dedo índice escondido en su fosa nasal derecha, escarbando, Gustavo Lapolla fue quien moderó:

-Paren un poco, che.

En ese momento, una voz de mujer llegó desde el costado de escenario, al lado de Sarmiento.

-La soledad es curable- dijo, y todos se callaron al mismo tiempo. Rápidamente le pasaron el micrófono.

Continúa...

lunes

LA SOLEDAD - Primera parte

LA SOLEDAD

PRIMERA PARTE

La angustia ante la soledad es -tal vez- uno de los mayores denominadores comunes. Por más que nos esmeremos en disimularlo, el temor a quedarnos solos es un fantasma que flota cerca nuestro.

Interpretando estas sencillas ideas, el equipo del CONCEPTO DFyD realizó una seria investigación, que alcanzó su pico más elevado con una charla debate, llevada a cabo en el salón de actos de una escuela para adultos de la ciudad de Mar del Plata.

Allí, los señores Gustavo Lapolla, Alejo Salem, Carmelo Capazzo y Martín Aon se presentaron por primera vez públicamente juntos (cabe aclarar, que faltó el Sr. Ezequiel Guernica, quien se excusó diciendo que quería estar solo).

La actividad contó -ante al asombro de los incrédulos- Con una gran concurrencia. Días más tarde, el portero del colegio admitiría haber sido sobornado por Alejo Salem para cerrar con candado todas las salidas para evitar la fuga del alumnado mientras durara el evento. He aquí un pequeño resumen de lo ocurrido.

Los obligados espectadores no tardaron en vomitar hostilidad; es que para convencerlos, los profesores les habían prometido que verían un muy buen espectáculo. Dejaron de gritar e insultar recién cuando las luces se apagaron por completo; ahí comenzaron los aplausos. Se encendieron los reflectores que apuntaban a las pesadas cortinas color bordó. éstas se separaron, dejando a la vista un gran cartel que decía: "La Soledad".

Un petizo de barba rala, se paró sobre la butaca y comenzó a revolear la campera, que hacía las veces de poncho. Al grito de: "Vamo carajo", todos lo imitaron.

La desilusión llegó en el momento en que los cuatro oradores de la noche entraron por el costado izquierdo del escenario y se ubicaron cada uno en una alta banqueta de caña, puesta para la ocasión, junto a su correspondiente micrófono.

El primero en hablar fue también el primero en callar.

-Buenas noches. Mi nombre es Martín Aon- comenzó a decir, pero una voz firme, contundente y decidida lo interrumpió.

-Tomatelá ladrón. Queremo ver a la Sole, queremo'!!!

Gustavo Lapolla -hombre de poca paciencia y gran contextura física- intentó identificar al insurrecto, pero un certero proyectil (media manzana oxidada) le dio de lleno en un ojo.

Carmelo Capazzo escupió una carcajada, mientras que Lapolla insultaba a los alumnos, los profesores y a los próceres, que tenían sus bustos (un poco deteriorados) en el sector derecho del salón de actos. Lo mismo ocurría con las profesoras.

Por fin, desde los altoparlantes, la directora del establecimiento amenazó con no dejarlos fumar más en clase. Se calmaron.

Las primeras filas de butacas estaban ocupadas en su totalidad por mujeres, detalle que no se les pasó por alto a ninguno de los cuatro que, al instante, se prepararon para lo que vendría: Gustavo Lapolla, con un ojo entrecerrado, se acomodó la corbata; Carmelo Capazzo se peinó las cejas, luego de mojarse los dedos con dos escupidas envidiables; Martín Aon encendió un habano, para darse aires de importancia; y Alejo Salem -sin dudas, el galán del grupo- dirigió la vista a los primeros asientos y se largó a recitar:

-No soy el mismo desde que te fuiste. Soy alérgico a que no estés conmigo. Tu adiós me sacó ronchas. Tu vacío me ocupa por completo. Tu ausencia es urticante, me hace sarpullidos...
-¡Que capo!
- festejó Carmelo Capazzo, que estaba viendo como las señoritas se mordían el labio inferior, mientras Salem seguía recitando:

-...no me dan las manos para rascarme. Tengo herpes, escaras...volvé amor, que ya tengo sarna.
-Gracias Alejo, ya estuvo bien-
dijo Martín Aon, interrumpiéndole su poema dermatológico a la soledad.

-Pero si todavía no terminó- protestó Salem- Bueno, si querés canto mi tema "Como loco malo"- propuso.

-No, no, dejá. Me toca a mí- intervino Lapolla, que a esta altura guiñaba el ojo de manera semipermanente.

-Si, mejor dale vos, Gustavo- dijo Carmelo Capazzo, y sacó un escarbadientes del bolsillo de su camisa azul.

Los espectadores no sabían si era en serio o no lo que estaban viendo, hasta que Lapolla -elocuente- luego de escupir a un costado, arrancó:

Continúa...

sábado

LIBROS - CONSIDERACIONES ACERCA DE TUTIPLENES Y OTROS FRUTOS DE MAR

Rosana Gutiérrez (LUC). Aurelia Rivera.
Grupo Editorial Buenos Aires


ADVERTENCIA: Los tutiplenes endeudan.

Lo tenía en la lista de libros a comprar desde que se publicó (otro día hablaré de mi compulsión por hacer listas para todo).

Es cierto que tengo simpatía por la autora (quien tuvo a bien convertirme en una primicia una vez enterada de mi adquisición) y que por esa simpatía fui a comprar el libro (si no nos damos una mano entre nosotros…).

Pero también es cierto y justo admitir que antes de llegar al final, el libro ya está pago. En realidad se paga más o menos cuando uno va por la mitad. A partir de ahí, ya pasamos a endeudarnos con la autora, que regala humor, creatividad y demencia, en ese u otro orden.

Es preciso decir que haciendo una interpretación demasiado estricta de esto último, Carmelo Capazzo apenas ojeó los Tutiplenes y los dejó, arguyendo que no tenía solvencia económica para contraer semejante deuda (pero todos sabemos que los del Comando Mocho son los únicos escritores que nunca leyeron un libro entero, pese a haberse robado cientos -y completos-).

Volviendo a las Consideraciones acerca de Tutiplenes y otros frutos de mar, no seré yo quién explique el libro (muy bien lo ha hecho Guillermo Piro en el prólogo), aunque sí quién lo recomiende.

Y lo recomiendo enérgicamente porque ahora me enteré que la autora ha abierto una moratoria para todos los que no endeudamos con ella al leerla.

Morosos: por acá por favor.

martes

JULIO ALFONSO*

El día que puedas


El día que puedas, no sé, mañana, un día de éstos, quiero que me mandes vía correo –o en el vuelo rasante de ese beso que quedó impar -, aquellas cosas que me pertenecen, como los libros de Pablo, los versos de Girondo y algunos recuerdos que eran míos, aunque los hicimos juntos.

El día que puedas, no sé, mañana, pasado mañana, una nube de éstas, quiero que me regreses el muchacho que fui, ese soñador que contaba las estrellas que faltaban para llegar a tu casa.

El día que puedas, que sé yo, hoy, mañana, el menguado de luna que viene, quiero que me envíes vía recuerdo toda la alegría que cierta vez te presté sin la condición de que la regreses intacta y prolija.

¿Quién soy? Sabía que no me reconocerías. Soy el que ayer hiciste en tus ratos de ocio, el que ya no se parece a sus sueños, el que justifica tu olvido, pues por entonces no estaba en las palabras, sino en tus silencios. Soy aquel que todas las noches desprendía una estrella para prenderla en tu pelo; el muchacho que no sabía hablar y aprendió a relatar sin sentidos deletreando tu nombre.

Por eso: el día que puedas, hoy, mañana, durante el descuido de tu cancerbero, el olvido, necesito que me envíes la fórmula para olvidarte y curar así aquel traspié de un beso.

Preguntarás por mi premura. Ocurre que debo emprender nuevos amores. Y esto se sabe: un viejo guerrero del alma no puede encarar otras batallas sin zurcir primero viejas heridas. De ellas nace mi pedido, que me envíes la fórmula del olvido. Si ello ocurre, he de recordar con gratitud ese gesto tuyo, tan parecido al amor, cuando no militábamos en proyectos de broncas y de arrugas.

(*) Julio Alfonso es mi Maestro para siempre. El primer escritor en serio que conocí en mi vida y al que le debo y le deberé siempre por sus inagotables enseñanzas, café mediante. Un hombre que hacía maravillas con lo cotidiano. Alguien imposible de no extrañar.

ALEJO SALEM*




Imperdonable

En el juicio final de todas las noche
-donde no caben
misericordias cómodas
ni deambulan ejércitos honestos-
se ubican en el estrado
los harapos de i ética marchita
y mis luces (que no omito).

Me siento
En el sillón más importante,
Y agito un mazo
Pequeño pero firme
Proclamando
La justicia como orden;
Me desdicen
Mis ojos trasnochados,
Mis manos usureras, mi no-fe.

Me acusa ese fiscal
-yo con corbata-
de abandonarme
a suertes heresiarcas,
de malgastar el hígado en quimeras
y de dar de cenar mi carne
a las promiscuas.

Me defiende mi sonrisa oblicua,
Blandiendo una espada de juguete:
Afirma que soy libre de pecar,
De prodigar
El tiempo que se puede,
De ajarme –si es mi gusto-
Los pies
Buscando nadas o princesas.

Sutil,
Debo encontrar un veredicto
(difícil tamizar tantas verdades);
me excuso
de emitir una sentencia:
soy eso que me acuso
y mi ley muerta,
mi criminal amable,
mi héroe justiciero,
el carcelero,
el loco,
el bueno,
el tonto.
Autor de los delitos,
haragán con receta.

Yo, mi acusado,
Me condeno a dormir,
A reparar los daños en un sueño
O a dañarme,
Soñando sin reparos
Que corro
Y que me alcanzan mis miserias.

(*)Alejo Salem es un escritor irrenunciable. Amigo, socio, colega y compañero de toda clase de bebidas e infusiones. Básicamente, es un Capo.
Nota: la ilustración pertenece a Sigma.

JUAN PABLO NEYRET*

Borges y yo

Lo que sigue es un acto de amable traición (amable por el amor), y hasta ahí nomás. Agnóstico como yo, anarquista como yo, Borges supo escribir "Sólo una cosa no hay: es el olvido" y postular al otro, al mismo, al común olvido como lo único deseable (y posible). "Quiero morir con este compañero, mi cuerpo", rogaba él, y aquí estoy yo tratando de rescatar su memoria, de extraer de aquella fuente la imagen de los recuerdos, impresos en la imagen de la memoria, que alguna vez percibió una imagen de la llamada realidad, para crear ahora una nueva imagen, que se volcará en palabras, y provocará en quien lee una imagen más, infinitamente multiplicada en espejos.

Primera impresión (1981)


Borges había ido a Canal 8 para grabar una entrevista especial con Ignacio Zuleta y yo lo esperaba frente al kiosko de Luro e Yrigoyen, acompañado por mi madre como un pequeño Borges, con la ansiedad de sentir por primera vez el aura del más grande. Esa noche daría una conferencia en el Auditorium y lo acompañaban el director de Cultura, Betto Lecuna, y dos integrantes de su equipo, Carlos Balmaceda y Oscar Barrientos. Con ellos Borges iba, venía, entraba, salía, comía, hablaba. A mí sólo me quedaba extasiarme un par de minutos -el camino desde la puerta del canal hasta el coche- ante su epifanía en mi vida. Y, por supuesto, la puerta se abrió y Borges salió. Ahí estaba, y nada más. Aunque yo quería, nada más. Aquella tarde no aprendí a dominar las grandes expectativas para salvarme de los pobres resultados, pero conocí una de las caras de la decepción. él ni se enteró de mi existencia.

Segunda impresión (1981)


Entrada del hotel Hermitage, últimos minutos de aquel día infausto, después del diálogo en el teatro, esperando su regreso, las pocas cuadras, la compañía de su hermana Norah. Me animé a saludarlo, a cruzar un par de palabras y a darle la mano. La mano: blanquísima, casi transparente, liviana y con una textura similar al polietileno por lo suave. Tiempo después me enteraría de que a causa de la fragilidad de su tacto Borges no pudo aprender Braille. Y recién al momento de escribir estas líneas me doy cuanta de que, en realidad, la primera impresión que guardé de él (porque me impresionó, y aún me impresiona) fue la de esa mano derecha, la mano de escribir.

Tercera impresión (1982)


Un fin de semana plagado de calor y de mosquitos en Buenos Aires acompañando a Betto en una minigira de contactos porteños que incluyó el sexto piso B del edificio de Maipú 994. La austeridad de la puerta con un pequeño cartel que simplemente decía (qué otra cosa iba a decir) "Borges". La austeridad del comedor, con dos bibliotecas. Fanny, la eterna mucama. El sofá verde inglés donde se sentó, la camisa blanca prendida hasta el último botón pero sin corbata, y a sus espaldas un aparato de aire acondicionado funcionando con tal furor que nunca entendí cómo no cayó muerto de una pulmonía esa misma tarde. La charla con mi amigo, que me presentó ante él como un escritor de dieciocho años. ("Yo también, alguna vez, tuve dieciocho años", me dijo, cordial. Yo nunca podré replicar que también, alguna vez, he sido Borges.) El hipertrofiado Toshiba que le acercaba temeroso de que se diera cuenta de que lo estábamos grabando. La cinta que debe de tener Betto con una de las últimas voces de Borges previas a la guerra del Atlántico Sur, a la conflagración entre sus dos países más amados, al atribulado nacimiento de "Juan López y John Ward".

Cuarta impresión (1983)


Fines de agosto, la Argentina a un mes y medio de las elecciones, "La Crevette" todavía en la Loma de Stella Maris y en "La Crevette", Borges. Yo había ido con mis compañeros de facultad Adriana Derosa y Fabián Iriarte, luego de haberlo escuchado una vez más en el Auditorium y visto recibir luego de la conferencia a un grupo de muchachos ciegos en el backstage del teatro. Pedimos, rogamos, jodimos, y gracias a Susana López Merino entramos y subimos a la planta alta, donde nos presentaron. "Neyret... qué hermoso apellido" paladeó por primera y única vez esa palabra que soy yo. A Adriana le dijo gentilmente: "Usted debe de ser muy hermosa". Cuando quedó libre la silla a su derecha la ocupé y nos pusimos a hablar de literatura anglosajona e inglesa. Me agradeció que alguien se le acercase a hablar de otra cosa que política. Lo impuse de la edición bilingüe del Beowulf de Seix-Barral, que desconocía.
Me recitó un pasaje del Lamento de Déor: "No, no están las vigas ardiendo...". Con toda intención, le recordé la estrofa de La Balada del Viejo Marinero, de Coleridge, que él había citado en dos textos como ejemplo de aliteración. A pocas cuadras del mar, empecé "The fair breeze blew, the white foam flew...", Borges se acopló en el siguiente verso, "The furrow followed free...", y de viva voz y marcando los acentos, acabamos juntos: "We were the first that ever burst / Into that silent sea". Luego de ponderar la maravilla del poema, lo primero que me surgió decirle fue: "Borges, no hay como compartir, ¿verdad?". Asintió, y empezó a hablarme de un pastor, al que había conocido en Islandia y que en su casa guardaba, colocados sobre estantes, huesos de animales. Ya habían servido el café amargo, que bebió de un solo trago. Dirigió la mano hacia el cuello para mostrarme un talismán islandés que llevaba colgado y que no vi, precisamente, porque en todo momento la mano me lo tapó. Me habló de enormes libros islandeses que tenía en su casa y me invitó a verlos cuando viajara a Buenos Aires. Cuando de pronto un hombre hecho de palabras empezó a recitar números, instintivamente anoté en el cartón que envolvía mi ejemplar de las Obras completas lo que resultó ser su teléfono. Al firmarme el libro que guardo como mi mayor tesoro dijo: "éste es el único género literario que me queda: el autógrafo...".

Quinta impresión (1984)


Nuevamente el Hermitage, pero de adentro y, por algún motivo, con sabor a despedida. Rafael Oteriño haciéndome subir hasta la habitación y dejándome solo por primera y última vez con él. Yo había llevado mi ejemplar de The Rime Of The Ancient Mariner (con los grabados de Gustave Doré) y, entre las páginas, una hoja con la transcripción mecanografiada de "To A Skylark", la "Oda a una alondra", de John Keats, con la esperanza de leerle. Recuerdo poco de esa charla que, como todas las charlas era un monólogo que todos le consentíamos. Me preguntó si en Mar del Plata seguía existiendo casino y me explicó por qué la banca siempre va a ganar por la existencia del cero. Me contó que estaba preparando una antología de sonetos de la lengua castellana y tuve la mala idea de recitarle el "Soneto para empezar un amor", de Manuel Alcántara: "Ocurre que el olvido antes de serlo / fue grande amor, dorado cataclismo", y fue también el primer soneto de la historia hecho de dos versos, cuando Borges me interrumpió para decirme: "Cataclismo... qué fea palabra". Más valió que él filológicamente historiara que Al-cántara en árabe significa "el puente" y pasásemos a otro tema. Sereno, generoso, amable y firme, sus cuatro virtudes cardinales, me despidió cuando Rafael volvió a buscarme a los veinte minutos. La forma y las dimensiones de la suite me hicieron sentir que me perdía en una suerte de pasillo por el que la imagen de Borges se alejaba, ahora sí, definitivamente.

(*) Juan Pablo Neyret es una máquina de saber. Además de generoso amigo, es un cronista inigualable. Lo que daría por tomarme unos tragos con él ahora, igual que la única vez que bebimos juntos, antes de su mudanza a Estados Unidos (él, vino tinto, yo, gancia batido). Salud, Cronista!

FABIO MORASSO*

Rezo


Padre mío que te fuiste
aquella tarde sin año
luego de decirme que el perro muerto
tenía los dientes como perlas
y que me estuviera quieto y dejara de oler a podrido...
Padre mío yo siempre quise ser tuyo
pero vos insistías en formularte un octavo día
donde no pude encontrarte por problemas calendarios
con señoritas de tetas de gomería impresas a todo color.
Así que hoy que sé lo complejo de tu misericordia
me dirijo a vos seco de esperanza
porque dudo que alguien me escuche
así como dudo del efecto de las palabras
ya que me siento cada vez más incapaz de perdonar
como me hubiese gustado ser disculpado.
Padre mío
vos que estás ahí en ese cielo
donde yo arrojo piedras que no dan en blanco alguno
(y no se trata de libertad de culpas
ni impunidad mesiánica)
mientras las alturas a lo sumo me llueven
una tristeza de domingo por la tarde...
decía, padre mío,
siempre hay una ausencia de tu abrazo
que ya me harté de adjudicar a tus clavos.
Padre mío
¿por qué repetiste la historia?
¿por qué me abandonaste como el abuelo a vos?
tengo a mi derecha un fraude
a mi izquierda un ladrón
se lavaron, todos, las manos
y apenas esas mujeres me siguen llorando.
Padre mío
tengo un cansancio como sudario sucio
el costado ardido de vinagre
y unas ganas de atormentar el cielo...
¿dónde estás padre mío?
¿cuántas veces reparirme, papá?
¿cuánta fe necesitas para que este charco no me ahogue?
Padre mío, decime la verdad
¿Te alcanzará alguna vez con que sea un hombre?

(*) Fabio Morasso es, además de un amigo, un artista de la puta madre (y un incansable cebador de mate amargo).